El Titánic y un iceberg llamado Zapatero
08.04.09 @ 17:43:54. Archivado en Política
Hace cinco años me compré un coche. Como tengo que viajar mucho, me lo compré con las mejores prestaciones en seguridad. Si ese mismo coche, con las mismas características, lo hubiese comprado hoy, el vehículo me costaría 3.000 euros menos. Si tenemos en cuenta el aumento de los costes en estos últimos cinco años, eso significa que el coche no costaba lo que me cobraron entonces, y que el presidente de la marca y sus secuaces me robaron en su momento ese capital. Como, lógicamente, no tenía el dinero suficiente para pagarlo en mano, pedí un préstamo a mi caja de ahorros por 10 años, con lo que el vehículo me saldrá un 9% aún más caro. A parte de esa ganancia considerable, esa caja de ahorros me ha cobrado comisiones de mantenimiento por la cartilla, por la tarjeta, por transferencias, por apertura, por cancelación e, incluso, por respirar dentro de la oficina. Y, a pesar de ello, ahora me he enterado de que mi caja de ahorros ha sido intervenida por el Banco de España porque tiene un agujero de 1.300 millones de euros, aunque los auditores no vieron nada extraño en sus cuentas hace apenas tres meses. En fin; con ese coche he realizado infinidad de viajes y, año tras año, he ido comprobando cómo en esta última década los responsables de las autopistas han ido subiendo sus tarifas de los cinco a los diez euros sin prácticamente despeinarse.
A parte de los viajes, otra de mis aficiones es ir a ver casas. Me gusta ver cómo son las nuevas casas construidas y preguntar por el precio que tienen; una afición como cualquier otra. Curiosamente, el precio de esas viviendas ha ido subiendo un 7, un 17, un 27 por ciento cada año, sin que ni la mano de obra, ni los materiales, ni el suelo –que ya estaba comprado- subiesen en igual proporción. Gracias a esas subidas desorbitadas, mi poder adquisitivo para poder comprar una vivienda ha menguado día a día. De todos modos, estuve a punto de comprarme una de Martinsa-Fadesa, porque eran muy bonitas y los auditores –cinco meses antes de su quiebra- afirmaban que la empresa era más solvente que un roble. Al final, como no me quedó otra solución, vivo de alquiler, con lo que me quedo sin las ayudas que ahora está aprobando el gobierno para los que tengan dificultades con su hipoteca, pero no con su alquiler. Y, como además soy bastante mayor de 25 años, aún tengo menos ayudas a las que aferrarme. En fin; al no tener vivienda propia, intenté al menos mejorar algunas cosillas de mi vivienda alquilada; un armario en la galería, un escritorio en el despacho. Lo que sucede es que como muchos autónomos vivían sobrados de trabajo a la sombra de la construcción, o me cobraban lo indecible o, sencillamente, ni siquiera acudían.
Ahora, con la crisis, Zapatero y sus mariachis me dicen que tengo que apretarme el cinturón, que tengo que arrimar el hombro y que todos vamos en el mismo barco. Sin embargo, el señor Zapatero, los presidentes y altos ejecutivos de los grandes bancos y empresas, algunos autónomos –no la mayoría-, los constructores y muchos políticos han ido desde hace muchos años en un barco –un barco lleno de bonanza-, y yo y los trabajadores asalariados hemos ido en otro barco muy distinto -un barco asediado por subidas de precios, por hipotecas y por robos encubiertos en los precios-. Y como las cosas no se han hecho bien en los años de bonanza, ahora los trabajadores asalariados tenemos que apretarnos el cinturón para que aquellos que nos han hipotecado y robado durante años puedan seguir manteniendo su poder adquisitivo. Eso sí que es gobernar un barco.
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