Nuestros viejos
02.10.08 @ 09:07:26. Archivado en Sociedad
(1 de octubre: Día Internacional de la Tercera Edad)
Dicen que la vejez es el declive de la vida, que es el invierno, la decrepitud, la época donde afloran todos los males físicos y espirituales de la vida. En infinidad de ocasiones, equiparamos vejez con incapacidad o limitación física y mental. Los viejos son torpes, caminan con lentitud, tardan en responder, tienen duro el oído y la mollera. Los viejos huelen, incordian, están fuera de su tiempo, son inútiles y no comprenden los avances del mundo.
Los bebés, cuando son pequeñitos, también son duros de oído y de mollera. Huelen, y a veces no muy bien, precisamente. Caminan con lentitud, si es que caminan, y están llorando todo el día, porque también en sus cuerpitos afloran todos los males de la nueva vida fuera del vientre de su mamá. Los bebés, cuando son pequeños, también son unos inútiles; no saben utilizar un ordenador, ni una sandwichera, ni siquiera saben jugar a la Play. La infancia y la vejez son, así, dos etapas distintas de la misma vida; es decir; las partes contrarias de una misma dualidad. Los viejos no son niños, pero –como todos los extremos- comparten características comunes. Sin embargo, nosotros –todos los que formamos parte de esta sociedad- hemos decidido que la vejez sea considerada como la época más inútil, desprestigiada y maldita de nuestro proceso vital.
Antiguamente -antes de que existiera el botellón, las carreras ilegales, el programa La Noria, los centros comerciales y los zoológicos-, los viejos, los niños, los adultos y los jóvenes convivían en perfecta armonía. Los ancianos eran admirados por sus conocimientos y sus experiencias, y se acudía a ellos en cuanto surgía algún problema o alguna preocupación. Sin embargo, a medida que los seres humanos nos hemos ido distanciando de la naturaleza, nos hemos ido apartando también de los viejos. Hoy en día, resulta difícil ver a un adolescente charlando con su abuelo; primero, porque los adolescentes de hoy están aborregados, y, segundo, porque los viejos de hoy –tal vez debido a la marginación social que sufren- han perdido la generosidad y la dulzura amable de otros tiempos.
La vejez es el ocaso de la vida, es cierto, pero la vejez no es la muerte. Lo que sucede es que, en esta cultura del ocio y del complejo de Peter Pan, hemos decidido apartar a los viejos para ocultarnos a nosotros mismos que –si Dios lo propicia-todos llegaremos a arrastrar las piernas, a oír con dificultad y a ser duros de mollera. La vejez es el ocaso, pero existen ocasos cuya belleza y dulzura es incomparable. En nuestras manos está darle sentido a ese ocaso, pues el trato que les demos a nuestros viejos será, en definitiva, el trato que recibiremos cuando lleguemos a esa etapa de nuestras vidas.
Debemos recuperar a nuestros viejos del destierro social al que los hemos relegado. Y debemos recuperarlos porque, en primer lugar, los viejos representan la memoria viva de nuestra propia historia. Debemos recuperarlos, además, porque, a pesar de la edad cronológica y de sus escasas limitaciones, nuestros viejos pueden realizar infinidad de funciones sociales y de trabajos. Y debemos recuperarlos, sobre todo, porque en los ojos de nuestros viejos estamos cada uno de nosotros.
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