Luz para ver, fuerza para querer

Por José María Arévalo

( Vista parcial del punto de información de Saxum Conference Center) (*)

Si me buscaran hoy, improbables lectores míos –como suelen decir, en su forzada humildad, mis compañeros foramontanos, la verdad es que no tenemos datos de visitas al blog- podrían encontrarme nada menos que en Tierra Santa, en el centro cultural Saxum, que recientemente ha abierto el Opus Dei a pocos kilómetros de Jerusalén, un centro para ayudar a los visitantes de los santos lugares en su conocimiento sobre la Tierra Santa a través de varios recursos multimedia; y que es punto de información del Camino de Emaús y ofrece cursos de formación para guías turísticos. Es un lugar pacífico especialmente apropiado para cursos de retiro espiritual, cursos residenciales de formación además de seminarios académicos y culturales; dispone de 43 habitaciones individuales para huéspedes, una capilla y áreas comunes como comedor y aulas, y un auditorio que alberga encuentros, conferencias, y eventos.

En fin, creo que a mi vuelta voy a tener mucho que contarles, así que quedan emplazados. Me parecía hoy el día adecuado para empezar la narración, ya que hoy, 2 de octubre, es el 90º aniversario del día en que el Señor hizo ver la Obra a san Josemaría, y estoy seguro lo estaremos celebrando ampliamente en Saxum. Pero estos días ha publicado ABC un artículo del prelado del Opus Dei don Fernando Ocáriz, al que tuve la suerte de conocer en mis años de estudiante en Barcelona, yo de Derecho y él de Físicas, en el Colegio Mayor Monterols. Así que me ha parecido mejor reproducir este artículo que empezar con datos de Saxum, que mejor contaré cuando regrese. Por eso titulo este artículo como hace don Fernando el suyo, ya que es el tema principal.

LUZ PARA VER, FUERZA PARA QUERER

(Artículo publicado en la sección Tribuna abierta de ABC, el pasado 18.09.18. También en la web opusdei.org/es-es/)

«No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Con estas palabras, Cristo cambia la vida de Simón y, desde entonces, el pescador de Galilea sabe para qué vive. Como él, cada persona se enfrenta antes o después a esta pregunta: ¿cuál es mi misión en la vida?

Durante los próximos días, el sínodo de obispos reflexionará en Roma sobre «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». Además de pedir al Espíritu Santo que ilumine a los padres sinodales, aprovechemos esta ocasión para meditar sobre el propio camino, porque todos tenemos una vocación divina, todos somos llamados por Dios a la unión con Él.

La fe es una luz poderosa, capaz de alumbrar el propio futuro e inspirar los deseos de plenitud. En un momento de la vida en que quizá las seguridades de la infancia se tambalean y también la luz de la fe puede debilitarse, es necesario recordar nuestra verdad más profunda: que somos hijos de Dios y hemos sido creados por amor. Él realiza la llamada más radical: nos llama a cada uno y a cada una a ser plenamente felices a su lado. El Creador no nos arroja a la vida y se olvida de nosotros: quien crea, ama y llama. Por eso, el discernimiento del propio camino debe estar iluminado por la fe en el amor de Dios por nosotros, por cada uno.

«No temas», dice Jesús a Pedro. «No tengan miedo de escuchar al Espíritu que les sugiere opciones audaces», escribía el Papa en su carta a los jóvenes para anunciar este sínodo. La búsqueda personal puede generar un cierto desasosiego, porque experimentamos el vértigo de la libertad. ¿Seré feliz? ¿Tendré fuerzas? ¿Valdrá la pena comprometerse? Tampoco aquí Dios nos deja solos. Él nos inspirará si sabemos escucharle. Se lo pedimos cada vez que rezamos la oración más hermosa: «Hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo»: hágase tu voluntad en mí, en ti, en cada uno de nosotros.

Pensando en tantos jóvenes que desean secundar los planes de Dios, pidamos que reciban no sólo luz para ver su camino, sino también fuerza para querer unirse a la voluntad divina. Ayudará pensar que cuando Él pide algo, en realidad está ofreciendo un don. No somos nosotros quienes le hacemos un favor: es Dios quien ilumina nuestra vida, llenándola de sentido.

Ojalá que jóvenes y adultos comprendamos que la santidad no sólo no es un obstáculo a los propios sueños, sino que es su culminación. Todos los deseos, todos los proyectos, todos los amores pueden formar parte de los planes de Dios. Como recuerda san Josemaría, «la caridad bien vivida es ya la santidad».

La vida cristiana no nos lleva a identificarnos con una idea, sino con una persona: con Jesucristo. Para que la fe ilumine nuestros pasos, además de preguntarnos: ¿quién es Jesucristo para mí?, pensemos: ¿quién soy yo para Jesucristo? Descubriremos así los dones que el Señor nos ha dado, que están directamente relacionados con la propia misión. Así madurará más y más en nosotros una actitud interior de apertura a las necesidades de los demás, sabremos ponernos al servicio de todos y veremos con más claridad cuál es el lugar que Dios nos ha confiado en este mundo.

En una sociedad que con frecuencia piensa demasiado en el bienestar, la fe nos ayuda a alzar la mirada y descubrir la verdadera dimensión de la propia existencia. Si somos portadores del Evangelio, nuestro paso por esta tierra será fecundo. Sin duda, la sociedad entera se beneficiará de una generación de jóvenes que se pregunte, desde la fe en el amor de Dios por nosotros: ¿cuál es mi misión en esta vida? ¿Qué huella dejaré tras de mí?

Monseñor Fernando Ocáriz es Prelado del Opus Dei


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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