Querido Maestro
27.11.08 @ 10:15:57. Archivado en Educación
Uno de los mejores maestros que he conocido en mi vida ha sido Paco Domínguez. Seguramente, mi amigo Paco Domínguez –tristemente fallecido hace unos años- no hizo ni una Programación Didáctica en todos sus años de carrera. Sabía que la vida es un continuo aprendizaje que no puede programarse, que a veces la vida te da una bofetada o te acaricia de repente y aprendes de golpe. Paco Domínguez no sabía lo que era una Unidad Didáctica. O, mejor dicho, hacía Unidades Didácticas sin saber que se llamaban así, mucho antes de que cuatro pedagogos financiados e iluminados decidieran ponerle un nombre, como si por ello fuesen sus descubridores. No utilizaba pizarras digitales, ni cantaba cancioncillas, ni se vestía de payaso para motivar a sus alumnos; sencillamente se dedicaba a enseñar aquello que creía básico, y pensaba que con la palabra, la voluntad y una tiza a veces basta para llegar al conocimiento. No le preocupaba si la editorial era Santillana, Anaya o Edebé. No le importaba si acababa o no todos los temas; no tenía ninguna prisa, porque sabía que el aprendizaje no tiene páginas. Paco Domínguez era un auténtico maestro dentro de la escuela, porque sus experiencias procedían de la propia vida.
Ser maestro hoy, sin embargo, es mucho más triste. Tenemos cientos de editoriales, cuadernillos, pizarras digitales, ordenadores, reproductores de CD, láminas a colores, Proyectos Educativos, Proyectos Curriculares, Unidades Didácticas, Programaciones de Aula, lápices normales, lápices triplus, rotuladores de punta fina, super-gordos, gomas redondas, cuadradas y rectangulares. Tenemos libretas de rayas, a cuadros, de dos rayas, tamaño folio, DIN A-4, DIN A-5. Tenemos papel pinocho, papel cebolla, papel charol, acuarelas, óleo, témperas, masilla. Y, sin embargo, a pesar de todo lo que tenemos, cuando muchos de nuestros alumnos de hoy salen de sexto, no saben leer con buena entonación, no saben escribir un cuento con su introducción, nudo y desenlace, no saben dividir entre dos cifras, no saben si árbol lleva o no lleva tilde, no saben las comunidades autónomas de su país. Sí, es maravilloso; la escuela se ha llenado de materiales ultramodernos y de documentos fantásticos para mejorar la calidad educativa, pero se ha vaciado de sentido común.
Ser maestro hoy es mucho más triste, porque los maestros de hoy tienen que darle pan al que tiene hambre, agua al que tiene sed y calor al que tiene frío. El maestro de hoy tiene que duchar al que no se ducha, aconsejar una dieta sana al que zampa bollos, enseñar a ver la televisión al que se traga cinco horas de tele en el dormitorio de su casa. Tiene que enseñar cómo se tiene que cruzar la calle, cómo se tiene que consumir con responsabilidad, cómo hay que comportarse en lugares públicos o cómo debe ponerse un condón. El maestro de hoy tiene que motivar al niño para que estudie. Y, lo que es peor, motivar al padre del niño para que motive al niño para que estudie.
Ser maestro hoy es mucho más triste. Y es más triste porque la administración quiere que los maestros sean administrativos, los padres quieren que sean cuidadores, los pedagogos quieren que sean compensadores de desigualdades y la sociedad quiere que sean padres. Y al final, como dice mi padre, entre todos la mataron y ella sola se murió. Por eso, un maestro de hoy tiene que ser una ONG de la comprensión, un médico de la estupidez, un bombero de la integración, un policía de los hábitos, una prostituta del conocimiento. Demasiadas cosas para tan poca valoración. En fin; felicidades maestros por no morir en el intento.
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