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Ideología de género. VII. ¿Educación o manipulación?

Permalink 19.05.19 @ 07:25:58. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( Chicas. Acuarela de Carlos A. Ortega Delgado en Hispacuarela de Facebook) (*)

Tras los dos capítulos dedicados a “Cerebro masculino y cerebro femenino”, a los que nos hemos referido en artículos anteriores, Alicia V. Rubio - titulada en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y profesora de educación física en un centro público de Madrid durante veinticinco años- aborda la disyuntiva educación o manipulación en el capítulo 6 de su libro “Cuando nos prohibieron ser mujeres... y os persiguieron por ser hombres. Para entender como nos afecta la ideología de género”, editado en 2016 por la digital Titivillus, que estamos reseñando en esta serie y que nos ha parecido muy novedoso en sus enfoques y claro en su exposición.

Titula este capítulo 6, “Deseos, gustos, intereses, percepciones, comportamientos y capacidades ¿Educación o manipulación?” y lo encabeza con una frase de Hesíodo: “La educación ayuda a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser”. “Es cierto –comienza el capítulo Alicia V. Rubio-, y los conductistas tienen razón al decirlo, que la educación puede modelar a los seres humanos, puliendo sus tendencias naturales, pero cuando la educación se transforma en manipulación, lo que ésta hace sobre las mentes podría compararse a las técnicas orientales que modelan a los árboles cuando son retoños y se les entrelazan los tallos finos que luego van a ser leñosos”.

“Cuando el árbol es adulto – continúa- han conseguido darle la forma que ellos han querido, pero el siguiente árbol que nazca no va a seguir esa forma artificial sino la que es propia de ese árbol por naturaleza. Podremos dar forma a muchos árboles, pero no a todos, pues siempre seguirán naciendo para crecer enhiestos y sin los troncos formando trenzas. También hemos de tener siempre presente hasta qué punto no perjudicamos a los árboles y qué pretendemos exactamente con la manipulación del vegetal: si es para decorar, es posible que valga la pena, pero si lo que se busca es que crezca sano y longevo, quizá no sea una buena idea darle tan artificiales formas.

Hombres y mujeres no somos iguales, ni tenemos el mismo físico, con lo condicionante que esto puede ser para determinadas actividades y no sentimos, ni pensamos, ni reaccionamos igual, no tenemos los mismos gustos ni deseamos las mismas cosas. Una educación machaconamente represiva de las diferencias, aparte de que es muy difícil que produzca la felicidad de los futuros adultos, puede conseguir una aparente igualación, pero en el momento en que la represión baja su intensidad, los factores realmente condicionantes vuelven a surgir.

La pregunta que se formula en este capítulo sería: ¿qué es más manipulador para el árbol que crece, dejar que crezca libremente y, en todo caso que el jardinero perfeccione su tendencia natural, o darle la forma que el jardinero quiere porque considera que ésta es más bella? ¿Qué es, en definitiva, lo mejor para el árbol? Los defensores de la ideología de género siempre han denunciado que una educación sexista manipulaba a los niños y jóvenes y los encasillaba contra su voluntad más íntima en roles y estereotipos. ¿Qué podríamos decir, entonces, de una educación que obliga a chicos y chicas a que jueguen a los mismos juegos, a que les guste e interese lo mismo, a que cubran el mismo número de plazas en los mismos trabajos, deportes o centros de ocio, en definitiva, a que disuelvan su identidad en una persona neutra que, al «jardinero» que quiere darles forma, le parece más bella?

Es curioso cómo en Noruega, donde la educación en la igualdad se ha llevado a cabo con verdadero ahínco y se ha invertido mucho dinero público en conseguir las mismas ratios de participación de hombres y mujeres en todos los ámbitos de la vida, en el momento en que se baja el listón de la intensidad educativa igualitaria, varones y hembras diferencian sus gustos, aficiones e intereses. Tras conseguir que haya un cierto número de mujeres en empleos tradicionalmente masculinos y viceversa, en pocos años las ratios volvían a los valores tradicionales siendo mayoritaria la presencia femenina en actividades de relación social, cuidado de enfermos e infancia y la presencia masculina en actividades como la construcción, cuerpos armados, motor… Es lo que ha dado en llamarse «la paradoja noruega de la igualdad de género» según la cual, por más que se incentive la igualdad de hombres y mujeres en los distintos campos, estos se mantienen con una ratio del 90% a favor de los hombres en trabajos «masculinos» y la misma proporción de mujeres en trabajos «femeninos», sin que estas proporciones se alteren sustancialmente salvo en los momentos de mayor presión sobre los ciudadanos a base de campañas e inversión de dinero público.

Las declaraciones de la que fuera Mediadora para la Defensa de la Igualdad Kristin Mile resultan reveladoras: Las medidas para igualar las ratios de hombres y mujeres obtienen un efecto en uno o dos años pero, al dejar de incentivar esa igualdad, se vuelve a las ratios originales. Para ella no es discriminación, ni roles de género impuestos. Para ella hay «otra cosa».

Si pese a las inversiones públicas y la presión educativa para conseguir iguales ratios de los distintos ámbitos laborales, a los dos años se pierde totalmente la batalla y todo vuelve a estar igual, podría decirse que invertir recursos públicos y presionar educativamente a las personas en esa forma de igualdad es inútil, un empeño tan caro como vano.

Es reveladora la investigación del antropólogo Melford E. Spiro desarrollada en su estudio «Gender and culture, Kibutz woman revisited» de 1979, en el que cuenta su investigación en un kibutz israelita creado en los años 20. Cuando él estuvo en los años 50 y era un conductista convencido de la absoluta relevancia del factor educativo, encontró una sociedad en la que se había llevado a cabo la emancipación de la mujer mediante la introducción de mujeres en las actividades masculinas y viceversa, una educación colectiva de los niños y la ruptura de la dependencia de la mujer de cara al hombre y la prole. En su segunda visita a finales de los años 70 constató que a la revuelta feminista de la generación de los fundadores siguió una «contrarrevolución femenina» y que la generación de mujeres nacidas en el kibutz y educadas colectivamente en un medio igualitario y favorable a su emancipación abandonaban los sectores profesionales masculinos, la vida pública y política y decidían, por libre elección, cuidar de sus hijos, vestirse de mujeres y contraer matrimonio en una sociedad donde esa forma de relación humana se había postergado como «sospechosamente individualista».

En el estudio, M. E. Spiro determina que hay unos factores que llama «preculturales» y que son determinantes para definir el papel o rol que cada sexo desempeña socialmente. Afirma que en el kibutz, aunque niños y niñas habían sido educados igualmente, se reproducían las imitaciones femeninas de los roles de cuidado de hijos. No aventuraba el término «biológico» para definir esos factores determinantes que marcaban comportamientos «preculturales» por su formación en el campo de la sociología, pero en este libro sí se va a hablar no de factores «preculturales» sino de factores antropobiológicos hereditarios en los que la biología afecta a los comportamientos de los seres humanos para influir favorablemente en el objetivo primordial de la vida: la supervivencia de la especie. Esa biología del comportamiento que estudia la etología y que la ideología de género olvida intencionadamente puesto que echa por tierra todos sus planteamientos.

Otro interesante estudio sobre esta dicotomía entre los gustos, intereses y deseos entre hombres y mujeres que desmiente, nuevamente, las teorías de la ideología de género sobre que las diferencias entre sexos son únicamente por la educación, es el estudio a través de internet realizado por el profesor de Psicología Richard Lippa con ayuda de la BBC. En esta investigación se realizó una encuesta a más de 200.000 personas, hombres y mujeres, provenientes de 53 países de Europa, Asia, África y América en la que se preguntaba, entre otras muchas cosas, acerca de qué trabajo les gustaría desarrollar.

El resultado de la encuesta fue inesperado y sorprendente: en lugar de existir diferencias entre los distintos países con muy diferentes culturas y, naturalmente, con una educación en la igualdad en algunos casos inexistente, en todos ellos las ratios de gustos, intereses y deseos han sido muy semejantes en todos los hombres y en todas las mujeres y por el contrario, muy diferentes entre ambos sexos. Mientras que la gran mayoría de los hombres se decantaba por ocupaciones relacionadas con trabajo físico, la mecánica y las ingenierías, gran mayoría de las mujeres elegía ocupaciones que implicaran relaciones y cercanía interpersonal.

El autor afirma que, aunque en algo pueda afectar la educación recibida, el hecho de que entre estos 53 países haya diferencias culturales tan extremas como el caso de Noruega y Arabia Saudí y que se den ratios semejantes, le hace pensar que hay unas causas biológicas, que existen unas diferencias más «precoces», en el sentido de anteriores o previas, que la educación.

Otro estudio que parece desmentir que las diferencias en deseos y gustos entre hombres y mujeres esté relacionado con la educación recibida y las expectativas que se incentivan socialmente en unos y otras, es el realizado por la Universidad de Oslo, en 20 países diferentes, para confirmar que en los países socialmente más igualitarios y con fuertes políticas de igualdad, las mujeres acercan sus gustos y elecciones a las de los varones. Contra lo esperado, se llegó a la sorprendente conclusión de que en los países socialmente menos igualitarios hay un mayor número de mujeres que quieren estudiar ciencias y tecnologías. Resulta paradójico, porque se esperaba que a mayor intensidad en la política de igualdad, mayor cercanía en intereses y, a mayor cercanía en intereses, proporciones más semejantes de hombres y mujeres en los distintos campos del saber. Sin embargo, en las encuestas nada permite afirmar que así sea, sino que sorprendentemente es al contrario. Pese a esta evidencia, las explicaciones que la ideología de género da a las diferencias de intereses son el influjo de la sociedad y las influencias culturales, lo que parece imposible a tenor de esta investigación.

Acerca de las capacidades y aptitudes de hombres y mujeres, de las que algo ya se ha adelantado al hablar de las diferencias fisiológicas del cerebro de ambos sexos y lo que podría implicar, diversos estudios que se han hecho con niños y niñas coinciden en señalar que no hay variaciones en las capacidades de chicos y chicas en las diferentes materias, aunque sí en las formas de aprendizaje. En algunos estudios se señala que no parece que inicialmente ninguno de los dos sexos sea mejor en áreas del saber específicas. Sin embargo, determinadas razones hacen que el interés de unos y otras por las distintas áreas del conocimiento marquen sus posteriores aptitudes diferentes y potencien determinadas capacidades a base de modelar el cerebro, de hacer «autopistas de conexiones cerebrales» que facilitan la competencia en esas áreas.

Anniken Huitfeldt, ex ministra de Igualdad de Noruega, desmiente que las niñas sean peores en ciencias. Afirma incluso que son mejores en todo menos en deportes, apelando a la evidente superioridad masculina en la mayoría de las cualidades físicas básicas utilizadas en casi todas las actividades deportivas. Sin embargo, la mayoría de las mujeres acaba decantándose por estudios de letras, trabajos de relación con las personas o de ciencias no aplicadas o técnicas (matemáticas o biología). Y la explicación que encuentra a la discrepancia entre capacidades iguales y elecciones diferentes para aplicar esas capacidades (estudios posteriores y trabajos) es que a las mujeres les aburren determinadas actividades, que no les motivan, por lo que voluntariamente eligen lo que más les gusta.

Como ya se dijo y coincidiendo con estos estudios empíricos, para el neurobiólogo Gerald Hüther, que coincide también en afirmar que no hay diferencias en las capacidades intelectuales de hombres y mujeres, la diferencia vendría determinada por la diferente concentración hormonal desde antes del nacimiento. Los cerebros, que serían inicialmente como papeles en blanco, irían conformando de forma diferente su estructura y organización a medida que se hace, aprende o vive algo con entusiasmo. De esa manera, nuestra estructura cerebral se adaptaría a esas vivencias o conocimientos que nos causan placer, de forma que las vías nerviosas que activan estas actividades en el cerebro, inicialmente frágiles, se convertirían en «carreteras» de conexiones cerebrales, cada vez más preparadas para ser «transitadas» y utilizadas. De esa forma, esas conexiones cerebrales se acaban convirtiendo en «autopistas». Es el momento en el que se tiene un cerebro diferente al que se tenía. Concluye que el responsable no es tanto el entorno, sino el entusiasmo con que el niño se relaciona, percibe y moldea su entorno.

Así, la causa por la que los varones y las mujeres presentan un cerebro diferente sería que desde pequeños se interesan por cosas diferentes y les importan y les entusiasman materias diferentes.

Aunque esto pudiera parecer un argumento a favor de la ideología de género si se interpreta como que, al enseñarles a chicos y chicas roles diferentes terminan gustándoles cosas diferentes y por tanto sus cerebros acaban siendo diferentes y que, por el contrario, al enseñarles a chicos y chicas unos roles sociales y de comportamientos iguales, les tienen que gustar las mismas cosas, y por tanto sus cerebros terminarán siendo iguales, surgen una serie de preguntas que no favorecen, en absoluto, los postulados de la ideología de género:

¿Son diferentes porque les gustan cosas diferentes, o les gustan cosas diferentes porque son diferentes?

¿Por qué les gustan diferentes cosas, incluso antes de saber que son hombres o mujeres?

¿Es inteligente, beneficioso o lícito manipular los gustos inherentes de los niños para que manifiesten interés por cosas que no les interesaban en principio, con el único fin de conseguir seres idénticos e intercambiables que biológicamente no son ni idénticos ni intercambiables?

¿Se manipula más afianzando tendencias biológicas, o erradicándolas?

Para responder a estas preguntas en los próximos capítulos, en primer lugar se van a resumir las conclusiones de los datos e investigaciones que se han aportado anteriormente:

1. Los gustos, deseos, intereses, percepciones, aptitudes, capacidades y comportamientos diferentes comienzan incluso antes de que los niños sepan si son hombres o mujeres y antes de la imposición de los «estereotipos de género» que, teóricamente, se les están inculcando, así como todo lo que eso implica.

2. Aunque la presión de la imposición de los roles sociales tradicionales se disminuya al máximo, las diferencias entre hombres y mujeres en esos ámbitos se mantienen.

3. Cuando la presión igualitaria consigue cambios relevantes en la estructura de roles sociales es porque se ha ejercido con la máxima potencia: programas sociales, publicidad, orientación de la opinión pública, introducción a través de la educación, gasto de erario público…).

4. Cuando la presión igualitaria llevada a su máxima expresión para conseguir cambio en la estructura social disminuye, las ratios de participación en todos los ámbitos de hombres y mujeres vuelven a los valores iniciales.

5. La diferencia en gustos, deseos, intereses, percepciones, capacidades y comportamientos entre hombres y mujeres se produce por igual en distintas culturas, en diferentes grupos culturales, económicos y sociales, entre personas con muy diferentes influencias en cuanto a roles de género y estereotipos, dando resultados semejantes de forma ajena al ambiente.

6. El cerebro humano se ve inundado de hormonas masculinas y femeninas, según el sexo, produciendo efectos indudables en su estructura y funcionamiento que determinan una serie de capacidades, comportamientos y percepciones diferentes de forma general de hombres y mujeres.

7. Esas capacidades y percepciones hacen que unos y otras se sientan competentes en diferentes campos, lo que les hace desarrollar diferentes gustos, deseos e intereses que se ven reflejados en sus roles sociales y en su forma de sentirse útiles, felices y realizados en la comunidad.

8. El desarrollo y la práctica de esos gustos, deseos e intereses, determinado por las hormonas que producen cambios cerebrales ajenos a la educación y basados en las capacidades, comportamientos y percepciones diferentes crea «autopistas cerebrales» que terminan de determinar un cerebro diferente en hombres y mujeres y que desde el origen ha ayudado a sobrevivir a la especie humana.

9. El hecho de que hombres y mujeres desarrollen deseos, gustos, percepciones, intereses, comportamientos, y capacidades diferentes, produce como resultado una complementariedad que aporta una mayor ventaja en la organización social como antes supuso una mayor ventaja en la supervivencia de la especie.

Parece por tanto, evidente que:

Las diferencias entre hombres y mujeres son anteriores y mucho más poderosas que el «modelado educativo».

Este esfuerzo educativo no logra erradicar esas diferencias más que por el plazo breve de imposición ideológica de la igualdad.

Las mujeres que escapan de esos «modelados ideológicos» vuelven a actuar conforme esas diferencias que teóricamente les discriminan y les perjudican, ya sea porque no se encuentran cómodas en esos roles en los que se les quiere hacer presentes en aras de la ”igualdad perfecta” o bien porque, demostrada su teórica e indiscutible validez en ámbitos, trabajos y facetas de tradicional dominio masculino, no ven razón de continuar haciendo algo que no les gusta, interesa o motiva.

Da la sensación de que las mujeres de los países más igualitarios, liberadas de la tensión de demostrar obligatoriamente que son como los hombres porque así se les exige para su emancipación, parecen decir: «bueno, ya hemos demostrado que somos iguales, ahora dejadme ser mujer, ser yo misma».

A la vista de estas conclusiones, cabe preguntarse si lo que más manipula a las personas y a la naturaleza humana es esa posible imposición de los roles de género, según terminología de la ideología de género, en los que se empuja a actuar a los hombres como hombres y a las mujeres como mujeres o la imposición de un rol único «nosexo» consistente en erradicar las diferencias y que los hombres no actúen como hombres, ni las mujeres como mujeres.

Es posible que, en un tiempo, se impusiera cultural y educativamente a todos lo que la biología imponía a la inmensa mayoría pero, en este movimiento pendular que nos está llevando hacia una nueva imposición, hubo un momento de equilibrio que estamos perdiendo: el punto en el que, rebajada al máximo la presión social por los roles sociales basados en los biológicos y sin nuevas imposiciones de los roles ”nosexo”, las personas pudieron ser como deseaban, divertirse con lo que querían y dirigir su futuro profesional hacia donde les gustaba.

Lamentablemente y de inmediato, los impositores del «nosexo» comenzaron a trabajar para erradicar, no la imposición social, puesto que, una vez desaparecida la presión de los roles hombre-mujer o, al menos, disminuida al máximo, continuaban las diferencias entre hombres y mujeres, sino la propia diferencia entre ambos. Y como erradicar la biología es mucho más difícil que potenciarla, estamos llegando en este momento a medidas que podrían catalogarse como dictatoriales, injustas y carentes del más básico sentido común.

Y, naturalmente, como para poder modelar y alterar la forma original de un árbol hace falta que sea un retoño cuanto más frágil y moldeable mejor, la manipulación y deformación de la ideología de género centra algunas de sus más descabelladas acciones sobre los menores, imponiéndoles patrones de conducta, cursillos y talleres, asignaturas y transversalidades, juegos y cuentos, ajenos a la realidad y a los deseos de los propios menores. En la ideología de género, como en toda doctrina impuesta por manipulación, el abordaje educativo se hace tan deseable como imprescindible. Y es que en este momento, como veremos más adelante, la ideología de género anega toda la educación para empujar a los menores a ser lo que no son y adoctrinarlos en la mayor falacia jamás vista.

Veamos ahora los condicionantes físicos que, pese a su evidente existencia, niegan los ideólogos de género arremetiendo contra la realidad con increíble energía y desparpajo. La mentira siempre ha sido un arma revolucionaria para los seguidores de determinadas ideologías totalitarias. En este caso niegan lo que ven nuestros propios ojos sin una sombra de vergüenza. Y algunos se lo creen.”

Efectivamene, el siguiente capítulo – que veremos en próximo artículo- se titula “Diferencias corporales que la ideología de género considera irrelevantes”.

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://live.staticflickr.com/65535/46715029635_66f4da63b7_b.jpg


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