Señor; ¡Qué cruz!
02.03.10 @ 21:07:00. Archivado en Cultura, Política
Según parece, en los últimos meses han florecido a lo largo y ancho de toda la geografía española diversos colectivos solicitando la retirada de cruces de algunas plazas y calles de pueblos y ciudades. No conozco muy bien los motivos de tales solicitudes, aunque, si soy sincero, ni siquiera me interesan. Supongo que, como ya es habitual, la mayoría de estas reclamaciones estarán basadas en algún aspecto absurdo relacionado con la libertad religiosa, aunque, en realidad, lo que enmascaran es una pretensión política. Lo llamativo del tema es que, paradójicamente, aquellos que suelen solicitar la retirada de símbolos cristianos y católicos de espacios públicos basándose en el derecho a la libertad religiosa luego son los primeros que aplauden el velo musulmán, algo que es una autentica contradicción, cuando no pura hipocresía o mera castración de entendederas. Además, este tipo de personas, cuando luego viajan al extranjero, son las primeras que vienen contando las maravillas de las estatuas, de los cuadros, de las capillas sixtinas, de las sinagogas o de las mezquitas. Y es que, efectivamente, la simbología arquitectónica o pictórica religiosa, además de un valor religioso, tiene también un valor histórico y cultural indiscutible.
Puede que algunas personas vean en las cruces de sus pueblos la imagen de la represión franquista en España y la actuación tan penosa de la Iglesia Católica en aquellos vergonzosos años. Es algo completamente comprensible, ya que una parte de esas cruces tiene su origen en el franquismo. Sin embargo, casi todas las personas que vivieron en aquella época están calladas; son los nuevos “progres” de boquilla los que abren este tipo de heridas sin el más mínimo pudor. Excepto para aquellos que parecen vivir permanentemente en una guerra del pasado en la que ni siquiera intervinieron, aquellos años ya son historia. Y es que, hoy por hoy, ya no hay rojos ni nacionales. Por eso, la cruz y las iglesias no pertenecen a las personas de izquierdas o de derechas, ni pertenecen a los católicos o a los no católicos; al margen del hecho religioso, pertenecen al patrimonio histórico y cultural de un país, tanto para lo bueno como para lo malo, que de eso también se aprende. Del mismo modo, también hace miles de años luchamos contra los musulmanes por el poder de la Península y nadie en su sano juicio pide la demolición de la Alhambra de Granada. O, lo que es más grave, algunos partidos políticos de la actualidad –incluida su simbología- que tuvieron parte de sus raíces en la época de la pre- guerra civil española, y que ahora pretenden desterrar cualquier vestigio de aquella época, también tuvieron su responsabilidad en aquellos años, y, a pesar de la parte más negra de su historia, nadie solicita que desaparezcan del mapa todas sus sedes.
Sea como fuere, y al margen de esta polémica, lo que sí es cierto es que en nuestro país se vive últimamente una clara tendencia cada vez más preocupante a negar nuestras tradiciones, nuestra historia y nuestra propia cultura. Arrancamos cruces, quitamos estatuas, perseguimos nombres, arrasamos belenes, pero no proponemos nada a cambio. A fuerza de pura estupidez institucional y social nos estamos quedando sin historia y sin cultura, algo, justamente, de lo que andamos más bien justitos.
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