La Europa sentimental
03.06.09 @ 19:05:04. Archivado en Política
Una de las características más significativas de las elecciones europeas desde que aparecieran por primera vez es el alto índice de abstención. Si nos preguntásemos a qué se debe esta pereza electoral tal vez podríamos señalar como una de sus causas la falta de un sentimiento europeísta común por parte de los ciudadanos. La respuesta a esta falta de sentimiento europeísta la podemos encontrar en la propia historia de Europa, ya que desde que apareciera el primer troglodita en el viejo continente, con su taparrabos y su melena desgreñada, la historia de Europa ha estado repleta de mamporros entre países vecinos y no tan vecinos. Guerras mundiales, guerras de sucesión, guerras entre dinastías, revoluciones, invasiones, guerras de independencia. En fin; que no hay ni un trozo de tierra en Europa que no esté salpicado por una confrontación armada. Debido a esta desunión histórica –con lenguas tan distintas, culturas tan diferentes, recelos tan ancestrales- no es extraño que la actual idea de una Unión Europea suene algo artificial para la gran mayoría de los ciudadanos que habitan el continente. Y es que, para que exista una unión real, primero debe existir un sentimiento de unión. Es cierto que se han logrado importantes avances en el terreno político, judicial o económico, pero también es cierto que los ciudadanos de los distintos países no tenemos el sentimiento de pertenecer a Europa, y muchas veces nuestra propia historia juega en contra de esa unión sentimental. Francia, por ejemplo, colabora estrechamente con España en la lucha antiterrorista, pero sentimentalmente pita a nuestros tenistas en Roland Garros o nos da una mierda de puntos cuando cantan nuestros participantes en Eurovisión.
Sin embargo, ese sentimiento histórico negativo no es el mayor problema; el mayor problema es la desunión entre la clase política y esa ciudadanía que prefiere tirarse a la bartola en la playa antes que ir a votar. La clase política actual, esa misma que a finales del siglo XX hablaba de la Europa de los ciudadanos, ha dejado –paradójicamente- marginados a los ciudadanos de la toma de decisiones sobre la construcción europea. Se ha pasado de ese modo de la Europa de los ciudadanos a la Europa de los políticos, y en la época que nos ocupa, a la Europa de los políticos mediocres. A pesar de sus hermosas palabras, los políticos de la actualidad no son políticos vocacionales, sino profesionales –como los jugadores de fútbol o las putas- y sólo mueven las piernas si hay dinero de por medio. Su única intención es seguir manteniendo sus privilegios, sus prebendas, sus estructuras políticas desprestigiadas.
Hay quien señala que, teniendo en cuenta la clase política actual, la única respuesta digna es abstenerse. Yo, por mi parte, soy de los que voto en todo lo que puedo, aunque sea para elegir a dónde se va a cenar. Sé que, en la mayoría de los casos, todos los políticos acabarán por defraudarme, pero aún albergo la esperanza de que al menos uno no me salga rana. Sé que la Europa de los políticos actuales es una Europa clientelista, una Europa que no merece la pena, una Europa que navega sin rumbo y sin bandera, una Europa de piratas, pero cuando se produzca el abordaje a las arcas comunes, yo espero que nuestro país tenga mi voto para que –aunque el capitán y sus secuaces se lleven la mayor parte de las riquezas- al resto de la tripulación nos caiga, al menos, unas míseras migajas de ese botín tan preciado.
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