El virus especulador
09.04.08 @ 17:01:20. Archivado en Política, Economía
A pesar de lo que pueda parecer a simple vista, la especulación urbanística no es una operación financiera; es un virus. Y un virus de los malos, como el dengue o el ébola. Este virus se transmite a través del polvo que emana del ladrillo y daña irreversiblemente el cerebro. Aquel que lo contrae queda completamente idiotizado, y se convierte en un especulador y un desgraciado. El caso más evidente de que la especulación urbanística es un virus se ha producido hace unos días en Sabadell, donde una nieta ha desahuciado a su abuela para -presuntamente- construir pisos en el solar. Y no piensen mal de la nieta; antes ya lo había intentado su padre, es decir, el hijo de esta abuela ahora desahuciada, que también había contraído el virus. Nadie que no esté tarado mentalmente a causa de una enfermedad sería capaz de dejar a su madre o a su abuela en la puta calle para construir pisos.
El modo de contraer el virus varía de unos enfermos a otros -en el caso de la nieta de Sabadell es por herencia-, pero nadie está libre de contraerlo; lo pueden contraer políticos, algunos constructores -no todos- y también el común de los mortales en general. Sin embargo, es mucho más fácil que el virus se les meta en el cuerpo a aquellas personas que son viciosamente avaras, con ninguna o escasa moralidad, profundamente analfabetos y con un desprecio total por sus semejantes. Al contraer este virus, la moralidad del individuo desaparece por completo, el cerebro se rechume como una pasa y el enfermo padece una diarrea mental que sólo le deja pensar en hacer casas y más casas en el primer trozo de tierra que encuentre, como un cerdo refocilando en busca de trufas. Pero esta es la primera fase de la enfermedad; el objetivo del individuo invadido por el virus especulador, no lo olvidemos, es enriquecerse en el menor tiempo posible a costa de los demás.
Llegados a este punto, se produce la mutación más increíble en el desarrollo y evolución de la enfermedad; el propio especulador se convierte asimismo en un virus social. Prueba de ello son las medidas y las ayudas que solicitan al estado –cuando han sido ellos los que han inflado el precio de las casas. Eso si, en su enferma cabeza no entra la idea de bajar los precios de las viviendas. Claro que esta subida desorbitada de precios la realizan con el beneplácito de los gobiernos nacionales, autonómicos y municipales, que también sufren una enfermedad, llamada catatonia cómplice y criminal.
La buena noticia para todo esto es que esta enfermedad ya tiene un antídoto; se llama recesión. Gracias a la recesión, muchos de los especuladores están viendo como tienen que tragarse sus viviendas con patatas fritas, y como su hermosa cuenta corriente baja a niveles insospechados. Al final, este antídoto lo que da es una cura de humildad, ya que el analfabeto –por naturaleza- es estúpidamente osado. Por eso, todos aquellos que no han –o hemos- podido lograr una vivienda propia por el aumento injustificable y canallesco de los precios, se alegran de que por fin estos enfermos comiencen a curarse. A ver si algún día no muy lejano podemos verlos debajo de un puente, totalmente recuperados de su inmensa e insaciable voracidad viral, viviendo en carne propia el mal que con su codicia han causado a la sociedad.
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