El rostro de la costumbre
20.01.10 @ 11:02:39. Archivado en Política
Las calles de Puerto Príncipe están sembradas de cadáveres. Los cuerpos de los muertos por el seísmo en Haití se acumulan en calles y aceras, como si de simples trozos de carne se tratara. Cuerpos sin nombre y sin historia, amontonados al azar unos encima de otros. Es lo bueno que tienen los países pobres; que las muertes siempre son anónimas.
Todos los gobiernos internacionales se han puesto manos a la obra. El impacto del seísmo ha sido de tal magnitud que todos se apresuran a quedar bien frente a las cámaras y mostrar lo humanos que son; casi doscientos mil muertos, trescientos mil heridos, un millón de personas sin hogar, sin comida y sin agua, durmiendo a la intemperie junto a los cadáveres en descomposición. Sin embargo, las ayudas llegan con cuenta gotas. Se hace casi imposible realizar el reparto de comida por culpa de los saqueos constantes. En el mercado de Hyppolite, un policía mata de un disparo en la cabeza a un ladrón que había entrado a saquear en el local. Muerto en el suelo, otros ladrones aprovechan para llevarse su bolsa. En otro barrio, un grupo de personas apalea hasta la muerte a otro ladrón. Después, le prenden fuego. Sin embargo, no hay ira en sus ojos. Lo más curioso es que muchos de los ladrones no roban comida ni agua; roban televisores. Algunos aprovechan para violar a niñas que duermen en la calle, lo que demuestra una vez más que incluso en las tragedias más brutales, el ser humano puede resultar el mayor peligro.
Haití se muere de miseria desde hace años, pero basta tan sólo una noticia trágica en las pantallas de todos los televisores del mundo para que los gobiernos de todos los países se echen la mano al bolsillo para contribuir económicamente con su ayuda. Pero Haití, al margen del terremoto sufrido, sigue siendo lo que era; un país en el que el 80% de la población vive bajo el umbral de la pobreza. Esa situación de pobreza que padecen ciertos países, en infinidad de ocasiones, es la consecuencia del desgobierno que sufren, de las guerras internas continuas o de las dictaduras que se suceden. Por eso, y como ya he señalado en otras ocasiones, si tenemos en cuenta que la miseria que sufren algunos países no es producto de la falta de recursos sino de su política interior, la solución para estos países no es la ayuda humanitaria –eso es tan solo una parte-; la solución pasa por la intervención internacional en la política interior, con apoyo militar por parte de la ONU. De no ser así, dentro de 20 años, Haití y países que comparten una historia semejante seguirán padeciendo la misma miseria que sufren en la actualidad. Ofrecer tan solo ayuda humanitaria es como ayudar cuando están muertos y dejarlos morir cuando están vivos.
Si uno observa detenidamente las imágenes que nos ofrecen las distintas televisiones, podrá comprobar que en los rostros de los supervivientes apenas se ven signos de confusión o de incredulidad. Al contrario; muchos de ellos caminan entre los cadáveres como si tal cosa. No tienen cara de incredulidad, sino de costumbre; se han acostumbrado a la tragedia. Y esa es, sin duda, la peor hambre que puede sufrir un ser humano o un pueblo; la costumbre a la desesperanza. Eso es lo que los gobiernos del mundo deben solucionar.
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