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Ideología de género. VIII. Diferencias corporales

Permalink 23.05.19 @ 07:28:17. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( Nadadora. Acuarela de Carol Carter en carol-carter.com ) (*)

Dedica Alicia V. Rubio - titulada en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y profesora de educación física en un centro público de Madrid durante veinticinco años- el capítulo 7 de su libro “Cuando nos prohibieron ser mujeres... y os persiguieron por ser hombres. Para entender como nos afecta la ideología de género”, editado en 2016 por la digital Titivillus, que estamos reseñando en esta serie, a “Diferencias corporales que la ideología de género considera irrelevantes”.

Comienza, como en todos los capítulos, con una cita clásica, esta vez de Epicteto de Frigia: “No pretendas que las cosas ocurran como tú quieras, desea más bien que se produzcan tal como se producen y serás feliz”. Y sigue: “Ya se había mencionado que uno de los grandes errores de la ideología de género es la equiparación de hombres y mujeres en todos los ámbitos, incluso el físico. Sin embargo, frente a esa igualación imposible, curiosamente se dedica a crear diferencias y discriminaciones en derechos y dignidad con legislaciones injustas, demonizando nuestra herencia biológica cuando no la ignora o la niega”.

“Hombres y mujeres –continúa Alicia V. Rubio- somos muy diferentes en constitución y en rendimiento físico. Las diferencias de los aparatos sexuales las vamos a dejar al margen pues, de momento, los ideólogos de género no las niegan. Sin embargo, en el afán de equiparar en todo a ambos sexos, se está cayendo en el ridículo de negar el resto de las diferencias físicas y fisiológicas que la alteridad sexual supone. Esto es evidente para cualquiera que vea unas olimpiadas, donde las cualidades físicas de hombres y mujeres, llevadas al máximo de su potencialidad, siempre dejan mejores marcas en los varones que en las hembras. La superioridad física masculina en algunas cualidades físicas básicas es consecuencia de su papel biológico en la supervivencia de la especie y va asociada a determinadas características psicológicas y conductuales.

Sorprendentemente, la ideología de género intenta convencernos de que, en realidad, mujeres y hombres no somos diferentes ni tan siquiera físicamente. Así lo afirman diversos estudios sobre el tema, de esos que reciben subvenciones y ayudas y por ello plegados, naturalmente, a la obligada «perspectiva de género», que básicamente consisten en:

1. Destacar las diferencias de rendimiento o gustos deportivos entre los sexos,

2. Negar y obviar las diferencias constitucionales físicas, fisiológicas y metabólicas

3. Decir que todo es culpa de la educación sexista,

4. Afirmar que toda diferencia puede deberse a que la mujer ha hecho menos ejercicio por imposición social y que si entrena, será como los hombres.

Y eso es imposible, una mentira que genera falsas expectativas y, en muchos casos, complejo de inferioridad en las mujeres, que creen que no son como los hombres por su propia torpeza y negligencia personal.

El entrenamiento tiene unos límites y se ha de partir de unos condicionantes congénitos que hacen que una persona con determinada condición física de inicio pueda mejorar, pero nunca llegar hasta los niveles de rendimiento de otra persona que parte de una base mucho mejor. No todos podemos ser campeones olímpicos, por mucho que entrenemos, sólo los que parten de unas condiciones físicas excepcionales (hombres o mujeres). La mujer media parte de unas condiciones biológicas respecto al ejercicio inferiores al varón medio y su rendimiento siempre será inferior. […]

En el caso de los bomberos, la situación ha llegado al esperpento tras solicitar los colectivos feministas pruebas específicas para mujeres puesto que al ser las mismas para todos los aspirantes es muy difícil que alguna mujer las supere. La última promoción de Madrid, 200 bomberos, no cuenta con ninguna mujer. Las razones son lógicas: los bomberos han de desempeñar un trabajo donde su capacidad y preparación física ha de ser excepcional en tanto que de ella dependen vidas humanas. Sin embargo, el feminismo «de cuota» exije que haya el mismo número de hombres que de mujeres, lo que a efectos prácticos supone dos cosas: que si a un hombre corpulento le toca que le salve una mujer bombero «de cuota», muera porque esta no pueda acarrearle, o bien que se estafe a la sociedad con media plantilla que no puede desempeñar gran parte de su trabajo por motivos físicos. […]

Incorpora aquí Alicia V. Rubio, para entender el sinsentido de negar la biología en el ámbito del rendimiento físico, las explicaciones de V. Moreno Mellado, médico de Bomberos de la Comunidad Autónoma de Madrid (CAM), con relación de pruebas que se exigen a hombres y mujeres en esta profesión. Y concluye: “Parece evidente que somos diferentes. Si no fuera así, no pasarían estas cosas que se han expuesto. La biología hizo esas diferenciaciones y tuvo sus razones que, en forma alguna, pasan por fastidiar y ridiculizar a los ideólogos de género. De hecho, la biología no sabe que existen estos señores. Esto, que es algo evidente para todos excepto para ellos, está causado por los genes y las hormonas, esas enemigas acérrimas de la igualdad. Y no pasaría nada si no hubiera salido un colectivo enloquecido dispuesto a negar lo evidente hasta la irracionalidad.

Pese a todo, la perspectiva de género está llevando a la sociedad a nuevos ridículos como la aparición (no sé si impuesta, fomentada con subvenciones, o por pura convicción de los cineastas) de nuevas heroínas paralelas a los héroes varones: si hay héroes, ha de haber heroínas. Pero lejos de actuar como mujeres, han de actuar y destacar por características tradicionalmente masculinas: fuerza, agresividad, audacia… Supongo que a todos resulta evidente que el cine se ha llenado de improbables mujeres guerreras cuya excepcionalidad en la historia y la vida real es más que evidente. Naturalmente que este trabajo no intenta persuadir a las mujeres para que no sean luchadoras de sumo o de artes marciales, si así lo desean, sino denunciar la falsedad de los nuevos estereotipos femeninos y su imposición social con el consiguiente grado de engaño y frustración para las mujeres. No se puede hacer creer a la gente que, si quiere, puede volar como los pájaros, cuando es una evidente mentira y hay demasiadas posibilidades de que el incauto se dé un tortazo contra el suelo si lo intenta.

No sé si en el resto del engañado mundo occidental se reinventa la biología y la historia en el cine mediante fondos públicos pero en España sí existen subvenciones a películas que se amolden al falso mundo de la ideología de género. Hay ayudas estatales y autonómicas a series y actividades cinematográficas que presenten mujeres rompiendo estereotipos de género, al margen de la veracidad y de las falsas expectativas que puedan crear en las mujeres corrientes. También las hay para quienes visibilicen el colectivo LGTBI, razón por la que no debe sorprenderles que todas las películas españolas tengan su «porcentaje homosexual o lesbiano» para cobrar la ayuda.

Para poner las cosas en su sitio real, echemos un vistazo a las diferencias en rendimiento físico: Los hombres son de forma general de un tallaje mayor que las mujeres, lo que determina los resultados en condición física.

Una mayor zancada puede aportar mayor rendimiento en velocidad. Si a esto se le une una mayor masa muscular, que se promedia en un 40% más que en las mujeres, el factor potencia también facilita mejores marcas en esta cualidad física.

Respecto a la resistencia se constata que, por su tamaño, la mujer tiene menos volumen de sangre, menos glóbulos rojos, menos hemoglobina, un corazón más pequeño, lo que supone una frecuencia cardiaca más elevada, un menor volumen sistólico y un menor pulso de oxígeno. Las mujeres tienden a respirar más rápidamente que los hombres en potencia absoluta porque la mujer trabaja a un porcentaje más elevado de su VO2 máximo. Al margen de todo esto, simplemente porque su máquina aeróbica es más pequeña, el rendimiento es menor como sucedería con un motor menos potente. A esto se le une la pérdida de hierro que mensualmente supone la menstruación y que influye en los niveles de volumen de oxígeno en sangre y hematocrito.

Respecto a la fuerza, la mujer tiene menos masa muscular total, alrededor del 40% de forma absoluta y relativa a su tamaño. Esta diferencia es mucho más acentuada en el tren superior que en el inferior en hombres y mujeres sin entrenamientos específicos por el natural mayor desarrollo de la musculatura masculina.

En el caso de la flexibilidad, la mujer presenta unos ligamentos más extensibles, lo que le facilita determinadas actividades y el parto.

Los niveles de estrógeno hacen que la mujer tenga tendencia a la acumulación de grasa, sobre todo en caderas y muslos, en mayor proporción que los varones. También la anchura de las caderas supone un mayor ángulo de la pierna respecto al firme que implica mayor riesgo de lesiones de rodilla.

Es indiscutible que la mujer está hecha para el movimiento pero no está tan claro que esté hecha para el esfuerzo intenso continuado. O al menos, no tanto como el prototipo masculino. Sin embargo, la igualación de sexos exige los mismos comportamientos deportivos, gustos y rendimientos. Las diferencias físicas no sólo afectan al rendimiento en el ejercicio, sino a la respuesta ante la propia práctica y elección de deportes y actividades físicas.

¿Qué opina la mujer media de esto? Para entender la situación a la que ha llevado la ideología de género, se va a resumir un trabajo de investigación que hice hace algún tiempo. En este trabajo se constata la situación, casi esperpéntica, que produce esta ideología al tratar de dar solución a las respuestas evidentemente diferentes ante el rendimiento físico entre hombres y mujeres respetando los parámetros de igualdad del género, y se aportan otras razones para explicarlas. […]

De todo lo anterior se infiere que es evidente la percepción de las diferencias pero, sin embargo, las causas que la ideología de género afirma que motivan esta situación y las soluciones que propone son, como todas su propuestas, un cúmulo de falsedades. Si las causas fueran sociales, en España, treinta y cinco años después de que el nuevo régimen democrático tuviera como uno de sus fines primordiales erradicar la discriminación de la mujer, incentivar la desaparición de roles sociales impuestos y potenciar la participación de la mujer en todos los ámbitos en igualdad con los hombres, esa «igualdad perfecta» debería haberse producido. Ya no tiene sentido achacarla a las causas que se barajaban hace treinta años, puesto que los esfuerzos sociales e inversión de dinero público en ese sentido han sido enormes y, la percepción general, es que ya no existen los condicionantes que encasillaban a la mujer y al hombre en unos roles sociales preestablecidos.

Ni que decir tiene que en países más precoces en la aplicación de la igualdad impuesta tampoco parece que haya el mismo número de corredoras que de corredores en las carreras populares, ni el mismo número de equipos de fútbol de hombres que de mujeres, ni el mismo número de bailarines de ballet que de bailarinas…

La decreciente y cada vez menos relevante incidencia social de las causas esgrimidas, así como la persistencia de los comportamientos diferentes en hombres y mujeres frente al ejercicio físico y el deporte, nos empuja a replantear nuevamente las causas profundas que los provocan. Como no se consigue el «vuelco social» a nuevos comportamientos porque una detección errónea de las causas lleva indefectiblemente a unas pautas para solucionar el problema igualmente erróneas, los ideólogos de género tratan de cambiar la realidad a base de imposiciones y de dinero público empleado, entre otras cosas, en esas imposiciones.

Trataremos de explicarlo con unos ejemplos sobre ese rendimiento físico, la elección deportiva y el comportamiento ante el deporte de unos y otras en un momento en que las hormonas están en clara actividad: la adolescencia.

Para cualquier profesor de Educación Física, el cambio de comportamiento de sus alumnos en clase y la variación de actitud respecto a su asignatura que desarrollan en el margen que comprende la educación secundaria (de 12 a 17 años) es una evidencia incuestionable.

Los alumnos que entran al centro de secundaria con 11-12 años son, en su mayoría, niños que todavía no han desarrollado o que están comenzando su pubertad. El comportamiento ante el deporte y el ejercicio físico, aunque ya comienza a presentar variaciones claras en función del sexo, es bastante semejante en niños y niñas. En edades posteriores (de 13 a 17 años) la respuesta ante el deporte varía enormemente en varones y mujeres. Los varones disfrutan con el ejercicio físico, en particular con deportes de equipo, competición, lucha y cierto grado de violencia (entendida como encontronazos y contactos bruscos). Si se les deja libertad de elección, practican deportes como el futbol, baloncesto, etc, en su inmensa mayoría. Las mujeres, si les es posible elegir, prefieren no practicar deporte alguno y eligen la charla en grupo o, si se deciden a realizar actividades deportivas, optan por deportes de pala, voleibol (deporte sin contacto ente los equipos adversarios) o juegos sin factor competitivo (comba, pases de balón…). Esta evidencia que he podido constatar durante más de 25 años de docencia de la Educación Física, es la que los profesores de esta materia manifiestan en sus trabajos de estudio sobre este fenómeno.

Para no quedarnos en una percepción propia que podría considerarse subjetiva, se han estudiado los resultados obtenidos en algunos de los muchos trabajos que, enfocados hacia la salud, las motivaciones, los estereotipos, etc, han analizado el comportamiento de las adolescentes o las mujeres adultas ante el deporte frente a los varones de su edad. Si bien los resultados son semejantes, las conclusiones aportadas para explicar esas diferencias son profundamente ideológicas y, por ello, acientíficas y difícilmente aceptables por alguien ajeno a esa doctrina. […]

Hace pocos años, una compañera profesora de Educación Física, espoleada por el desmesurado interés que se nos ha inculcado para que incentivemos a las chicas a participar o jugar en deportes considerados masculinos ideó, en una liguilla de fútbol, la estrategia de exigir dos jugadoras en cada equipo masculino, tras perder toda esperanza de formar equipos femeninos. Acabó reduciéndolo a una y algunos equipos, ante la imposibilidad de conseguir una jugadora, en su deseo de participar, ficharon amigas para que figuraran en el equipo, y les hicieron el favor con la condición de no jugar. Eso sí, las pocas alumnas que se inscribieron por voluntad propia jugaron muy bien y fueron aplaudidas y respetadas por su equipo, por los contrarios y por los profesores. Atrás quedaron los tiempos en los que las chicas que jugaban al fútbol estaban mal vistas. Yo no los he conocido.

Sin embargo, y respetando la opción personal de las chicas que desean y disfrutan practicando deportes considerados masculinos, la inmensa mayoría no desea realizar ese tipo de ejercicio (a veces no desea realizar ninguno) y, desde luego, no disfruta recibiendo balonazos y encontronazos que pueden lesionarle. No le resulta agradable, ni encuentra compensación alguna en practicarlo.

Si no hay menosprecio social por practicar un deporte considerado masculino, sino al contrario, si ya no se educa en los roles y estereotipos sociales, si se incentiva la práctica deportiva en las chicas…

¿Por qué no están todas jugando esos deportes tan sanos y divertidos?

¿Por qué no utilizan sus recreos para practicarlos?

¿Es vagancia y comodidad? ¿Son vagas y comodonas las adolescentes que sacan buenas notas, que llevan una vida repleta de actividades extraescolares, que salen, se divierten, se comprometen en proyectos sociales…?

Su respuesta antropobiológica unida a la obligación de ser iguales, a la teoría de la ideología de género que identifica la opción personal con la coacción de los roles sociales, ha llevado a que esas jóvenes sean tachadas de «vagas», cuando entre ellas puede haber alumnas de excelentes resultados académicos conseguidos con esfuerzo que contradicen la percepción de que son vagas. El deseo de realizar acciones más sedentarias en sus ratos de ocio se identifica con interiorización de estereotipos cuando, simplemente, la progesterona que ya actúa sobre su cerebro les hace disfrutar con lo que la genética evolutiva considera lo más beneficioso para la supervivencia de la especie.

Todos tenemos en la mente al grupo de chicos adolescentes jugando a algún deporte en los recreos mientras sus compañeras están sentadas charlando o algunas veces, no muchas y desde luego, muchas menos veces que en la infancia, jugando a juegos que no implican golpes, competición o encontronazos bruscos. Esa imagen lleva repitiéndose en mi retina, sin variar un ápice y por encima de proyectos y programas de incentivación deportiva femenina, más de veinticinco años. Ya es hora de encontrar otras explicaciones que las «políticamente correctas».

Por otro lado, no cabe duda de que las mujeres hacen menos ejercicio físico que los hombres y que esta tendencia se acrecienta con la pubertad, y no se puede discutir que el ejercicio físico es saludable, por lo que animar a las mujeres a hacer deportes es bueno, y más en este tipo de sociedad donde la vida es excesivamente sedentaria y las expectativas de vida son prolongadas.

Ahora bien, ¿por qué hay que empujarlas a hacer deportes que no les gustan por su grado de violencia, su competitividad o su excesivo contacto? ¿Por qué no se respeta el gusto, más que manifiesto por parte de las mujeres y adolescentes en todos los estudios, por deportes o actividades deportivas con alto componente rítmico o de coordinación, con poca competitividad o sin contacto físico que dé lugar a golpes y empujones?

¿Por qué se valora la práctica voluntaria de estas actividades como dirigidas por estereotipos sociales y no como meros gustos personales que hace que las mujeres elijan, entre un abanico amplio de posibilidades, esas actividades en las que se sienten más hábiles, más competentes y más seguras? Y ya en el campo de la proyección laboral, ¿por qué hay que empujarlas a realizar trabajos donde no van a ser tan efectivas como los varones salvo con un esfuerzo mucho mayor?

¿Por qué engañan a las mujeres? ¿Por qué desprecian sus gustos y deseos? Las mujeres que practican deportes más agresivos, peligrosos o competitivos actualmente, no sólo no están mal vistas sino que son aplaudidas y puestas como ejemplo. Y hacen muy bien en practicar lo que les apetece y les gusta. Pero eso no debe llevar a la idea de que, porque seamos iguales en derechos y deberes, debemos serlo en gustos hasta el punto de rozar el desprecio hacia las mujeres que tienen gustos más «propios» de su sexo y su biología.

El afán por igualar comportamientos masculinos y femeninos llega al ridículo cuando, en un estudio de género de los mencionados como «políticamente correctos», se expresaban las diferencias entre adolescentes de ambos sexos en el visionado de partidos de fútbol (deporte «estrella» del estereotipo masculino según tales estudios) y se constataba que veían partidos el 61´6% de los encuestados frente al 34% de las encuestadas, achacando estas diferencias a la incuestionable carga de género que hoy en día tiene dicho deporte sin tener en cuenta que en la propia encuesta las mujeres afirman tener poco interés por los espectáculos deportivos en general.

La hipotética razón que el estudio deduce, para explicar tal desproporción, es que esto sucede porque no se difunden esos deportes con participación femenina: una conclusión tan ridícula que equivaldría a afirmar que a las mujeres sólo les interesarían películas con actrices mujeres y a los hombres películas con hombres. ¿Y si no hubiera más razón para no ver partidos de fútbol que el mero aburrimiento o desinterés por ese tipo de programas?

Es indiscutible que hacer deporte es bueno, pero la preocupación de algunos estudiosos por el hecho de que a las mujeres no les guste ver partidos de fútbol, hace creer que ver un partido de fútbol por la televisión es una forma de ocio más deseable que otras formas de ocio que practican las mujeres que no ven el fútbol. Es presuponer que los ocios de gustos mayoritariamente masculinos son más dignos de fomentar que los femeninos. Y es que la obligación «políticamente correcta» de que las mujeres se comporten como hombres en todos los ámbitos resulta ya excesiva.

La ideología de género, que defiende que los comportamientos de mujeres y hombres son, únicamente, construcciones sociales, no puede sostenerse cuando se da clase día tras día a adolescentes educados en libertad, tratados por igual, libres en sus casas y en sus centros educativos de la inculcación de roles sociales y que eligen el deporte que quieren y les apetece practicar, con independencia de condicionamientos sociales ya obsoletos y denostados. […]

Sin embargo, la ideología de género está tan arraigada en nuestra sociedad que hasta en «El manifiesto por la igualdad y la participación de la mujer en el deporte» presentado por el Consejo Superior de Deportes el 29 de enero de 2009 presenta entre sus «desiderata» los siguientes puntos:

- Incluir la perspectiva de género en las políticas de gestión de la actividad física y el deporte para garantizar la plena igualdad de acceso, participación y representación de las mujeres, de todas las edades y condición, en todos los ámbitos y a todos los niveles.

- Asegurar la formación con perspectiva de género de los y las profesionales de la actividad física y del deporte de acuerdo con las exigencias que establece la normativa legal vigente para los diferentes niveles: universitario, formación profesional, enseñanzas técnicas y cursos de formación permanente.

Esta extraña insistencia en la perspectiva de género se repite de una forma u otra como coletilla en todo tipo de temarios, documentos, decálogos… de toda clase de áreas o materias sin que la mayoría de los que la redactan, ni la inmensa mayoría de los que se supone lo han de aplicar y padecer, sepan de forma clara lo que implica realmente. Perspectiva de género es una forma menos evidente de mencionar la ideología de género, es decir, de obviar la biología e imponer falsas igualdades que siempre perjudican a muchos. Si lo que queremos y buscamos es la igualdad, nunca podrá ser posible si no partimos de bases reales, de la base que mujeres y hombres no somos iguales físicamente, y que las hormonas que regulan nuestras percepciones y sentimientos no son iguales. De hecho, la primera injusticia de la «igualdad obligatoria» es negar las diferentes cualidades físicas de hombres y mujeres. Y parece evidente que tratar de imponer a las mujeres comportamientos y gustos masculinos no las va a hacer más felices. E imponer ratios según genes o entrepierna no va a hacer más felices a los que estando mejor preparados para una función concreta pero con los genes, la entrepierna o la orientación sexual inadecuada, no accedan a esos lugares.”

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://live.staticflickr.com/65535/32759880057_86b7b54284_o.jpg


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Comentarios:
Me trae al pairo manifestarlo públicamente: venía de la tertulia que, habitualmente tenemos Varios amigos veteranos en el Casino(servidor el más joven con 84 años-85 ahora-)Cuando al atravesar la vallisoletana calle Santiago, un grupo de personas con carteles desplegados a todo trapo con el nombre de "Amnistía Internacional"exhibían muñecos inflables desnudos y sin sexo externo. Por curiosidad pregunté qué significaba aquello y la respuesta me dejó boquiabierto: "que cada persona puede elegir sexo nazca hembra o varón porque son iguales". Era una pareja `hombre y mujer´. ¿Amnistía de qué son ustedes?, pregunté sin respuesta. Sin entrar en los razonamientos que con claridad meridiana nos expone el foramontano Josemari, que ni tiempo ni ganas tuve de exponer, sólo les dije: ¿Iguales...? Pues desnúdense ustedes y enseguida les saco de dudas. Silencio y batida -ellos- en retirada. ¿Ignorantes..? No. Como tontos, pero sin el cómo. Es que, ¡hay que roerse ?eh?
Enlace permanente Comentario por Carlos de Bustamante Alonso 25.05.19 @ 10:58

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