(PD).- El Partido Popular ha ganado las elecciones del 27-M por 155.991 votos, una diferencia ligeramente superior a la que hace cuatro años permitió al PSOE proclamarse vencedor en los comicios. El fracaso de Zapatero es evidente y el triunfo de Rajoy, notable, pero quedan abiertas muchas incógnitas.

Ese resultado es efecto, en gran medida, del triunfo en Madrid de Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón a costa de un PSOE que cosecha un fracaso sin paliativos en la capital de España.
La paradoja –una más del sistema electoral español- es que, pese a ese retroceso en el cómputo global, los socialistas no sólo tendrán 679 concejales más que el PP, sino podrán ganar posiciones en el reparto de poder territorial, pactando hasta con el diablo en aquellas comunidades y ayuntamientos donde los populares no llegan a la mayoría absoluta.
En general, el PP ha logrado consolidarse allí donde ha gobernado estos cuatro años atrás y ha mejorado sus porcentajes de voto en feudos tradicionales del PSOE, como Extremadura y Castilla-La Mancha.
El PP sigue siendo el partido más votado en la mayoría de las capitales de provincia, pero la suma del PSOE e IU podría hacerle perder una decena de alcaldías.
Parece evidente que el electorado del PP ha acudido a las urnas más motivado que el PSOE y que se ha movilizado impulsado por la idea de que este 27-M era la “primera vuelta” de las generales de 2008. Desde 1983, el vencedor en las municipales, aunque fuera por estrecho margen, ha ganado también las legislativas subsiguientes.
La política no es una ciencia exacta, pero con un censo de 35 millones de electores (del que esta vez formaban parte 330.000 residentes extranjeros), las municipales de ayer sí pueden considerarse un macrosondeo indicativo de las tendencias del electorado.
Cualquier complacencia del PSOE estaría por ello fuera de lugar. Zapatero, Rubalcaba, De la Vega y Blanco llevan gobernando tres años en los que el crecimiento económico, lo que normalmente debería haber propiciado un crecimiento generalizado del voto socialista.
La Moncloa y la Factoría Pepiño deberán estudiar qué ha fallado en su política y en su discurso -además de su vergonzosa cesión ante los terroristas de ETA- para que tal cosa no haya ocurrido.
El caso de Madrid es especialmente revelador. Con un 39% de los electores que dice identificarse con posiciones de izquierda, frente a un 27% que se considera de derechas, el PP lleva 16 años gobernando con mayoría absoluta. Y aumenta la diferencia, porque Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón gestionan bien y sin complejos.
En Navarra, el navarrismo (UPN más CDN) no alcanza la mayoría que sí suman los otros tres partidos con representación parlamentaria: Nafarroa Bai, PSOE, IU.
El temor lógico a absorción por el País Vasco –alimentado por las constantes claudicaciones de Zapatero ante ETA- ha contenido el declive del partido de Miguel Sanz, pero no ha impedido la pérdida de la mayoría de gobierno.
Zapatero y los suyos han planificado todo, incluido el permiso a muchas listas de los etarras de ANV, pensando en el pacto con Nafarroa Bai, encabezada por un abogado de ETA como es Partís Zabaleta, pero esa jugada entraña riesgos políticos.
No es realista ignorar que los partidos opuestos a cualquier cambio institucional suman el 77% de los votos del territorio. Y que los votantes en el resto de España castigarán con dureza esa cesión, cuando lleguen las generales. Unas generales que ya están a la vuelta de la esquina.
Y con la vista puesta en esas elecciones, hay que tener varias cosas claras: siete años después de la mayoría absoluta de Aznar, el partido del centroderecha español vuelve a tener ventaja -centesimal y escasa, es cierto- en el conjunto del territorio nacional.
Soplan aires ligeros de cambio y alternancia en la política española.
Porque, del mismo modo que el PP ha ganado estas elecciones, el PSOE las ha perdido. Aunque pueda argumentar que técnicamente las ha empatado, ha tirado en tres años, un tiempo record, la ventaja lograda en medio de la convulsión trágica de los atentados de marzo de 2004.
Ha sufrido un desgaste inédito por su rapidez en la historia de nuestra reciente democracia, cuyas bases ha cuestionado de forma casi global en este trienio de gobernanza del que apenas ha sacado rédito.
Podrán los estrategas del Gobierno ZP atribuir a la alta abstención sus malos resultados, y confiar en que unos meses de crispación alborotada y tumultuosa le devuelvan en las próximas generales el liderazgo que acaban de ceder.
Pero esa abstención es fruto del desencanto de muchos electores que, faltos de motivación para cambiar su voto, han preferido ausentarse de las urnas como castigo o advertencia contra una deriva política que les inquieta, les aburre o les causa zozobra.
¡A por ellos!