Mari Luz
02.04.08 @ 17:19:30. Archivado en Política, Sociedad
Por desgracia, el caso de la pequeña Mari Luz ha venido a poner de manifiesto lo que algunos ya veníamos criticando desde hace años; que la justicia de nuestro país está terriblemente enferma, casi agonizante, y que necesita de un trasplante urgente de cordura. El caso de Santiago Del Valle García, el presunto asesino, no es un caso único ni extraordinario; existen demasiados criminales y delincuentes que están en la calle por culpa de la burocratización excesiva del sistema judicial, por la lentitud injustificable de los juicios o, sencillamente, por la estupidez manifiesta y contrastada de algunos jueces.
Sobre el sentido propio de la justicia, lo primero que deberíamos tener claro es que si se hace justicia tres o cinco años más tarde, se está cometiendo una injusticia. Para que la justicia sea efectiva, debe aplicarse lo más rápidamente posible, de lo contrario, pierde cualquier valor y cualquier efectividad. El aspecto preventivo de la justica es esencial para su buen funcionamiento. Si la burocracia o la tramitación impiden la rapidez del proceso, habrá entonces que atajar el problema de raíz, porque la falta de efectividad en el sistema judicial causa muertos, y eso es del todo inaceptable.
Por otro lado, dicen los máximos mandatarios que las leyes que tenemos en nuestro país son suficientes. No es cierto; tenemos demasiadas leyes, y por ello, demasiados recovecos legales y demasiadas interpretaciones posibles. Para juzgar un caso de pederastia, por ejemplo, sólo hay que contar con las pruebas necesarias para demostrar inequívocamente que el acusado es culpable. A partir de ahí, no hace falta más de una línea en cualquier código penal para sentenciar el caso.
Otro de los grandes errores de nuestro sistema judicial son las penas impuestas, que pecan de ser excesivamente blandas. Y no sólo en delitos sexuales, sino en todos los casos en general. A veces hasta resulta vergonzoso observar como una persona condenada a miles de años sale de la cárcel en apenas diez. Los delitos contra la sociedad, contra las personas o contra los objetos deben de pagarse en la cárcel. Pero las cárceles no deben ser centros de recreo. Ni siquiera de rehabilitación. Desde cualquier perspectiva, resulta inconcebible que una parte de los impuestos de cada uno de nosotros vaya destinada a la manutención, los estudios y el entretenimiento de terroristas, violadores o pederastas. Mucho más, si tenemos en cuenta que en infinidad de casos muchos de los presos jamás vuelven a reinsertarse. Sin embargo, gracias a algunos psicólogos iluminados, se sigue primando la posibilidad de reinserción del delincuente que la vida de una mujer maltratada, de un joven volado a trozos en un metro o de una niña violada.
Por último, tenemos a nuestros jueces, con mucha memoria y poco sentido común, algunos de los cuales ejercen su profesión con tal irresponsabilidad que son causantes indirectos de cientos de delitos. Esta falta de responsabilidad, en cambio, casi nunca conlleva una condena judicial, al contrario que lo que sucede en el resto de las profesiones. Algunos jueces ejercen de dioses, y por eso son capaces de dormir a pierna suelta dejando a seres nauseabundos como Santiago del Valle en libertad.
Cualquier persona que viva con los pies en la tierra sabe que la sociedad se siente indefensa por la infinidad de robos y de violencia existentes, pero, principalmente, porque los delincuentes de tales actos están en la calle a los dos días. De lo primero son culpables los delincuentes, pero de lo segundo lo son aquellos que tienen en sus manos la justicia de este país y no hacen absolutamente nada por mejorarla, sino por vivir de ella mientras otros se dejan la sangre o la vida en una triste acera.
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