La vida
04.12.08 @ 17:26:17. Archivado en Cultura, Sociedad
Si alguien me preguntase qué es la vida, le respondería que son emociones. Evidentemente, es una interpretación resumida, pero qué es la vida sino un resumen. Nadie se acuerda a la perfección de qué estaba haciendo un día determinado a una determinada hora, pero recuerda con total nitidez aquellas situaciones vividas con intensidad y plagadas de emociones, tanto si han sido negativas como positivas. A pesar de lo que nos han hecho creer, no somos desde luego los objetos que poseemos. Nadie es su coche, ni su casa, ni su televisión de plasma. No somos los ordenadores que compramos ni los teléfonos móviles de última generación ni los últimos reproductores de DVD. No somos la cerveza que bebemos, ni el vino de Rioja, ni un whisky escocés. Todos los objetos que compramos, las acciones que realizamos, los lugares a los que viajamos, no tienen sentido por sí mismos, sino por las emociones que nos producen o nos transmiten.
Yo soy la placidez de los paseos en un carro de madera tirado por una vaca llamada Morena al lado de mi abuelo. Soy los días de lluvia, calado hasta los huesos, secándome al calor de la lumbre. Soy el dolor de pies después de recorrer una ciudad extranjera y desconocida. Soy los ojos cerrados escuchando Amaral en la arena de la playa. Soy la nieve mirando por la ventana. Soy las luces de navidad en los ojos de un niño. Soy la mano de la mujer a la que amo. Soy el olor a nuevo de mi primer coche. Soy el frio del hielo en los chichones infantiles. Soy una gripe bajo las mantas arropado por mi madre. Soy la ternura de un cordero en mis brazos. Soy una luminosa tarde de Agosto en la Fontana de Trevi. Soy mi primera caída en bicicleta. Soy una conversación de amanecer al lado de mis amigos.
En los momentos de alegría, de dolor, de cansancio, de hambre, de pasión se resume nuestra vida. Esos momentos somos nosotros. Más allá de esto, no hay nada, excepto objetos que nos rodean pero que, a nuestro pesar, no podremos llevarnos a los escasos tres metros cuadrados de la que será nuestra última morada.
Sin embargo, los seres humanos de los países desarrollados, hemos renunciado a la poesía del dolor, de la belleza, de la ternura o del amor, y nos hemos convertido, al fin, en simples productores o consumidores. No observamos la belleza de un paisaje mientras viajamos ni el dolor de una familia a la salida de un hospital. Preferimos mantenernos al margen de la vida. Amamos sin que nos duela, bebemos para olvidar, hacemos el amor sin saber con quién, tomamos drogas para poder sentir sensaciones diferentes -como si la propia vida no estuviese plagada de ellas-, proyectamos nuestras frustraciones o nuestros deseos comprando objetos que suelen ser al fin innecesarios. Rechazamos la moral, el compromiso, la responsabilidad, el honor, la amistad, las emociones más pasionales. Evolucionamos en la forma de vivir pero no en el contenido, y nos hemos creado un mundo virtual donde no hay viento, ni lluvia, ni calor, ni frio; donde no hay éxito ni fracaso; donde no cabe al fin la esperanza. Tan sólo un revés en nuestras vidas puede a veces mostrarnos lo que verdaderamente somos. Pero mientras, caminamos por la vida a cien kilómetros por hora sin detenernos a observar, a respirar, a llorar, a reír. Caminamos por la vida a cien kilómetros por hora, pero no huimos de ningún lugar, ni vamos en realidad hacia ninguna parte.
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