El último grito

Se vende

04.03.09 | 18:02. Archivado en Sociedad, Televisión

Estaba claro que solo era cuestión de tiempo. Después de que todos los pedorros y pedorras del mundo se adhiriesen a la lucrativa moda de vender su vida -es decir; sus bodas, sus bautizos, sus parricidios sentimentales, sus cornamentas-, ahora a alguien se le ha ocurrido vender su muerte. ¿Por qué no? Se trata de la ex concursante del Gran Hermano británico, Jade Goody, que se hizo famosa hace siete años por ser la primera participante que mantuvo relaciones sexuales frente a las cámaras en Gran Hermano y también por utilizar un lenguaje racista para insultar y despreciar a una participante hindú. Al parecer, Jade Goody sufre un cáncer terminal y, según los médicos, puede que no viva más de tres o cuatro semanas. Según ha expresado Goody, todo el dinero que cobre de las exclusivas por sus últimos días –cerca de 2 millones de euros- será destinado a la educación de sus hijos de 4 y 5 años. Soy una ignorante –dijo- pero mis niños no lo serán; tendrán la mejor educación y sabrán que es todo gracias a su mamá.

Sobre su decisión de mostrar públicamente su sufrimiento hasta la muerte, poco se puede decir. Cada cual tiene su propia ética –o carece de ella-, y la libertad y el mundo del libre mercado en que vivimos permiten que se venda la muerte, la virginidad y hasta los pedos que uno se tira. Por otro lado, el hecho de que todo el dinero que gane con las exclusivas sea destinado a garantizar el futuro de sus hijos, no creo que convierta esta decisión en una decisión más loable, porque, seguramente, de no morir, seguiría cobrando exclusivas para ella misma, que es lo que ha estado haciendo hasta ahora. El delito moral –si es que existe- está en quién es capaz de pagar un dinero con la intención de forrarse exhibiendo públicamente la agonía de un semejante.

Pero, en todo caso, más que su muerte, a mí me preocupa lo que ha sido su vida. Según parece, Jade Goody procede de una familia con muchos problemas sociales, emocionales y educativos. Según ella misma reconoció, es una ignorante. Sin embargo, durante estos últimos siete años, Jade Goody ha vivido de vender exclusivas sobre su vida privada y de fomentar su mala imagen protagonizando escándalos con sus declaraciones y comportamientos soeces y vulgares. Es decir, una ignorante feliz de serlo. Porque, durante estos siete años de fama, lo importante no era dejar de ser ignorante; lo importante era estar forrada. Resulta curioso que ahora esta mujer diga que, gracias a todo el dinero que va a ganar vendiendo su muerte, sus hijos van a tener la mejor educación. Y digo que resulta curioso porque –desde que nacieron- sus hijos han vivido al lado de una madre ignorante, mal hablada, racista y con un comportamiento muy poco ejemplar. Porque, por desgracia, algunos tipos de cáncer no se curan, pero la ignorancia sí. Solo tenía que haber invertido una parte de su dinero ganado a base de exclusivas en educación, para poder así transmitir también una mejor educación a sus hijos. Así de sencillo. Seguramente, sus hijos agradecerían mucho más vivir sus últimos momentos al lado de una madre digna antes que estar forrados al lado de una madre cuyo único legado ha sido agredir verbalmente con insultos racistas a una compañera de programa y echar un polvo ante las cámaras de televisión.

Cualquier muerte, aunque sea una muerte natural de vejez pura y dura, es una muerte indigna. Nadie debería morir. Sin embargo, la vida, muchas veces, la hacemos indigna nosotros mismos.


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