Impunidad absoluta
19.02.09 @ 09:17:10. Archivado en Sociedad
Cada vez que surge un caso como el de Marta del Castillo, recuerdo unas imágenes que vi por televisión hace ya bastantes años. Se trataba también del asesinato de una niña. Después de varias sesiones de interrogatorio, el sospechoso acabó confesando el crimen, y fue llevado al lugar donde había enterrado el cuerpo para que señalase el punto exacto. Después de una hora de excavaciones, los policías dieron, al fin, con el cadáver de la niña. Mientras extraían sus restos, los policías agarraban la cara del asesino gritándole que mirara lo que había hecho, mientras exclamaban algún que otro insulto y le soltaban algún que otro tortazo.
Algo como aquello sería hoy impensable. Desde que en las sociedades modernas se ha establecido un sistema penitenciario basado única y exclusivamente en la reinserción de los delincuentes, éstos han logrado adquirir unos derechos muy superiores a los que disfrutan los propios familiares de las víctimas. Hoy por hoy, gracias a una nueva psicología basura que los trata como a reyes, los asesinos ya no son los hijos de puta de toda la vida, sino que son considerados unos pobres enfermos mentales que han tenido problemas en la infancia o han sufrido los desequilibrios de una sociedad que ha sido injusta con ellos. Por eso, se les atiende con cientos de psicólogos que acaban creyéndose sus lamentos y sus arrepentimientos fingidos, mientras cantan todos alegremente en el coro de la cárcel. Y es que, teniendo en cuenta esa nueva psicología y el código penal que padecemos, los asesinos y los ladrones son hoy las víctimas, y nosotros -los que sufrimos sus atropellos-, somos sus verdugos. Y quizá por eso, después de su aparente reinserción, salen a la calle con un subsidio pagado por todos los ciudadanos españoles, incluidos aquellos a los que les han matado a la hija o al hijo.
Sinceramente, a mí me importa un bledo que los asesinos, ladrones, violadores y toda esta escoria humana hayan sufrido o no humillaciones, situaciones de injusticia social o malos tratos que les ha conducido a un trastorno o a la violencia. Si la han sufrido, ha sido porque el estado –igual que sigue haciendo ahora- ha sido demasiado permisivo con las conductas agresivas de sus padres o convecinos. Sin embargo, no creo que eso sea realmente determinante: todos conocemos a muchas personas que han vivido situaciones muy difíciles –algunos incluso hermanos- y unos han optado por la violencia o las drogas y otros han optado por levantarse todos los días a las seis de la mañana para currar nueve horas al día.
Cuando se habla del endurecimiento de las condenas para aquellos criminales que cometen este tipo de actos, siempre sale algún que otro iluminado que señala que eso no logrará que se reduzcan los delitos. Eso es algo absolutamente estúpido, porque si esta gentuza está en la cárcel –y teniendo en cuenta su alto grado de reincidencia-, al menos, sí dejaremos de sufrir sus delitos. Porque, de no actuar de un modo tajante, aquellos que son responsables de elaborar y hacer cumplir las leyes estarán siendo cómplices indirectos de sus fechorías, como sucedió desgraciadamente en el caso de Mari Luz. Y es que, encerrar a toda esta morralla en la cárcel para toda la vida no es un acto de venganza; es, sencillamente, una cuestión de seguridad y, sobre todo, de justicia con las víctimas; esas víctimas arrojadas a un río como si fuesen basura y que ya nunca regresan.
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