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La Antigua, remozada por dentro

Permalink 26.07.18 @ 07:26:34. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( La Antigua desde el antaño cauce de la Esgueva. Acuarela de J. M. Arévalo) (*)

Estos años atrás, cuando concluyó la limpieza del exterior de La Antigua, nuestro más antiguo monumento vallisoletano, primero de la torre y después del resto de la iglesia, me preguntaba si nunca llegaría el momento de ver el interior –mucho más ennegrecido que el exterior- limpio, claro, con la extraordinaria factura románica del coro y sus complejos capiteles propios de un románico avanzado bien visibles y destacando los tan estilizados arcos góticos iluminados por el sol que entra por las sencillas vidrieras. No podía entender por qué tanta limpieza exterior y abandono del interior, y así lo comenté alguna vez en este blog, al tiempo que imaginaba la belleza del altar mayor con una reproducción del retablo de Juan de Juni, que se construyó para La Antigua y en ella lució muchos años hasta el siglo pasado en que se trasladó a la Catedral aprovechando las obras de reconstrucción de La Antigua.

Pues bien, la buena noticia me llegó hace unos días, cuando leí en El Norte de Castilla “La Antigua limpiará su interior para mostrar una luz desconocida en Valladolid”. El Arzobispado de Valladolid quiere que la rehabilitación de la iglesia de La Antigua pueda formar parte de los actos conmemorativos del IX Centenario de la muerte del Conde Ansúrez. Antonio G. Encinas, en su crónica de El Norte, recordaba la relación de la iglesia con el fundador de Vallodolid recogiendo la explicación de Martí y Monsó en 1898, a raíz de un informe de la Real Academia de San Fernando: «Caveda y Cuadrado afirma que la iglesia de Santa María La Antigua debe su existencia al conde don Pedro Ansúrez, pues aun cuando Mr. Street asigna a la torre y claustro, únicos restos de la construcción primitiva, la fecha probable de los últimos años del siglo XII, la Academia opina, ya por los textos aducidos, ya también por los caracteres artísticos de otros monumentos erigidos durante el siglo XI y los primeros años del XII, muy semejantes a los de La Antigua de Valladolid, que debe aceptarse la opinión tradicionalmente admitida». Antolínez de Burgos, citado por Martí y Monsó, dejó escrito incluso que «la primera piedra se puso el 21 de mayo de 1095».

Creí que la negrura de las paredes del interior se debía a los muchos cirios que antaño iluminaban los interiores de las iglesias y otros tantos que encendían las devotas, pero no, primero porque la reconstrucción de la Antigua -como ahora veremos- se realizó ya en el siglo XX y segundo porque lo que provocó su actual aspecto lóbrego fue la humedad ya seca, la suciedad y el humo de cuando se utilizó como almacén.

Antonio G. Encinas en su crónica del 25 de junio pasado explica que la negrura de las piedras del templo es producto, entre otras cosas, de su pasado como almacén militar, cuando estaba prácticamente en ruinas. «Aquí se cocinaba, se calentaban con estufas de carbón», explica el párroco, Paulino González Galindo, a quien le han llegado estos testimonios por el medio del boca a oreja de los feligreses. Jesús García Gallo, delegado de Patrimonio del Arzobispado, lo corrobora. «Durante cincuenta años estuvo cerrado y se utilizó como almacén de intendencia, con mulas, cocina de leña, carbón...»

( La Antigua, el interior hoy) (*)

Además, la humedad se condensa en los puntos más frescos de la iglesia y allí, en una baldosa junto al altar o en las piedras que llevan al confesionario, parece brotar el agua. Cierto que cerca pasaba el cauce del Esgueva, aunque en este caso no parecen filtraciones, explica García Gallo. Para las bodas utilizan una alfombra roja que después hay que retirar para que no se empape.

La rehabilitación cambiará por completo el modo en que los vallisoletanos la han conocido. La piedra volverá a ser blanca. Blanquísima. Como, de hecho, debía aparecer a finales del siglo XIX, cuando Martí y Monsó escribió 'Estudios histórico-artísticos: relativos principalmente a Valladolid'. Allí especificaba, y mostraba una foto, que el templo, por dentro, aparecía enlucido. Además, la iluminación cambiará por completo para ser más eficiente, con los consabidos leds, reducir la factura y, al mismo tiempo, ampliar la luminosidad de un templo que es una de las referencias estéticas de la ciudad.

“El coste de la obra será de 300.000 euros, aproximadamente. Lo más novedoso, sin embargo, es que la pagará la parroquia. Porque el proyecto arranca muchos años atrás, cuando Paulino González, doce años ya al frente, decidió empezar a ahorrar para acometer la limpieza que La Antigua merece. «La parroquia va a pagar una cantidad que tiene como fondo de ahorros, algo menos de la mitad del total», señala García Gallo. Para que la obra se pueda ejecutar al completo sin más demoras, el Arzobispado hará un préstamo por la cantidad que resta y la propia parroquia irá devolviéndoselo en los próximos años.

( La Antigua en la década de 1910, antes de su reconstrucción) (*)

«Pedimos la colaboración de todos porque esta es una iglesia emblemática, así que se abrirá una suscripción», explica Paulino González. Todo el mundo puede colaborar porque, explican, La Antigua no es solo una iglesia o un monumento, es parte de ese patrimonio que la ciudad debe cuidar y conservar. Y García Gallo recuerda un dato interesante:«Hay desgravaciones fiscales para los donativos a la parroquia».

El visto bueno de Patrimonio ya lo tienen. Fechado el pasado 9 de mayo, «autoriza el proyecto de ejecución de las obras de restauración del interior de la iglesia de Nuestra Señora de la Antigua», explica el escrito, que recuerda que este permiso «no exime» de la obtención de la pertinente licencia municipal.”

El informe petrológico, que fue el requisito solicitado a mayores por Patrimonio para autorizar la obra, detecta en sus conclusiones, destacó que «la contaminación biológica presente en el interior de la piedra» se corresponde «con antiguas humedades» a causa de las goteras, ya solventadas hace unos años con la reparación del tejado. «Los organismos detectados no se encuentran en su mayoría activos, siendo más bien restos no viables de organimos muertos», explica, y considera que las condiciones de humedad del edificio «no permiten el desarrollo de los organismos detectados». Es decir, que no recomienda realizar un tratamiento contra hongos, líquenes o musgos una vez concluidos los trabajos de limpieza y protección de la piedra, lo que permite que la labor sea más sencilla.

( La Antigua durante los años cincuenta, cuando se reabrió al culto) (*)

De la Antigua hemos escrito en varios artículos de este blog, cuyos extremos básicos recogemos ahora. En “Rincones con fantasma. 29. La Colegiata y La Antigua”, de 06.11.13 en que seguíamos el libro de Juan Carlos Urueña “Rincones con fantasma. Un paseo por el Valladolid desaparecido”, decía éste que “La Antigua es llamada así quizá por haber sido la sede temporal del Cabildo en lo que se tardó en construir la colegiata; teniendo las dos la misma advocación de santa María, se le habría colocado tal apodo para diferenciarla de la nueva. La Antigua es uno de los símbolos de la ciudad, sobre todo por su famosa torre erigida en el siglo XIII en pleno gótico, siendo por ello una construcción tardía, pues es románica y también franco-catalana. Conserva este estilo porque está inspirada en la de la colegiata, de la que por cierto aún se conserva un piso de los dos que probablemente tuvo y que hoy se puede contemplar sin tapujos gracias a la última restauración.

También fue conocida esta iglesia por su cementerio que tenía fama de disolver un cuerpo enterrado en solo un día, pues se creía que su tierra procedía de extrañas regiones. Esta tradición fue recogida por Quevedo en su genial “Historia de la vida del Buscón”, que en el capítulo segundo del libro segundo dice:

«Dios es mi padre, que no come un cuerpo más presto el montón de la Antigua de Valladolid -que le deshace en veinticuatro horas-, que yo despaché el ordinario…»

Antolínez nos dejó escrita otra tradición, y es que el yerno del conde Ansúrez, Armengol, conde de Urgel, arrancó las aldabas de las puertas de la ciudad de Córdoba, bajo poder musulmán, y las mandó poner en las de la Antigua.

( El interior, en una fotografía del libro de Martí y Monsó en 1898) (*)

A partir del año 1900 se iniciaron profundas reformas del templo con las que se fue suprimiendo gran cantidad de añadidos arquitectónicos. Las obras se complicaron con el tiempo, terminándose por deshacer prácticamente todo el edificio piedra a piedra. En 1925 el pueblo tuvo noticia de un hallazgo que se había producido años atrás al desmontar un muro de la iglesia; se trataba de la momia de una joven rubia perfectamente conservada. Esta novedad caló profundamente en el espíritu romántico de la gente, que organizó grandes colas para poder verla.

De la reconstrucción de La Antigua dimos buena noticia en octubre de 2011, en que publicamos en estas páginas el magnífico artículo que apareció por aquellas fechas en “La Gaceta Cultural”, revista del Ateneo de Valladolid, “Ricardo García Guereta. Arquitecto en Valladolid”, de don Josemaría de Campos Setién, general de división y catedrático, en el que, siguiendo su huella en nuestra ciudad, contaba en detalle la reconstrucción, bajo su dirección, de la iglesia de la Antigua, cuando ya se creía perdida para siempre. Lo que completamos una semana más tarde con el siguiente que publicó, “Cuando el retablo de Juni se llevó a la Catedral”, con una amplia reseña de las obras que por las mismas fechas se realizaron en la Catedral, y el traslado a ésta del maravilloso retablo de Juan de Juni que antes albergaba La Antigua.

( Iglesia de La Antigua a principios de Siglo XX. Foto en Vallisoletvm) (*)

Ahora lo vemos, pero antes, la historia inicial, de la mano de Vallisoletvm, que dedicaba en Octubre de 2009 el artículo titulado “Iglesia de Santa María La Antigua”, y que cita entre sus fuentes a Wikipedia: “La Iglesia de Santa María de La Antigua se levanta desde al menos el siglo XI en la ciudad de Valladolid. Conserva de fines de la centuria siguiente (siglo XII) una esbelta torre románica rematada con un chapitel apiramidado de teja y un pórtico en el lado norte también románico. El resto del edificio es gótico y neogótico, pues se levantó en el siglo XIV y fue intensamente restaurado y reconstruido en la primera mitad del siglo XX.

Posiblemente sea una de las parroquias con más historia de Valladolid. Bajo el actual edificio se han encontrado restos de unos baños romanos. Se menciona su existencia en 1088, siendo por lo tanto anterior a la Colegiata de Santa María la Mayor a lo que alude su apellido la Antigua. Parece ser que fue dotada, en el siglo XI (1095) por el conde Pedro Ansúrez, repoblador de la ciudad. De esta construcción primitiva no se conserva nada. Las partes más antiguas del actual templo datan de finales del siglo XII o primeros años del siguiente y son de estilo románico: la galería porticada situada al norte del edificio, y la esbelta torre, situada a los pies, con planta cuadrada y cuatro pisos, con ventanas en los tres últimos, rematada con chapitel piramidal.

El resto del templo fue reedificado probablemente en el siglo XIV, bajo el reinado de Alfonso XI de Castilla, siguiendo el estilo gótico y con notables influencias de la de Santa María de Burgos. Esta iglesia del siglo XIV se organizaba en tres naves, rematadas por tres ábsides poligonales, sin girola, y crucero manifestado sólo en los alzados y no en la planta. La planta presenta varias irregularidades, sobre todo en la cabecera, quizás por intentar aprovechar cimentaciones anteriores, por errores de replanteo o por cambio de decisiones, y el eje del templo tiene una ligera desviación frente a los de la torre y galería porticada. Las bóvedas eran de crucería sencilla y se apeaban sobre pilares de núcleo cilíndrico con columnillas adosadas.

( Restos de la torre de la colegiata de santa María) (*)

Los plementos de la capilla mayor están calados, como sucede en la catedral burgalesa. La iluminación se resolvía con esbeltos ventanales ojivales geminados con derrame exterior e interior en los ábsides, sencillos huecos pareados en la nave central y dos grandes rosetones, cuya tracería original se desconoce, en los dos hastiales de los cruceros.

El edificio sufrió múltiples reformas, debido a su carácter de parroquia populosa y por su deficiente cimentación, construido al lado de uno de los ramales del río Esgueva. Hacia 1500, se adosó a su flanco sur una casa rectoral y el ábside lateral del lado del Evangelio fue transformado. En él se alojaba la imagen de Nuestra Señora de la Zarza que, según la leyenda, había sido encontrada durante la construcción de la primitiva iglesia en 1096, oculta en una zarza. Adosada a esta capilla, se disponía la casa de las mujeres emparedadas. En estos momentos, también se realizó un coro alto soportado por una bóveda de crucería estrellada, sobre el tramo de los pies de la nave central.

A mediados del siglo XVI, el célebre arquitecto Rodrigo Gil de Hontañón, debido a la ruina del edificio, replanteó el sistema de contrarrestos del edificio, construyendo nuevos arbotantes y contrafuertes y reformando y abriendo nuevas varias ventanas. También en ese momento, los huecos del último cuerpo de la torre románica fueron reformados para poder colocar campanas mayores en ellos, se dispusieron antepechos en todos sus huecos y el cuerpo bajo de la misma se forró con un grueso muro de piedra de más de dos metros de espesor para aumentar su estabilidad. Así mismo, en el siglo XVI se realizó un estimable retablo mayor, tallado por Juan de Juni entre 1550 y 1562, que enmascaró el interior del ábside de la nave central. Hacia 1706 se añadió la capilla de Nuestra Señora de la Soledad y las Ánimas, junto a la sacristía de la Parroquia, ambas piezas adosadas a los ábsides y realizadas en ladrillo. Varios retablos de estilo barroco fueron asentados en el interior durante los siglos XVII y XVIII, contribuyendo a enmascarar más el espacio gótico, escasamente valorado durante el barroco. En algún momento, los dos grandes rosetones de los cruceros fueron cegados.

( Así se vería –dice Urueña- el retablo de la Antigua en su localización original, si no hubiese sido trasladado a la Catedral ) (*)

Se conoce el interior del edificio antes de las restauraciones del siglo XX gracias a una serie de fotografías publicadas por Martí y Monsó en su obra Estudios de arte relativos principalmente a Valladolid, de 1898. El interior estaba totalmente enlucido. En el ábside mayor se encontraba el retablo de Juan de Juni y el zócalo se encontraba decorado con interesantes azulejos. El ábside del lado de la Epístola estaba dedicado a capilla del Doctor Tovar y contenía un retablo con buenas pinturas tardogóticas del siglo XV (hoy conservado en el Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid) y se cerraba con una apreciable reja del siglo XVI. En el muro sur del crucero se disponía un retablo barroco y se abría un arco angrelado que daba paso a la pequeña capilla de San Sebastián. En los dos pilares torales más cercanos a la cabecera, se encontraban adosados sendos retablos barrocos de hacia 1700, haciendo el oficio de colaterales. En el coro alto, obra de hacia 1500, se hallaba un órgano de fachada barroca. Tenemos noticias de órganos en esta iglesia desde 1512, aunque hoy no conserva ninguno.

A finales del siglo XIX, el edificio acusaba ruina inminente. En 1897, el edificio fue reconocido como monumento nacional, realizando el arquitecto Enrique María Repullés un informe en el que se valoraba la iglesia. Tras obtener los fondos necesarios, la restauración comenzó en 1900, bajo la dirección de Antonio Bermejo, quien intervino en la torre románica y en la galería porticada. Al fallecer éste en 1901, se nombró director de la obras a Vicente Lampérez, quien restauró la flecha de la torre y la galería porticada.

( Foto antigua en Vallisoletvm) (*)

Sin embargo, Lampérez renunció en 1904 por la escasez de fondos debido a la gran cantidad de obras nacesarias para salvar el edificio, en muy mal estado, al que Lampérez no asignaba el interés suficiente como para realizar en él obras de gran envergadura. En 1908, Juan Agapito y Revilla y Santiago Guadilla de la Serna realizaron un informe en el que declararon absolutamente ruinoso todo el edificio gótico menos los ábsides, con lo que la iglesia se cierra al culto, trasladándose el culto parroquial a la cercana iglesia de las Angustias. Al año siguiente, el arquitecto Ricardo García Guereta realizó un proyecto para restaurar la torre eliminando sus antepechos del siglo XVI y el gran muro que forraba su cuerpo bajo, procediendo a recalzar la torre con hormigón, además de sustituir algunos sillares y piezas de impostas, rejuntando toda la sillería de la torre. En 1911, dado el mal estado de las partes góticas, Adolfo Fernández Casanova declaró que sería mejor derribar las naves y el crucero de la iglesia, además de todas las edificaciones adosadas, salvando los ábsides, la torre y la galería porticada románica, y realizar a continuación un edificio nuevo que no desdijera de lo conservado. Se hizo caso de ello y hacia 1917 se procedió a derribar las partes indicadas. El retablo de Juan de Juni se trasladó en 1922 a la Catedral de Valladolid, donde se encuentra en la actualidad. El nuevo templo que se construyó entonces es de estilo neogótico y está totalmente basado en la morfología de la antigua iglesia ojival, armonizando perfectamente con los ábsides del siglo XIV conservados. Se organiza de la misma manera que la iglesia coetánea a los ábsides: tres naves de dos tramos con crucero no marcado en planta y cubierta con bóvedas de crucería sencilla.

El nuevo templo también dispone de coro alto, inspirándose y quizás reaprovechando elementos del datado en el siglo XVI, y de arbotantes. En los dos hastiales de los cruceros se introducen sendos rosetones, más pequeños que los originales, sobre los que se disponen unas galerías de arcos ciegos que no existieron antes. Los ábsides también fueron restaurados, sustituyendo numerosos sillares y molduras, cerrando las ventanas que habían sido abiertas a posteriori y abriendo las originales que había tapado el retablo de Juan de Juni. Las obras se terminaron en la década de 1930, aunque en 1947 se realizó una sacristía neogótica adosada al crucero sur para el servicio de la iglesia y, al año siguiente, se restauró la galería porticada románica, reforzando su cimentación y saneando su cubierta.

En 1952, la iglesia se abrió de nuevo al culto. Posteriormente, a partir de 1961, se comenzaron a realizar planes para dotar al edificio de un entorno urbano que favoreciera a su contemplación. Tras varios intentos fallidos y polémicas, se derribó en la década de 1980 una manzana de casas ruinosas muy próxima a la parte oeste del edificio para aislarlo y mejorar su visión, convirtiendo el terreno que se dejó libre en un pequeño parque. Sin embargo, esta actuación hoy parece poco afortunada, pues se eliminó una manzana de origen medieval y que contaba con interesantes viviendas del siglo XVI, XVII y XVIII, además de que dejó la iglesia descontextualizada y aislada, aun así el monumento muestra un valor y una importancia arquitectónica muy significativos”.

( Foto aérea de La Antigua) (*)

Pero vamos ya –aunque sea parcialmente, porque nos alargamos- con “La reconstrucción de la Antigua”, el artículo que publicamos el 27.10.11 @ 07:29:34, recogiendo el de don Josemaría de Campos Setién, general de división y catedrático, publicado en los dos últimos números de “La Gaceta Cultural”, revista del Ateneo de Valladolid sobre el arquitecto Ricardo García Guereta y su huella en nuestra ciudad. Cuenta la reconstrucción, bajo su dirección, de la iglesia de la Antigua, cuando ya se creía perdida para siempre. El éxito de su labor y el entusiasmo que provocó, queda muy bien reflejado en el comentario que publicara Ricardo Allué en El Sol (12- V-1927), que de Campos Setién nos facilita:

“Al cabo vino la Antigua a las manos expertas de Ricardo García Guereta y gracias a su inteligencia y a su audacia se ha salvado lo que podía salvarse. Con arte y con amor, García Guereta salvó la torre lo primero. Fue una obra tan inteligentemente atrevida, que todavía nos tiene admirados a los que, día a día, con el ánimo inquieto la seguimos. Hizo nuevo el cimiento; arrancó la antiestética envolvente inferior que en lugar de proteger, ruinaba; piedra a piedra sustituyó por nuevas las descompuestas; cambió por otras iguales las mil rotas de las tejas primitivas de extraña forma. Se salvó la torre, pero no tenía salvación la iglesia. Los esfuerzos de García Guereta, esfuerzos casi heroicos, solo lograron conservar el ábside y parte de las capillas absidales, prodigio de ágil gracia. Entonces se proyectó la reconstrucción. Con respeto nunca bien alabado, empleando solamente los mismos elementos de reconstrucción y decorativos que tenía la iglesia desaparecida, García Guereta va realizando el sueño de verla en un par de años pura y clara nuestra admirada iglesia de la Antigua”.

El 17 de septiembre de 1919 –continúa de Campos- muere el cardenal-arzobispo Cos y es nombrado para sucederle el obispo de Segovia Remigio Gandásegui y Gorrochátegui, continuando las obras Guereta con el contratista Julián Varona. “Se termina la restauración, se libera la torre del sostén que la rodeaba y afeaba, se la asienta y fortalece, se quita el reloj colocado, con nueva agresión a la torre, por el Ayuntamiento, en 1841, y se emprenden las obras de reconstrucción, desmontándose, en 1922 el retablo de Juan de Juni, que se instala, al año siguiente, en la catedral, donde se encuentra en la actualidad, dirigiendo García Guereta con todo tacto las obras”. Al magnífico retablo de nuestro manierista, y a las obras que al propio tiempo se realizan en la Catedral, bajo la dirección del mismo arquitecto, dedica Campos Setién buena parte de su artículo.

“Las obras no se recibieron hasta 1934 –concluye de Campos Setién-, reluciente la iglesia, mejor que en sus mejores tiempos. En 1947 se realizó una nueva sacristía neogótica adosada al crucero sur, y en 1952 se abrió de nuevo al culto. Con el discutido derribo de una hilera de casas en calle Magaña y del mercado de Portugalete y, con el ajardinamiento subsiguiente, el templo ha ganado en perspectiva, realzando su vistosidad e invitando a su contemplación”.

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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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