El debate de la discordia
27.02.08 @ 10:08:37. Archivado en Política
Y al fin llegó el gran día. Tras quince años de ausencia, al fin pudimos ver un debate previo a unas elecciones entre los dos máximos aspirantes al gobierno. Comenzó abriendo el debate Mariano Rajoy, con un discurso excesivamente momificado, que parecía haber sido más memorizado que sentido. Luego le tocó el turno a Zapatero, que demostró ante las cámaras su habitual soltura en los medios. Sin embargo, esto fue sólo el principio; a medida que el tiempo transcurría, ambos candidatos se fueron calentando, y los gestos comenzaron a tener esa importancia significativa que deben tener en cualquier debate que se precie. En unos momentos parecía más acertado el candidato popular, sacando a colación problemas reales que preocupan a ciudadanos reales. En otros momentos, en cambio, estuvo más acertado el candidato socialista, al recordar los grandes avances en materia social o las cifras del paro a lo largo de su legislatura. Los temas fueron interesantes, pero los argumentos –por desgracia- fueron los de siempre. Zapatero –cómo no- volvió a acordarse de Aznar, como si de un primer amor no correspondido se tratase. Rajoy, por su parte, volvió a cargar las tintas una y otra vez en la negociación entre el Gobierno y ETA. Y, así, el debate transcurrió entre recuerdos y cifras del pasado, sin evocarnos apenas el futuro, que es lo que realmente preocupaba.
Sin embargo, no todas iban a ser opiniones enfrentadas. Por lo menos, en una cosa ambos candidatos estuvieron de acuerdo; la culpa de la crispación era del “otro”. Y, a juzgar por algunos momentos surgidos a lo largo del debate, podemos afirmar que ambos tenían razón, como si dos medias verdades bien pudiesen conformar una verdad completa. Que ambos aspirantes representan posturas enfrentadas, repletas de reproches, casi imposibles de conciliar, se hizo evidente en todo momento. Lo mismo sucede si leemos o escuchamos a los contertulios o articulistas favorables a uno u otro candidato. Lo de “las dos Españas” se hace una realidad palpable cada vez que se acercan unas elecciones. Sin embargo, puede que toda esta crispación no sea más que el reflejo de lo que, entre sí, cultivan ambos partidos, algo que supone un mal ejemplo para la ciudadanía. La alternancia en el poder, el respeto por las ideas del otro, incluso el reconocimiento de méritos y la crítica constructiva, son la base de la democracia. Los insultos a candidatos o representantes, las amenazas, los boicots, son propios de seres humanos asalvajados que deberían vivir tras unas rejas como si de animales peligrosos se tratase. Una parte importante de la culpa de esa tensión política que se vive en la calle es responsabilidad de ambos candidatos y de sus equipos, que –consciente o inconscientemente- alientan este tipo de actitudes radicales. Al igual que no es aceptable acusar al presidente de un gobierno de haber insultado a las víctimas de terrorismo por intentar negociar el abandono de las armas con ETA, comparar a miembros del PP con mafiosos asesinos tampoco es, precisamente, una muestra de talante ni de espíritu democrático. Provocar miedo o tensión no es una buena estrategia, y mucho menos responsable, aunque funcione. A pesar de lo que dice Rajoy, España puede soportar cuatro años más con Zapatero. Y, a pesar de lo que dice Zapatero, España también puede soportar un gobierno de derechas. Eso es lo bueno que tiene la democracia; que cualquiera de los dos es necesario y cualquiera de los dos es prescindible. Lo único que no es prescindible es el bienestar y el futuro de un país entero. Y de eso, al menos en este primer debate, entre reproche y reproche, ambos candidatos parecen haberse olvidado.
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