Violencia de género: todos culpables
05.03.08 @ 18:32:13. Archivado en Política, Sociedad
Al comienzo de la película "Love actually", mientras se ven escenas de la terminal de llegada del aeropuerto londinense de Heathrow, el narrador -con voz en off- va diciendo: "La opinión general da a entender que vivimos en un mundo de odio y egoísmo, pero yo no lo entiendo así. A mí me parece que el amor está en todas partes. A menudo no es especialmente decoroso ni tiene interés periodístico, pero siempre está ahí. Padres e hijos, madres e hijas, maridos y esposas, novios, novias, viejos amigos... Cuando los aviones se estrellaron contra las torres gemelas, que yo sepa, ninguna de las llamadas telefónicas de los que estaban a bordo fue de odio y venganza. Todas fueron mensajes de amor”.
Y es que el amor, en verdad, es el motor del mundo. Cuando uno está enamorado, la vida se ve de un modo diferente; todo aquello que nos molestaba o irritaba o preocupaba deja de irritarnos, molestarnos o preocuparnos, como si el amor nos protegiese de las miserias del mundo con una piel invisible pero extraordinariamente poderosa. Amar a una persona es el bien más preciado del que podemos disfrutar en este breve espacio de tiempo al que llamamos vida. Sentirse amado es, con total seguridad, lo único por lo que merece la pena vivir. Las personas, los animales, incluso si me apuran, los mares, las nubes y las rocas son, a su modo, capaces de amar.
Un individuo que es capaz de matar a la persona amada, clavándose un cuchillo repetidas veces, o echándole ácido a la cara, o atropellándola, no es un ser humano ni un animal, ni siquiera es una roca. Un individuo que es capaz de escuchar con total frialdad los gritos de la mujer a la que ha amado hasta que la vida se le escapa de los labios, no es un ser humano ni un animal, ni siquiera es una roca. Un hombre que mata a su mujer, a esa mujer a la que ha amado, a la que ha besado, a la que ha rozado piel con piel, con la que ha tenido hijos, no es un ser humano ni un animal, ni siquiera es una roca. En realidad es la escoria del mundo, el pus de la sociedad.
Hace unos días, a través de un informativo de televisión, pudimos contemplar la grabación de una mujer amenazada por su ex marido en la que podía verse cómo éste le rajaba las ruedas del coche con un cuchillo y lanzaba piedras contra el parabrisas. Alguien capaz de trasgredir la legalidad de ese modo es capaz de hacer cualquier cosa. Pero, como en tantas otras situaciones semejantes, le han dicho que no se puede hacer nada. Es decir, que la justicia, los jueces, los políticos, las leyes y las fuerzas de seguridad del estado –con todo su poder- no son capaces todos juntos de hacer nada ante estas imágenes o situaciones semejantes, porque –según se justifican- no hay pruebas de delito alguno, porque las grabaciones no son consideradas como pruebas, porque esto y porque lo otro. Y entre todos no son capaces de frenar la violencia de género porque las leyes, la justicia, la política y la defensa no son humanas ni conocen el amor; son burocracia; papeleo y papeleo que sólo sirve para limpiarse la parte más deshonesta del cuerpo. Entonces, llegará el día en que este ser vil y repulsivo raje de oreja a oreja a su ex mujer, y entonces todos nos lamentaremos. Y el amor del mundo desaparecerá un poco, porque esta mujer dejará de latir para convertirse en otra cifra más dentro de las estúpidas estadísticas del Gobierno.
El mundo está lleno de amor, es cierto. Pero también está lleno de auténticos incompetentes e irresponsables, que por omisión, dejadez o incapacidad mental dejan vía libre a los verdaderos verdugos. Y es que los inútiles, no lo olvidemos, han causado a lo largo de la historia muchísimas más muertes que la peor de las plagas. Un asco.
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