Depredadores
16.10.08 @ 09:28:54. Archivado en Economía
Durante las últimas semanas, el mundo entero ha vivido pendiente de las bolsas, contemplando atónitos cómo los índices caían hasta niveles inimaginables, cómo el pánico se apoderaba de los inversores, y cómo el eco del desplome bursátil -recogido en la portada de todos los informativos nacionales e internacionales- nos llevaba a todos a imaginar un escenario económico apocalíptico. Las bolsas recogían de este modo la temida crisis. Pero a pesar del batacazo bursátil, no debemos olvidar que la bolsa no deja de ser un simple reflejo, porque la crisis, la verdadera y dolorosa crisis, tiene nombres y apellidos, hijos, el préstamo del coche y una hipoteca a treinta años.
Nadie sabe a ciencia cierta cuando comenzó la crisis. De hecho, hasta hace un año, parecía que la economía de los países desarrollados y de los países emergentes iba viento en popa. En tan solo trescientos sesenta y cinco días, la sensación es la de que lo único que nos espera en los próximos dos o tres años es la pobreza más absoluta. Algo que, a mi juicio, resulta realmente curioso. Puede que uno no sea un brillante economista, como esos lumbreras que pululan por universidades y diarios económicos de todo el mundo; esos que hacen unos maravillosos análisis. A toro pasado, eso sí. Ninguno de ellos, que yo sepa, ni los presidentes y ministros mundiales pareció darse cuenta de algo que para cualquier persona con un poco de capacidad de análisis era más que evidente. A saber; que las enormes rentabilidades generadas por las grandes empresas mundiales no se reinvertía en la sociedad, sino en unos pocos. Y me explico.
Durante estos últimos diez años de bonanza económica, la mayoría de las grandes y medianas empresas mundiales han batido beneficios año tras año. Sólo hay que echar un vistazo a los balances de empresas como Telefónica, Iberdrola, Fortis, Morgan Stanley, Total Fina, Siemens, Volkswagen, Ford, Google, Intel, Wal-Mart, etc. Aún a día de hoy, en momentos de crisis como los que padecemos, muchas de estas empresas siguen obteniendo beneficios. No están perdiendo dinero; están dejando de ganar tanto. Y, en cambio, bajo la justificación de dificultades económicas, muchas de ellas presentan Expedientes de Regulación de Empleo. Entonces, la pregunta que a cualquiera se le viene a la cabeza es ¿dónde están todos los beneficios que han acumulado a manos llenas en estos diez años? Es decir, ¿cómo una empresa puede pasar por dificultades económicas o puede dar quiebra en seis meses cuando durante los últimos diez años ha logrado una rentabilidad acumulada de un 500%? La respuesta también es más que evidente; todo ese dinero se ha ido en los sueldo de sus grandes directivos, en los coches y chalés de lujo, en las cenas y viajes a los mejores spas, en pagar prostitutas de lujo a sus mejores clientes y cosas por el estilo.
Con esta crisis, ha quedado de manifiesto que el único objetivo de las grandes y medianas empresas mundiales es obtener enormes beneficios a costa de sus trabajadores y de aumentar el precio de sus productos, muchas veces sin ningún tipo de justificación. Lo que sucede es que, como se está comprobando, si los ciudadanos no mejoran sus condiciones laborales, el consumo se agota y las empresas mueren. Es una lección dolorosa pero que espero sirva para establecer un nuevo orden económico más equilibrado y justo. Porque lo que es humillante es comprobar cómo nuestros tíos, primos o padres se han roto los cuernos en una empresa durante veinte años por un sueldo miserable para terminar engrosando la cola del paro, mientras los grandes directivos se han dedicado a lapidar cada uno de los euros que entraba en caja. Y eso, sin que los gobiernos hayan hecho absolutamente nada.
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