(PD/Agencias).- José María Aznar no tiene ninguna duda: el 11-M es uno de los grandes atentados con los que el terrorismo islamista ha decidido emprender una ofensiva en toda regla para imponer su tiranía opresiva. Así lo dijo ayer el ex presidente del Gobierno en Madrid en la presentación de la conferencia «Valores Occidentales e Identidad Europea», organizada por FAES, la fundación que él mismo preside.
Subraya Pablo Domínguez en ABC que es la primera vez que el ex jefe del Ejecutivo es tan concluyente con la autoría islamista del 11-M, sobre todo tras su comparecencia en la comisión de investigación del atentado.
De hecho, quedaron para los diarios de sesiones sus famosas palabras, el 29 de noviembre de 2004, ante la citada comisión:
Los autores intelectuales de los atentados, los que hicieron esa planificación, los que deciden ese día, precisamente ese día, no creo que anden en desiertos muy remotos ni en montañas muy lejanas.
Con esa frase, Aznar repartió responsabilidades sobre el origen último del atentado entre terroristas de ETA o islamistas y generó dudas que ayer, según sus propias palabras, parecen despejadas.
Después de los horribles atentados del 11 de septiembre de 2001 un verdadero acto de guerra en contra de la civilización, y después de lo que hemos vivido en Bali, en Estambul, en Casablanca, en Madrid o en Londres, está claro que el terrorismo islamista ha decidido emprender una ofensiva en toda regla para imponer su tiranía opresiva.
El riego de convivir
José María Aznar ha sido siempre contundente en sus intervenciones en el extranjero sobre la acción terrorista que proviene del islamismo más extremo y ha alertado sobre las consecuencias de que los Gobiernos occidentales no «tomen en serio» el riesgo que supone para sus sociedades convivir con esta clase de amenaza.
De este modo, aboga porque Europa y Estados Unidos se mantengan unidos en los valores occidentales que les unen ante la abierta amenaza del terrorismo y el fundamentalismo «yihadista», al que calificó de «enemigo común».
Política antiterrorista
El convencimiento del ex presidente del Gobierno en la necesidad de luchar contra todo tipo de terrorismo le sirvió a Aznar para arremeter contra la actual posición del Gobierno tras el «alto el fuego» de ETA.
En España vemos con tristeza, preocupación y alarma cómo cualificados responsables públicos argumentan que la aplicación de la ley puede estar en función de determinadas circunstancias políticas. La tregua del Estado de derecho supondría una quiebra de las libertades.
Indicó también que la lucha contra el terrorismo demanda decisiones difíciles y fortaleza constante, algo que no percibe en algunos dirigentes actuales, en una alusión a la política de Zapatero.
Hay quienes prefieren rehuir esa responsabilidad y apaciguar al enemigo.
Estas afirmaciones se enmarcaron en una ambición superior: la defensa del Estado de Derecho. «Me parece que se puede hablar de una crisis del Estado de Derecho, más allá de los meros quebrantamientos del ordenamiento jurídico», afirmó, además de poner como ejemplo «el intento, culminado con éxito, de dinamitar alguna de las normas que nos dimos por quienes tenían el deber de velar por ellas».
La Tercera de ABC
Liga de dictadores
La existencia de una posible «liga de de dictadores», en clara referencia a la Tercera que ABC publicó este lunes, fue otro de los puntos que centraron el discurso del presidente de honor del PP. A su juicio, y parafraseando a Robert Kagan, los estados autoritarios tienen sus propios intereses estratégicos, un fenómeno que puede condicionar a las sociedades liberales.
Por ello, se mostró partidario de reflexionar sobre el respeto de las normas internacionales y la respuesta que Occidente debe dar a la actual violación constante de éstas, hecho que pone en peligro la seguridad y la estabilidad mundial.
«No hay ninguna sociedad que pueda sobrevivir si no está dispuesta a asumir los costes y los sacrificios que exige su propia defensa», afirmó. De este modo, se mostró partidario de extender la libertad y la democracia en el mundo, algo que obedece a un «imperativo moral».