Viva la pluralidad
07.05.08 @ 18:06:48. Archivado en Sociedad, Educación
A eso de las siete de la mañana, todos los días de lunes a viernes, una furgoneta entra por mi calle, se detiene frente a mi edificio y la buena mujer que la conduce comienza a exprimir el claxon con pasión para que baje su compañero de trabajo. Se le nota por el entusiasmo que la mujer tiene ganas de comenzar la jornada. Una media hora después, el adolescente tarado mental de enfrente sale con su moto de escape libre hacia el instituto haciendo un ruido de mil demonios. El ruido, lógicamente, parece eternizarse a lo largo de toda la calle, porque aunque la moto en cuestión hace mucho ruido, no anda un carajo. Pocos minutos después, me levanto para ir al trabajo. No hace falta que diga que ya llevo despierto un buen rato, gracias a la tipa de la furgoneta y al tarado de la moto. En fin, me lavo la cara, desayuno y me voy a trabajar. Una vez concluida mi jornada laboral, vuelvo a casa, hago algo de comer y me pongo un rato a ver la tele.
A eso de la media tarde, en el momento más placentero del día, el tarado de la moto vuelve a salir con su máquina infernal, invadiendo la paz y la modorra del momento. Unos cinco o seis minutos después, incomprensiblemente, regresa. Y así, durante toda la tarde, como si se tratase de un ritual absurdo producto de una maldición. En medio de sus idas y venidas, llegan los obreros del edificio de al lado. Tal vez se deba a una enfermedad congénita que padecen los obreros, pero el caso es que hablan todos a gritos. Da igual que pidan un ladrillo o que le griten “cachonda” a la mujer que pasa por la acera. Como el momento del descanso ya ha pasado, salgo de mi cochera para ir a hacer algunos recados. A mi regreso, y a pesar del vado que reza en el portón, veo un coche invadiendo la entrada. Allí espero pacientemente unos siete minutos, hasta que un hombre cincuentón sale pachorrudamente de un edificio cercano como si tal cosa.
Más tarde, poco antes del anochecer, un vecino de abajo se pone salsón y enchufa un CD de música tipo “perrea, perrea”. Como el cabrón es un tío generoso, pone el CD a un volumen lo suficiente alto como para que los demás podamos disfrutar de la vibración de las canciones en los cristales. Ya después de la cena, un grupo de adolescentes de entre trece y dieciséis años se reúnen en el hermoso portal de un edificio cercano para echarse unas risas. Mira que no hay sitios en el mundo para pasárselo bien; pues no; estos adolescentes sólo se lo pasan bien hablando a berridos en el portal. Y así, entre berridos y porros, se pasan hasta la una y media de la madrugada. Yo supongo que se trata de niños huérfanos, porque no creo que puedan existir unos padres tan mal nacidos como para dejar a sus hijos menores de edad una noche de martes tirados por la calle. Ya justo antes de acostarme, y mientras me fumo un pitillo en la ventana para culminar el día, veo a un homínido medio borracho que se esconde en la cochera de enfrente para echar un chorrete. Ya se sabe, el mejor lugar para echar una meada es en mitad de la calle, justo el lugar por donde luego pasarán nuestros hijos.
Hace unos días, en uno de esos programas nocturnos de televisión que pretenden recubrirse de intelectualidad, escuché decir a uno de sus aborregados y ultra progresistas tertulianos que había que respetar la pluralidad, y que ese respeto era la base de la convivencia. Yo creía que la base de la convivencia era el respeto de unas normas básicas de conducta, pero no. Y es que la convivencia, vista así, es muy fácil; solo hay que saber cómo soportar a la panda de capullos plurales que a cada uno de nosotros nos haya caído en suerte. Hay que joderse.
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