El sueño de la navidad
18.12.08 @ 09:31:42. Archivado en Cultura, Sociedad
Hay quien dice que cuando nacemos, nuestro sueño ya está inscrito en nuestro propio código genético. Es como si –al igual que las enfermedades que estamos predispuestos a padecer, nuestras capacidades o el propio carácter-, nuestra cartografía genética tuviese prediseñado el sueño que guiará la vida de cada uno de nosotros. Según esta teoría, para poder alcanzar ese sueño, hasta el propio cosmos se confabula de un modo extraordinario, y nos envía distintas señales, aunque, a veces, no seamos capaces de verlas o interpretarlas.
No sabemos si en el código genético de Lionel Neykov estaba inscrito que algún día sería un cantante reconocido. Lo que sí es del todo claro es que ese era su sueño. Vivía en un pequeño apartamento de Manhattan, y su situación económica era tan precaria que estaba apunto de abandonar el apartamento por no tener dinero para pagar el alquiler. Para que su música pudiese traspasar las paredes de su apartamento, colgó en Youtube varias de sus canciones, entre ellas “Freeze My Senses”. No se sabe si fue una confabulación del cosmos, la fortuna o una simple casualidad, pero el caso es que un inesperado día recibió un correo electrónico de una agencia de publicidad española en el que se le decía que querían comprarle la canción. Y así fue cómo su canción ha llegado ahora a todos los hogares españoles a través del anuncio de la lotería de Navidad. De ser un joven de 29 años en paro que no sabía qué rumbo iba a tomar su vida, Lionel Neykov ha pasado en un solo clic de ratón a ser un cantante con varias ofertas para grabar un disco. Una historia como tantas otras de un sueño hecho realidad.
No sé si esta teoría de los sueños inscritos en nuestro código genético es cierta o no. Puede que cada uno de nosotros tenga un destino definido, un sueño que cumplir. Tal vez, quién sabe, todos nosotros nacemos con un sueño y, debido al desgaste inevitable de los años en nuestras espaldas, ese sueño se va difuminando lentamente hasta casi desaparecer y borrarse de nuestra memoria. Puede, también, que todo esto no sea más que una teoría completamente absurda, una idea fantasiosa. A lo mejor, en realidad, sólo nos dedicamos a vivir tal y como viene la vida, sin que intervengan ni los sueños ni la confabulación del destino. A lo mejor, sólo nos consagramos a devolver como buenamente podemos las envenenadas bolas que nos va lanzando la vida, y nada más. O a lo mejor, lo único que sucede es que esos sueños sí existen, pero es más sencillo no perseguirlos, negarlos, dejarlos apartados, marginados, para que no puedan venir en mitad de la noche a desvelarnos y recriminarnos que, por miedo o dejadez, no los hemos cumplido.
Ahora llega la Navidad, un tiempo propicio para hacer balance, para ponerse melancólicos y recordar nuestra infancia. Tal vez, si buscamos en el sitio correcto, encontremos ese sueño perdido que hemos dejado abandonado en un rincón de nuestra memoria. Tal vez, si queremos, podemos desempolvarlo, lijarlo, darle una pequeña mano de barniz y volver a colocarlo en el sitio preferente que antes ocupaba. Y si, al final, decidimos recuperarlos, podemos integrarlos en el genoma de nuestra forma de vivir. Sería el mejor modo para que, en vez de soñar nuestras vidas, comencemos por fin a vivir nuestros sueños. Feliz Navidad.
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