No hay perdón
24.02.10 @ 17:18:18. Archivado en Política
Tras la cuarta detención consecutiva del Rafita –el asesino de Sandra Palo-, el debate sobre la Ley del menor ha vuelto a la calle. Aunque, en realidad, a juzgar por las encuestas y los sondeos de algunos medios de comunicación, lo que hay no es un debate, sino un clamor popular en favor del endurecimiento de las condenas. Algo curioso, por otra parte, porque cuando hace apenas un par de años sólo unos cuantos nos atrevíamos a decir que habría que ser más duros con los delitos de los menores, entreviendo lo que podría suceder, se nos acusaba de extremistas. En fin.
Lo preocupante no es que cada vez haya más delitos cometidos por menores –que lo es-, sino que cada vez estos delitos sean más graves. Aunque existen enormes debates estériles sobre el por qué de este aumento, en realidad, las causas son bien fáciles de adivinar. En primer lugar, desde hace ya varias décadas la sociedad europea en general, y la española en particular, ha ido apostando por la desaparición de la autoridad social, policial, judicial y educativa. Esto, aunque a algunos les sorprenda, es un mal ejemplo para lograr educar a los jóvenes, ya que a esas edades los jóvenes necesitan unos patrones muy claros de conducta y comportamiento. En segundo lugar, por las nulas consecuencias de los actos violentos de los ciudadanos, especialmente de los menores, que en muchos casos, incluso, son tratados mediáticamente como iconos. Basta con observar la cantidad de fans que tienen los presuntos asesinos de Marta del Castillo. Y, en tercer lugar, por la falta total y absoluta de responsabilidad de un porcentaje muy importante de padres que son una vergüenza como padres, como ciudadanos e incluso como seres humanos.
Yo soy de los que cree en segundas oportunidades, pero no en terceras ni en cuartas. También soy de los que cree que con educación y apartando a los niños de su entorno –cuando sus progenitores y su entorno son un claro mal ejemplo para ellos- se puede evitar la aparición de delitos. En lo que no creo es la reinserción. Por lo menos, en la reinserción moral. En una entrevista al Rafita en una televisión nacional, recién salido en libertad, éste decía que ya había pagado. No señores; puede que haya pagado judicialmente, pero éticamente nunca se paga un asesinato. Todo aquel que pueda decir semejante cosa es que no tiene la más mínima catadura moral como para ser reinsertado en la sociedad.
Hace ya unos meses, un amigo mío me comentó que conocía el caso de un profesor que había recibido una patada de un alumno de unos diez años. Como castigo, y tal como recogía el reglamento de su colegio, el profesor decidió castigarlo con una semana sin recreo. Sin embargo, el padre, que al parecer tenía algún cargo político, fue a quejarse a la Consejería pertinente, saltándose a la torera la autoridad del maestro, del jefe de estudios y del propio director. El profesor fue “obligado” a levantarle el castigo al niño y a pedirle disculpas públicamente al niño. Cuando este niño, ya adolescente, le pegue una patada en sus partes al padre, éste vendrá diciendo que no sabe qué hacer con él. En fin; que tenemos la sociedad que merecemos porque, en muchas ocasiones, ni las instituciones ni muchas de las personas que conforman esa sociedad merecen ni el más mínimo respeto, cuando no el más absoluto de los desprecios. Porque no nos olvidemos; los jóvenes no son como son por generación espontanea; lo son porque nosotros, como sociedad, los hemos hecho así.
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