13.01.10 @ 11:22:08. Archivado en Política
Gracias al programa “21 días” de la Cadena 4 pudimos conocer la vida de Marlene, una mujer de 35 años que trabaja en una mina de estaño de Bolivia. El reportaje fue tan impactante que después de la emisión del mismo la cadena recibió una cantidad enorme de llamadas para pedir información sobre cómo poder ayudar económicamente a esa mujer. Por si ustedes no lo vieron, les resumo el contenido del reportaje.
Marlene es una mujer separada que tiene cinco hijos. Su marido, alcohólico de profesión, trabajaba en la mina de Morococala en Bolivia; una mina con cien años de antigüedad que sufre graves deficiencias en su estructura y en la que ya han muerto decenas de mineros. Debido al abandono sufrido por parte de su marido, Marlene solicitó al comité de trabajadores poder trabajar en la mina para ganarse un jornal –apenas unos cien euros al mes- y poder sacar a sus hijos adelante. Gracias a la aprobación del comité, Marlene se convirtió en la primera mujer en trabajar en el interior de la mina.
Marlene se levanta a las seis de la mañana, despierta a sus hijos y los prepara para ir al colegio. Para ella, la educación es muy importante, ya que es el único medio para salir de la miseria. Después de recorrer media hora de subida, llega a la mina, a unos 4000 metros de altura. Allí se introduce por espacios en los que apenas cabe una persona, atravesando galerías que están al borde del derrumbe, hasta que llega a su parcela de extracción, a unos 80 metros de profundidad, con la única protección de un casco con una pequeña linterna en el frontal. La oscuridad y el silencio allí son casi absolutos. Después de trabajar doce horas, sale de la mina y se dirige de nuevo a su casa para realizar las tareas domésticas. De vez en cuando, recibe por las noches la visita de su ex marido, que –completamente borracho- aúlla como un perro entre los ventanales para pedirle dinero. En una ocasión, el hombre intentó quemar la casa con los hijos dentro. La visión del reportaje pone los pelos de punta, especialmente por la calidad humana de Marlene, que –mientras relata su vida- llora de vergüenza porque una vez tuvo que robar para comer. Pero lo más dramático es oír de su propia voz que nunca ha sido feliz, que no sabe lo qué es eso. Lo más parecido a la felicidad es un día al mes en que toda la familia baja a la ciudad más cercana para poder ducharse durante una hora, ya que en el pueblo no hay agua.
Por desgracia, y a pesar del impacto de las imágenes, la situación de esta mujer es igual o incluso mejor que la que sufre más de la mitad de la población mundial. Y mientras ellos sufren esa miseria eterna en sus bocas y en sus huesos, los gobiernos mundiales se gastan enormes fortunas en convenciones para hablar sobre cómo atajar el hambre en el mundo. Algo que podría resultar esperpéntico si no fuese tan cruel. De hecho, si los gobiernos destinasen los millones de euros que gastan en esas cumbres a los más necesitados, la mitad del hambre en el mundo podría acabarse. Dada su negligencia, da incluso la impresión de que gracias al hambre de unos comen los otros.
Dice el filósofo Zapatero que el mundo no es de nadie, sino del viento. Pero no es cierto; el mundo es de ellos, de quienes ostentan el poder político y económico. Lo que es del viento son las palabras de los políticos y todas sus fingidas promesas.