(PD/Agencias).- Nada más conocerse su nombramiento como ministro de Sanidad, Bernat Soria propuso a Zapatero al Nobel de la honestidad y solidaridad. Toma ya. Y es que hay algunos que no se cortan un pelo, aún cuando se llega por enchufe. Para colmo, los curas están revolucionados con el nombramiento.
Cuenta Antonio Burgos en ABC que le va a costar acostumbrarse a que Carmen Calvo haya salido del Gobierno. Al menos le queda el consuelo de la llegada de Soria, una "investigador estrella" como en su momento fuera el "juez estrella" Garzón, sólo que a este no le hicieron ministro.
Es de la misma camada que Jorge Semprún. De los exhibicionistas de lo suyo, hombres de la bata blanca al modo del tío de la gabardina, que pasaban por allí y como salen mucho en la tele, hala, los hacen ministros. Por la misma razón que Zapatero ha hecho ministro de Sanidad a Bernat Soria podía haber hecho, un poner, a Miguel Bosé: porque es de la cuerda y porque sale mucho en la tele.
Al fin y al cabo, lo suyo es también un gol increíble. El gol que le ha marcado Zapatero a los obispos con el cancerbero del Centro Andaluz de Biología Molecular y Medicina Regenerativa, el chiringuito que le puso Chaves para dar por saco al PP y a la Conferencia Episcopal.
Otro al que las palabras de Soria le han dejado de lado es Antonio Camacho. El periodista destaca al igual que Burgos el peloteo del nuevo ministro al que "no le van conceder el Nobel de la discreción, ni el de la prudencia; con semejante declaración de inmediato servilismo, de coba aduladora".
Es curioso cómo personas de gran prestigio profesional están por el contrario perfectamente incapacitadas para el ejercicio serio de la política. Decía no hace mucho el filósofo Luc Ferry, efímero ministro de Educación en Francia, que lo primero que descubrió al llegar al poder es que no tenía poder, y que donde acababa de aterrizar era en el presupuesto. Esta clase de lucidez es lo que diferencia a los verdaderos sabios, que en seguida se dan cuenta de sus limitaciones y conocen cuándo han llegado a un sitio que no les corresponde.
Por el contrario, ciertas presuntas lumbreras quedan en evidencia en cuanto se les arrima un palito para que se suban, como los gallos de corral: se suben, se abren de plumas y despliegan una fatuidad vacía, un engreimiento autocomplaciente o un sectarismo gratuito. La vanidad es un pozo sin fondo en el que se despeñan los tontos, y el poder un tránsito que deslumbra a los incautos, propicios a confundir la importancia con la apariencia, la autoridad con una escolta y la posteridad con un retrato.