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Perdiendo a chorros un prestigio bien ganado

Permalink 05.09.18 @ 07:20:48. Archivado en Artículos

Por Javier Pardo de Santayana

( Alcide De Gasperi, a quien junto con Konrad Adenauer, Robert Schuman y Jean Monnet, se le considera como "padre de Europa")

¡Qué pena da! Había un proyecto, que era Europa: un acuerdo de gentes civilizadas y educadas, razonables; un proyecto en el que los problemas se trataban sin necesidad de provocar enfrentamientos; un lugar en el que no se levantaba demasiado la voz, sino que se contrastaban las ideas; un espacio en el que se buscaban los acuerdos, y - siempre - las formas de entenderse. Un paso positivo en el camino de la Historia del Hombre y un modelo exportable a otras partes del mundo; un auténtico “podemos” que ridiculizaría los actuales, convertidos ya en un torpe latiguillo. Algo que nosotros mismos más que soñamos vivimos día a día. Algo que se estaba realizando y de lo que nosotros éramos actores.

Partía la tarea de una visión creyente, religiosa, más allá de partidos y obsesiones: la visión de futuro de unos soñadores que deseaban construir definitivamente la paz en nuestros lares. Sus nombres - recuérdenlos - eran Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi - hoy en proceso de beatificación - y Robert Schuman, ya en proceso de canonización incluso. Hasta tal punto era esto cierto, que eligieron para la Unión una bandera inspirada, según quiso aclarar el propio artista, en la más profunda tradición cristiana. Sí, la vocación de Europa sería la de un territorio obsesionado por la paz. Y aquello sí que sería un verdadero “nunca mais” que excluiría las guerras intestinas como las que el pasado siglo llegaron a trascender nuestras fronteras. La libertad no sólo sería compatible sino imprescindible dentro del proyecto, así que nuestro continente no sería más un campo de discordia.

Lo digo con conocimiento puesto que yo he vivido esa aventura desde el centro intelectual de Europa como una tarea en la que también estuve involucrado, Así que vi cómo el proyecto se plasmaba día a día en el quehacer diario. Y percibí la ilusión de la eficacia compartida; de la creación de un nuevo ambiente en la relación con los demás países que valía la pena crear para el futuro y del alegre trabajo de su instalación consciente y creativa. Incluso, cuando una propuesta no alteraba esencialmente nuestra idea, se nos ofrecía la posibilidad de dejar que las cosas siguieran adelante sin entrar en matices no esenciales para así facilitar los trámites. Se trataba de actitudes que buscaban la eficacia; no de hacerse notar y, sobre todo, no de crear problemas al socio o al vecino. La discusión no era por tanto algo obligado; nuestro trabajo se encuadraba en un trato de caballeros, de gente consciente de la necesidad de una eficacia no obligada al estacazo mutuo. Un quehacer educado, de cooperadores coincidentes en el objetivo de asentar tanto la paz como el progreso.

Por eso ahora nos preguntamos cómo es posible que el ambiente entre los europeos haya cambiado tan radicalmente. Y no digamos en nuestra propia casa. Porque lo que se está imponiendo en nuestros días es todo lo contrario: una evidente cultura del enfrentamiento, así que el socio o el vecino es hoy considerado como un obstáculo que debe ser vencido: un enemigo que habrá de ser aniquilado como sea. Lo que quiere decir que cuando ya parecían superados los años más amargos, ahora es el momento del triunfo de algunas ideas catalogadas como causantes de las guerras; por ejemplo, aquella que nos parecía superada y que algún tiempo movió a algunos a afirmar así de crudamente que el infierno son en realidad los otros, como dictaba Jean Paul Sartre. Es el retorno de la ya obsoleta visión de una vetusta Europa campo de batalla de las ideas y las armas. Así que nada parece haber servido el buen ejemplo de nosotros mismos; aquel que asombraría al mundo y que fue fruto de una reflexión inteligente.

¿Somos realmente conscientes de la burrada - sí, de burros o borricos - que estamos cometiendo en este inicio del siglo veintiuno?

Y eso que nuestra generación y la anterior fueron capaces de asumir el reto de la construcción de un nuevo marco - el de la unión entre los europeos - con toda naturalidad; sin rozamientos excesivos gracias sin duda a que algo no hicimos mal en el pasado, puesto que fuimos capaces de asociarnos con los demás en un plano de igualdad sin gran problema y de mostramos como un país modelo en su entusiasmo y activo y eficaz al mismo tiempo. También quizá porque pasamos a ser uno de los grandes reinos europeos y aportamos nuestra tradición y nuestra historia a la vez que un sentido de la “modernidad” en el que nos mostramos desde el primer momento cómodos. Sí, efectivamente, algo se había hecho bien ya desde mucho antes, desde los tiempos que algunos llamarían, por motivos ideológicos, “oscuros”; algo que proyectaría un rostro modélico de nación culta, capaz y razonable.

Desafortunadamente la situación de ahora es bien distinta, con un parlamento de rufianes y de camisetas serigrafiadas y una política hecha trucos y efectos especiales; con pactos del Tinell para arrinconar al partido más votado y con desplantes e insultos a granel en un ambiente plagado de maniobras de agitación y propaganda en vez de argumentos razonados. Y con unos políticos que, no sabiendo hacer otra cosa de mayor utilidad, arrancan las placas de las calles y desentierran a los muertos. Políticos del “no es no” como argumento.

Y mucho, mucho miedo en todas partes. Incluso para escribir sobre las realidades del pasado o para hablar de la experiencia propia y familiar. Realmente, qué lejos se está hoy en España del ideal de libertad y de progreso que soñaron los padres fundadores de una Europa en paz y unida, celosa de su estilo y sus valores…


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