Vivir del cuento
09.12.11 @ 11:56:11. Archivado en Sociedad, Educación
Voy a contarles dos historias, ambas absolutamente reales. La primera de ellas es la de una chica de unos veinticuatro años, una chica que terminó la diplomatura en Educación Social hace un par de años. Desde entonces, esta chica ha recorrido distintos organismos y diferentes empresas dejando decenas de currículos que, por lo general, terminan en el cubo de la basura. Su madre es ama de casa y su padre trabaja en una empresa de sanitarios. A pesar de que la renta familiar es media-baja, al tratarse de una familia con una única hija, nunca ha percibido ninguna beca ni ayuda social alguna, ya que siempre sobrepasa el umbral máximo exigido. Debido a eso, sus padres han tenido que sacrificar muchas cosas para pagarle unos estudios universitarios. Para seguir con su formación, esta chica está matriculada en la Escuela Oficial de Idiomas, eso sí; recorre el camino de su casa hasta la Escuela andando, para no consumir gasolina y no causarles más gastos a su familia. Es, por sus cualidades y su preparación, un ejemplo de superación y uno de esos jóvenes de los que unos padres –y un país- pueden sentirse orgullosos.
La segunda historia es la de una chica de veinticuatro años, con dos hijos y un tercero en camino. Dejó sus estudios en cuarto de Secundaria porque iba sobrada de conocimientos. Es zafia, barriobajera y maleducada hasta la repugnancia, y va por la vida con cara de oliendo a mierda –con perdón-, aspecto que –sin embargo- no le ha impedido tener diversas relaciones, ya que cada uno de los hijos es de un padre distinto. Gracias a ser madre soltera y familia numerosa, esta chica recibe una beca de comedor escolar para que sus hijos coman gratis, ayudas de libros, de alquiler de vivienda y también de alimentos de alguna que otra ONG. Sin embargo, como la chica está muy ocupada rozándose por las paredes de las discotecas y los pubs, el cuidado real de los niños corre a cargo de sus padres, que son quienes atienden sus necesidades y quienes los crían. Como además de educación tampoco tiene ética, va recorriendo las distintas instituciones con absoluta prepotencia exigiendo ayudas y papeles, sin agradecer que pueda comer gracias a los demás.
Siempre he sido muy crítico con las ayudas sociales. Y no porque piense que no hay que ayudar a los más necesitados, sino porque pienso que hay que tener mucho cuidado con el dinero que se les quita a unos para dárselo a otros. Por esa sagrada razón, soy partidario de dar ayudas sociales, pero siempre y cuando se haga a través de un estudio riguroso de las verdaderas necesidades y –por supuesto- de los méritos. Porque para recibir algo a cambio hay que merecerlo. Ayudas sociales no son ayudas indiscriminadas a personas que saben buscar subvenciones para vivir del cuento, habiendo personas que las necesitan y las merecen mucho más. Y como hay muchas personas acostumbradas a vivir del estado, ahora resulta difícil decirles que hay que trabajar para vivir, que el país ya no está para subvencionar a vagos. Pero si ya de por sí es grave que este tipo de gente viva del trabajo de los demás sin haber dado palo al agua nunca, aún es más grave que –como verdadera acción social- no se controle el número de hijos que tienen, ya que la catadura moral de esta gentuza es tan ínfima que utilizan a sus hijos como mercancía, recibiendo ayudas por ellos pero sin preocuparse ni de su educación ni de sus necesidades; niños con infinidad de problemas afectivos que quedan desprotegidos ante la vida descontrolada de sus propios padres.
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