Una llama eterna
29.04.08 @ 23:34:06. Archivado en Política
Durante estas últimas semanas hemos podido comprobar cómo la comunidad internacional, con la clase política al frente, ha llevado a cabo infinidad de movilizaciones en contra de la represión de China en el Tibet. Que si persiguen la antorcha olímpica para apagarla, que si se cuelgan de éste o de aquél puente, que si los líderes mundiales amenazan con no asistir a los actos de inauguración. Y eso está bien, pero que muy bien. Sin embargo, habría que hacer una serie de puntualizaciones.
Las manifestaciones en contra de los países que no respetan los derechos humanos siempre son loables. Sin embargo, que yo sepa, China vulnera hoy por hoy los derechos humanos igual que lo hacía el día 13 de julio de 2001, cuando Pekín –o Beijing- fue elegida como sede para los Juegos Olímpicos 2008. Durante estos últimos siete años, en cambio, pocas –o ninguna- han sido las movilizaciones contra China. Entonces, la pregunta que hay que hacerse es por qué se eligió a China como sede olímpica. Pues muy fácil, porque China no respeta los derechos humanos, pero es la segunda potencia económica mundial, y eso impresiona mucho.
A la mayoría de los gobiernos internacionales –por desgracia- les interesa mucho más la economía que los derechos humanos. A los presidentes de los países más poderosos –y de los menos poderosos también- no les preocupa que China viole los derechos humanos, lo que les preocupa es que la vulneración de esos derechos se vea por televisión. Y, por supuesto, que su propia imagen pueda verse afectada si no hacen alguna condena pública. Porque, de hecho, a países como Rusia o Estados Unidos -entre otros muchos - también se les olvida respetar los derechos humanos de vez en cuando.
Pero no hace falta irse tan lejos. Por poner algunos ejemplos cercanos, el presidente francés Nicolás Sarkozy recibió hace unos meses al dictador de Zimbawe y al dictador de Yibuti, hombres que no se caracterizan por el amor a los derechos civiles. También el gobierno de Aznar firmó un acuerdo con el gobierno dictatorial de Obiang hace unos años en Guinea Ecuatorial. Incluso el talentoso presidente Zapatero recibió a Gadafi con todos los honores no hace mucho. Todo esto sin hablar de la venta de armas que todos los países del mundo realizan a otros países donde los derechos humanos brillan por su ausencia. Y es que las relaciones internacionales y el dinero están por encima de la muerte de cualquier inocente en una represión a miles de kilómetros de distancia.
Por otro lado, y al margen de la hipocresía de los gobiernos internacionales, está la falta de respeto a los deportistas que se están preparando con tanto esfuerzo para las Olimpiadas de Pekín 2008. Porque si bien es cierto que deporte y política siempre se han visto obligadas a mantener una estrecha relación, también es cierto que la utilización política del deporte es despreciable. Para tomar medidas contra China, no es necesario boicotear unas olimpiadas. Para ello existen otro tipo de medidas, que deben ser de carácter político, económico o diplomático.
Al fin y al cabo, los deportistas no tienen culpa de que unos iluminados eligieran Pekín como sede olímpica, ni tampoco de que los políticos más importantes a nivel mundial hayan descubierto ahora -después de haber estrechado la mano de asesinos durante tanto tiempo- su incipiente humanidad. Las olimpiadas son lo que son, y los deportistas merecen respeto a todo ese sudor solitario que corre por su frente día tras día en duros entrenamientos, un sudor que se representa en una llama olímpica –expresión de paz y de unión- que nunca, nunca debemos dejar que se extinga.
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