El inoportunismo de la Iglesia
06.02.08 @ 10:40:07. Archivado en Política, Religión
Cuenta Marcos en su evangelio que, tal como era costumbre en el día de la fiesta, el prefecto de la provincia romana de Judea, Poncio Pilato, presentó ante el pueblo judío a dos presos para que el pueblo eligiera cuál de ellos quería que fuese liberado. Uno era conocido como Jesús y el otro como Barrabás. Tras preguntar Pilato a quién querían que soltase, el pueblo gritó el nombre de Barrabás. Y cuando Pilato volvió a preguntar qué hacía pues con el así llamado Rey de los Judíos, el pueblo respondió “crucifícale”. En todo este proceso, Jesús de Nazaret no emitió ni una sola palabra. Tal era su condición. Si Jesús viviese en la actualidad, dudo que se le pasase siquiera por la mente pedir el voto para un partido político o para otro, ya que el reino de Dios, tal como a mí me lo enseñaron, no es de este mundo. Esa, entre otras, es una de las enormes diferencias entre la divinidad del hijo de Dios y la pobre humanidad de los hombres, incluidos aquellos que dicen representarlo en la Tierra, como si de una franquicia comercial se tratase.
Soy profundamente cristiano y abiertamente no católico. A simple vista, esto puede parecer contradictorio, pero es algo totalmente compatible. Incluso necesario. Este no catolicismo practicante se debe especialmente a la enorme decepción de tantos años de historia católica. La imagen transmitida de Dios por parte de los católicos no coincide –por lo general- con la forma de actuar de los católicos. Quizá se hace necesario recordar que la Santa Iglesia Católica apoyó –directamente o por omisión- el nazismo de Hitler, la dictadura franquista, la dictadura pinochetista y tantas otras dictaduras habidas y por haber. Apoyó a los reyes absolutistas mientras el pueblo se moría de hambre. Realizaba orgías en sus palacios mientras el pueblo se moría de hambre. Invierte millones de euros en bolsa mientras millones de niños se mueren de hambre. La Iglesia católica quemó, mutiló, torturó y mató a cientos de miles de personas en el nombre de Dios. Ese, sin duda, no es el Dios que yo conozco.
Me parece lógico y razonable que la Iglesia católica se meta en el debate político, sobre todo en los temas que le atañen directamente. Sin embargo, no creo que ni el PSOE ni el PP representen ni ataquen directamente a Dios. Zapatero –como mucho- puede ser un pobre diablo, pero no es el diablo en sí. Y Rajoy, a pesar de su barba y su hermoso bigote, no es ni de lejos Jesús de Nazaret.
Dice la Iglesia que el PSOE está acabando con la familia, que la asignatura de Educación para la ciudadanía lesiona el derecho de los padres católicos, que el matrimonio homosexual es antinatural y cosas por el estilo. Lo que la Iglesia no entiende aún es que la religión es una parte privada del ser humano, y que un homosexual puede profesar su fe con el mismo fervor que quien la profesa desde su santa castidad. El PSOE, por mucho que quiera, nunca acabará con la familia ni con la ética. Ambas están muertas o mal heridas desde hace tiempo. Han acabado con ellas la falta de dialogo en las familias, los nuevos valores de los padres –que quieren ser libres y tener su espacio y que nadie les altere los nervios-, los nuevos valores de los hijos –que nadie sabe cuáles son-, el gusto por el dinero y el lujo, la valoración del euro por encima del honestidad, y tantas otras cosas típicas de nuestras sociedades occidentales. Y también, cómo no, la misma Iglesia católica, más pegada al calor del poder que al frío de la pobreza, siempre tan inoportuna en su elección de amistades, siempre sembrando miedo, siempre tan “a Dios rogando y con el mazo dando”, siempre tan falta de amor.
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