Espera un milagro
24.06.09 @ 17:36:07. Archivado en Sociedad
En 1952, con 32 años, Vicente Ferrer llegó por primera vez a la India. Allí empezó construyendo con sus manos un pequeño hospital, luego un colegio y después un pozo tras otro, hasta que finalmente se puso a repartir trigo con un carro tirado por un par de bueyes. Sus métodos, sin embargo, empezaron a no gustar, tanto a la Compañía de Jesús –a la que pertenecía- como a las autoridades locales, que veían en él una amenaza a sus intereses. La publicación de un artículo en el Illustrated Weekly, el semanario de mayor difusión de India, bajo el título “La revolución silenciosa”, fue el detonante para que en 1968 se dictara contra él una orden de expulsión, dándole 30 días para abandonar el país. Ante este hecho, se inició un movimiento campesino a su favor. A tan sólo dos días de que expirara el plazo fijado, más de 30.000 campesinos recorrieron los 250 kilómetros que separan Manmad de Mumbai para exigir al gobierno justicia. La expulsión fue paralizada por parte de Indira Gandhi, presidenta del país, quien dijo que Vicente Ferrer se iría de la India pero tan sólo de vacaciones y por un corto periodo.
Y así fue. Un año después, Vicente Ferrer regresaba a la India. A su regreso, sólo el gobernador de Andhra Pradesh, una de las zonas más pobres de la India, le permitió quedarse en su estado. Junto a seis voluntarios incondicionales, decidió instalarse en la región más pobre de ese estado: Anantapur. Allí, una organización protestante le dejó una pequeña casa en la que sólo había una mesa, una silla, una máquina de escribir y un mensaje en la pared que decía: «Espera un milagro».
En 1969, la Compañía de Jesús le ordena regresar a Europa, a lo que Vicente Ferrer se niega. Un año después, es expulsado de los jesuitas. Debido a ello, Vicente Ferrer, junto a su esposa Anne Perry, una periodista inglesa que había permanecido a su lado desde el conflicto de Manmad, decide crear Rural Development Trust, la organización que bajo su liderazgo contribuyó al desarrollo del distrito de Anantapur. Las cifras de esta organización hablan por sí solas: más de 2,5 millones de personas de 1.874 pueblos del distrito de Anantapur se benefician de sus proyectos. A lo largo de estos años se han construido 39.000 viviendas para las familias más desfavorecidas, tres hospitales generales, un centro de planificación familiar, un centro para enfermos terminales de sida y 14 clínicas rurales. Se han levantado 1.696 escuelas y 120 bibliotecas que educan a 158.000 alumnos de primaria y secundaria; además, cerca de 500 jóvenes más están preparándose para entrar en la universidad y otros tantos están cursando ya carreras universitarias. También ha creado un total de 1.300 centros especiales que cogen a 15.600 personas con distintas discapacidades, junto a 18 escuelas residenciales. También ha construido miles de pozos por todo el distrito y casi 2.300 embalses. Además, más de 70.000 mujeres se han unido en más de cuatro mil asociaciones para que puedan participar activamente en cualquier aspecto de la vida de su comunidad con los mismos derechos del hombre. Por supuesto, las sonrisas que ha provocado, no han podido ser calculadas todavía.
Por supuesto, no podemos afirmar si hay un Dios, pero si existe, Vicente Ferrer es –sin duda- un trocito de Él.
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