(PD).- Es la consecuencia más penosa del malhadado "Proceso Zapatero". Por primera vez en la historia de España, buena parte de la ciudadanía está convencida de que los terroristas etarras pueden decidir el próximo presidente del Gobierno. Y entre los que lo piensan se cuentan Zapatero, Blanco, Rubalcaba y los altos dirigentes socialistas.
Si Zapatero no hubiera hecho trizas el Pacto Antiterrorista, nada de eso sería posible, porque el acuerdo se basaba en que la actitud del Estado sería idéntica gobernara quien gobernase.
Pero al cambiar unilateralmente las reglas, al convertir en interlocutores válidos a los asesinos, al empeñarse en ir sólo para cosechar toda la gloria de la paz sólo, Zapatero ha otorgado a los etarras el inmenso poder de iniciativa.
Aunque la doblez que implica haber alentado las reuniones de Eguiguren con Otegui, mientras promovía el Pacto Antiterrorista que implícitamente las prohibía y expresamente obligaba a haber dado cuenta de ellas al PP, abre graves interrogantes sobre la credibilidad y el valor de la palabra dada del presidente, no es en el plano moral -¡qué poco esperamos ya de los políticos!-, sino en el de la simple eficiencia en la gestión donde hay que juzgar a Zapatero.
Y el veredicto es draconiano, porque el actual presidente -contumaz en el autoengaño- ha demostrado ser un desastre como gestor.
Basta repasar la forma en que se han movido estos meses tipejos como Otegui, De Juana o Barrena para concluir que los etarras actúan convencidos de que tienen la llave del próximo resultado electoral.
Y es patético quen a Zapatero, tras el fiasco, loo único que se le ocurra es reprochar al PP que no le siguiese el juego acompañándole en su deriva pactista y apaciguadora.
Como escribe Ignacio Camacho en ABC, "hemos llegado al peor de los escenarios":
ETA se ha plantado en el centro de la escena, dueña de la iniciativa y de los tiempos. No sabemos si estará más fuerte que antes, pero resulta seguro que el Estado es más débil, porque está desunido.
Y como prueba repugnante de esa desunión, Camacho revela que, desde el martes pasado, cuando ETA hizo público el comunicado donde anunciaba el fin de su tregua-trampa, los estados mayores de nuestros dos grandes partidos están haciendo cálculos estratégicos con variables basadas en la identidad de la probable primera nueva víctima de ETA.
La mayor parte de los políticos actuales no sólo lleva una urna en lugar de la cabeza, sino una piedra en el sitio del corazón, y desde ese gélido materialismo cavilan sobre las consecuencias de un atentado selectivo y establecen escenarios de respuesta social según quién sea el infortunado al que le toque la china: un agente de las fuerzas de seguridad, un militante socialista, uno del PP, un miembro de la resistencia civil vasca.
Da un poco de asco esta forma de análisis especulativo, pero revela la consecuencia más devastadora del gran error de Zapatero, que con su suicida apuesta perdedora ha concedido a los terroristas la mayor capacidad de desestabilización democrática en los últimos veinte años.
Zapatero dijo este sábado -ante el Comité Federal del PSOE- que será «implacable ante la amenaza del terror». Lo hizo apoyándose en otras expresiones rotundas como «ETA tendrá que doblegarse ante la democracia» o «lucharemos contra ellos», que confirman un cambio de mensaje del presidente hacia la banda.
Lo llamativo es que muestre esta determinación ahora, como dando a entender que durante los meses que ha durado el proceso de paz no existía la «amenaza» terrorista y, sin embargo, ésta no ha dejado de estar presente.
Lo estuvo cuando quemaron la ferretería en Barañáin de un concejal de UPN, o cuando varios encapuchados lanzaron disparos al aire en un monte de Oyarzun, o con el envío de cartas de extorsión a empresarios, la kale borroka, el robo de pistolas...
El discurso del sábado -destinado a los noticieros de televisión- descubren lo que sigue sin admitir de forma expresa: que está rectificando. Porque al pregonar que, en el futuro, será «implacable», el presidente socialista asume implícitamente que no lo ha sido este tiempo.
Zapatero creyó que le aguardaba la puerta grande de la Historia y que ni siquiera necesitaba que el PP le cubriera las espaldas y nos ha metido en un lodazal.
Las negociaciones previas a escondidas, las rebajas de la Fiscalía en casi todos los sumarios abiertos por terrorismo, la excarcelación de De Juana y la manga ancha ante la mitad de las listas de ANV, con la resolución del Parlamento instando al diálogo con la banda como telón de fondo, han reforzado a ETA-Batasuna, que hoy es mucho más fuerte de lo que era en marzo de 2004.
Ahora toca volver a convencer a los ciudadanos vascos, al resto de los españoles, a las cancillerías extranjeras y a los medios informativos internacionales que los mismos personajes a los que se mimaba desde el poder y presentaba como "gente de paz", vuelven a ser los enloquecidos criminales de antaño a los que no se debía hacer la menor concesión ni siquiera de carácter léxico.
Es una labor cíclopea, una singladura complicada, para que la que Zapatero no parece el capitán más idóneo.