La España de la vergüenza
20.05.09 @ 18:44:53. Archivado en Política
España es uno de los mejores ejemplos de lo que nunca debe ser un país, y uno de los ejemplos más claros de los problemas que pueden surgir de una interpretación errónea de la democracia. Como todos sabemos, después del siglo XVI, en el que España era la primera potencia mundial, nuestro país cayó en la decadencia. Muchos historiadores coinciden en señalar que las causas que llevaron a España al declive fueron, entre otras, la destrucción de la industria castellana, el abandono de la agricultura y la ganadería, los incentivos económicos y sociales a no trabajar, los excesivos impuestos que pagaban los que con todo eso seguían trabajando, el comercio en manos de extranjeros y la enorme y corrupta burocracia. Cuatro siglos después, nuestro país sigue cometiendo errores parecidos a los que nos llevaron a la ruina económica, cultural y social de entonces. Podría pensarse que todo imperio tiene su época. Sin embargo, países como Inglaterra o Francia siguen manteniendo hoy en día parte de su poder. O, al menos, gran parte de su influencia y prestigio. Al margen de las medidas adoptadas, podría decirse que una de las causa de la decadencia española fueron los propios españoles.
Desde ese punto de vista, y cuatro siglos después, lo sucedido la pasada semana en la final de la Copa del Rey entre el Athleti de Bilbao y el F.C. Barcelona es una muestra simple de nuestra historia, un ejemplo de lo que somos y un ejemplo de lo que nos ha llevado a ser ninguneados en todo el mundo como país. La pitada a un himno nacional –que, para los analfabetos, habría que precisar que no es de Franco, sino que ha sido el himno de España desde el siglo XVIII- es uno de los acontecimientos políticos y sociales más vergonzosos con el que un país puede deleitar al resto del mundo. La imagen de la pitada retransmitida en las televisiones de media Europa no hace más que avivar el sentimiento de vergüenza de pertenecer a un país donde muchos de sus ciudadanos desprecian una simbología común; un país que, en una interpretación errónea de la democracia, consiente –cuando no fomenta- este tipo de actitudes insultantes y ofensivas amparándolas bajo un falso derecho a la libertad de expresión. Cosa muy distinta sucedería si alguien dijera que se caga en el himno de Cataluña, ya que todo el mundo saldría a despellejarlo por fascista. Luego, después del partido, miles de aficionados se echaron a las calles para celebrar el triunfo del F.C. Barcelona. Para festejarlo, algunos de esos ciudadanos –de los cuales cada vez hay más- la emprendieron a golpes con bicicletas puestas por el ayuntamiento; dejaron las calles llenas de desperdicios; se mearon en los portales y en las ruedas de los coches, y rompieron contenedores, semáforos y escaparates.
En fin, que el partido fue un resumen de lo que venimos siendo los españoles desde hace siglos; individuos sin el más mínimo sentido social, siempre dispuestos a la confrontación civil y política, castrados de historia y de orgullo histórico, perdidos en etnias políticas y de clanes, individualistas, pícaros, desarraigados, fanáticos de las ayudas sociales, analfabetos, vagos y maleantes. Un país que se nutre de este tipo de ciudadanos es lógico que esté plagado de una historia que raya la vergüenza ajena.
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