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25 años D.O. “Cigales”. 18. Hablando con el vino. Un paseo a través del tiempo con las gentes de la D.O. Y III

Permalink 20.02.18 @ 07:25:30. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( Horno de cocer el pan en una casa cueva de Trigueros del Valle) (*)

Concluimos el artículo “Hablando con el vino. Un paseo a través del tiempo con las gentes de la Denominación de Origen Cigales”, de Mercedes Cano Herrera, Profesora del Dto. de Prehistoria, Arqueología, Antropología Social y Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid; artículo incluido en el libro conmemorativo que venimos reseñando, “La comarca vitivinícola de Cigales: viñedos, bodegas y vinos. 25 años de la D.O. Cigales”, en su apartado III, “Arte, patrimonio y herencia vitivinícola”.

En artículos anteriores recogimos la Introducción, y los capítulos: “Paisajes y sensaciones”, “Gentes, economía y relaciones sociales”, con un subapartado de “Privacidad, espacio doméstico y familia”, todo ello en el primer artículo; en el segundo continuamos con el apartado “La alimentación, las construcciones que con ella se relacionan y las comidas en festividades y ocasiones señaladas”; y ahora vamos a concluir en este tercer artículo, con los apartados “Creencias, ritos, juegos, refranes, brindis, canciones y bromas” y “Otras cosas del vivir de nuestras gentes”.

La alimentación, las construcciones que con ella se relacionan y las comidas en festividades y ocasiones señaladas

“Además del día a día hay un comer especial, el que se realiza en fiestas o en momentos de celebraciones muy concretas con un fuerte significado ritual. y en este campo, al igual que en el diario, pan y vino, ambos bien enraizados y con alta calidad en nuestros lares, son los alimentos más importantes.

Ya hemos hablado del "Padre Nuestro", pero su importancia social y litúrgica llega mucho más allá. Con él se comulga en la misa católica. El pan es nombrado en múltiples testamentos, con la petición de que se ofrezca en caridad a los necesitados, o de que se ofrezca -junto con la luz- sobre la tumba. “...que se le lleve sobre su sepultura medio pan diariamente, con su obligación y candela como es costumbre”, reza un testamento de 1738. El pan se besaba al caer y nunca se colocaba boca abajo. En San Blas y en Las Candelas se bendecía para dárselo a los vecinos y familiares y a los animales en la cuadra.

El vino, compañero del pan en el ritual de consagración, es de suma importancia tanto a nivel social como complemento dietético.

Gonzalo de Berceo, entre los S. XII y XIII, nos dejó ya una oda al vino:

“Quiero fer una prosa en romanz paladino, en qal suele el pueblo fablar con so vezino,

Ca no so tan letrado por fer otro latino: bien valdra, commo creo, un vaso de bon vino”.

Y nuestra tierra es pródiga en uvas de las que hacer un buen caldo. Su elaboración, desde que se abriga la cepa hasta que se envasa la uva convertida ya en vino, invariablemente es motivo de reunión social. Siempre que nuestras gentes cerraron un trato se hizo con un trago de vino; y si se trata de celebrar algo no puede faltar en ningún momento. Y el interior y la puerta de la bodega siempre han sido lugar de festejo e intercambio de palabras y de amistad. Por ello haremos una parada algo más prolongada en este lugar, la bodega, emblema de nuestras tierras.

No siempre las bodegas fueron lugar de preparación de vino, ya que no era fácil contar con las prensas de viga. Será con la aparición de las de husillo cuando muchas de ellas comiencen a elaborarlo, aunque hay una práctica que va en aumento, especialmente desde finales del siglo XX. Se trata de la entrega de una cantidad de uva a cambio de recibir otra en vino, y que solía ser la recepción de un cántara por cada 10 kilogramos de uva (Gómez Lacort y otro, p.83)

La visita a la bodega, con su frescor en verano y la sensación de abrigo en in vierno, ha sido habitual entre los hombres de nuestro vecindario. Tras la misa o en fiestas, un rato de charla con un vaso, el porrón o la bota en la mano. En fiestas las mujeres entraban también en juego, y a menudo las visitas de los vecinos haciendo el recorrido se recompensaba con unos tragos de vino.

Poco a poco el sentido de reunión y lúdico ha ido primando. Hoy muchas bodegas han sido compradas por gentes foráneas que las utilizan para reuniones, comidas y meriendas. Dotadas ya en su mayoría de luz y agua, son en realidad una extensión del propio hogar donde realizar las celebraciones familiares y establecer las peñas en las fiestas y en las que las cuadrillas -hasta hace poco casi siempre de hombres- se reúnen habitualmente a cenar y charlar para alejarse del quehacer diario.

Pero no todo es y fue pan y vino en las fiestas de nuestra tierra. Tomemos en primer lugar los bautizos. Hemos visto que siempre se celebraron con alguna dádiva especial, bien sólo alimenticia, bien comestible y pecuniaria. De todos es sabido que cuando se bautizaba a un niño el resto de los chavales (y en ocasiones también los adultos) rodeaban a los padrinos a la salida de la iglesia pidiendo dulces o monedas. Y nadie desconoce tampoco que el padrino siempre accedía, lanzando una dulce lluvia hacia las manos alzadas. Pero, además, está la comida de la familia e invitados, que puede ir desde un sencillo refrigerio en el que tan sólo se celebrara el evento añadiendo un poco de carne al cocido o un chorro de vino al agua, hasta la gran comida, el banquete, con que las clases sociales menos desfavorecidas agasajaban a quienes los había acompañado en tan fausto día. En ambas ocasiones la tónica general era la ausencia de la madre, aún en el lecho, que como mucho, oía la alegría y disfrutaba de alguna de las golosinas en la cama.

La primera comunión, sin embargo, era poco celebrada entre el pueblo y no era habitual dar convite alguno; si acaso el desayuno con padres, hermanos y abuelos. Todo lo más, si se hacía de forma señalada y no simplemente colocándose entre el resto de los feligreses para comulgar, los padrinos y vecinos daban a los niños alguna golosina o un recuerdo. Entre algunas clases más holgadas, sí que había banquete con convidados (comunicación personal de Abundia Valentín, de Mucientes) o, al menos, chocolate con picatostes o con bizcochos.

Las peticiones de los niños en momentos como las ya mencionadas el día de "matar la vieja", se resolvían en una tortilla y una merienda al aire libre.

También las fiestas de los quintos tenían sus muestras gastronómicas. De vez en cuando se reunían para auténticas comidas o cenas de hermandad, en las que se incluían algunos platos sustraídos mientras se enfriaban en el alfeizar de una ventana, o unos chorizos colgados en un lugar de no demasiado difícil acceso. Había, además, algunos días especiales en que pedían víveres por las puertas. Al que les daba era frecuente que le preguntaran" ¿se canta o se reza?", procediendo a hacer lo que les habían pedido. A continuación, madres, hermanas y novias condimentaban las viandas para que ellos las comieran o cenaran.

Pero después de todo lo hablado, nos queda el momento cumbre en cuanto a las celebraciones familiares hasta bien entrado el S. XX: la boda. Es ahora cuando realmente se va a "tirar la casa por la ventana", llegando a empeñarse muchas gentes. Comienza con el trato o compromiso, en que los padres se ponen de acuerdo sobre lo que ha de dar cada uno; en este momento se solía realizar la primera comida de las dos familias unidas, aunque a menudo no tuviera de extraordinario más que eso, la presencia de todos, y algún pequeño extra. Continúa la noche de vísperas o alborada, con las canciones de los amigos del novio y las de la novia a ambos contrayentes y la invitación a pastas y vino.

Ya en la boda propiamente dicha realmente se saca todo lo que se tiene. La comida puede ser más o menos lucida, pero, salvo en el caso de algunos matrimonios de segundas nupcias o cuando han tenido que irse de casa para casarse o van esperando un hijo, suele haber convite. Incluso si tan sólo se interrumpe un momento el trabajo para ir a la iglesia y luego se continúa, algo de extraordinario se añade a la comida habitual. y no digamos si la boda tiene lugar entre gentes acomodadas.

Otro momento especial en la alimentación, que a menudo choca a las generaciones actuales, era el entierro. Práctica habitual, hasta entre los más pobres, era dar de comer a quienes a él acuden, en ocasiones desde muy lejos. Muchas veces, las mujeres quedaban en casa, acompañadas por vecinas y familiares, que preparaban la comida para los que volvieran del camposanto. En algunos testamentos, incluso, se pedía que a los asistentes a su entierro se les obsequiara con un determinado tipo de manjar.

Finalmente, nos quedan celebraciones estrictamente familiares, como los cumpleaños, onomásticas o aniversarios, que a menudo no eran celebrados con extraordinario alguno en la comida, salvo en las clases más pudientes; y, desde luego, rara vez daban lugar a convites, especialmente entre el pueblo.

Otros momentos de gran importancia desde el punto de vista de la alimentación, son las fiestas del ciclo anual. Carnaval, Cuaresma, Pascua, Fiestas Patronales, Difuntos y Navidad, todas tienen sus peculiaridades gastronómicas, que han dejado su huella. De todos son conocidos los dulces fritos en sartén, que alegran los diferentes platos de pescado, en los que entran en juego la imaginación, el poder adquisitivo y el acceso a este manjar, el cual ha dado lugar a algunas de nuestras más cotizadas delicias gastronómicas. También son renombradas las rosquillas de palo de "trancalapuerta", con que se acostumbraba a obsequiar el lunes de Pascua.

La comida en las fiestas patronales es más variada. Generalmente era algo fácil de preparar, que podía dejarse hecho de un día para otro, lo que permitía a toda la familia asistir a las celebraciones. Si era ésta ocasión de salir a comer al campo, alternaban los platos que se llevaban ya preparados con los que se cocinaban allí mismo. Había también dulces especiales para agasajar a los visitantes en esos días, como los huesos de San Expedito o las rosquillas de anís; aunque éstas solían reservarse más para las romerías.

Llegada la Navidad, la imaginación suplía lo que el bolsillo no podía dar. Raramente faltaban en la mesa el cardo y las sopas de menudillos o de almendras. Después, la imaginación volaba: cuando se podía, pollo, cordero, "pesca". Si no se podía, caracoles, cardo, escarola con granada. A veces, un poco de turrón, algo de cascajo o unas naranjas.

Y, finalmente, dentro de este capítulo destinado al comer en momentos con un especial significado, no podemos olvidar la alimentación de los enfermos. Siempre se les procuraba dar "cosas de sustento"; para ellos eran los caldos de gallina, el jamón cocido, los huevos. Si eran de familia pudiente, una "jícara" de chocolate. Y estaban exentos, junto con niños y mayores, del cumplimiento del ayuno y la abstinencia.

Creencias, ritos, juegos, refranes, brindis, canciones y bromas

Es también digno de tener en cuenta un capítulo relacionado con la comida, que a menudo es olvidado, el de creencias, ritos, juegos, refranes, canciones y bromas con ella relacionados y que en nuestra tierra fueron muy abundantes.

Entre los primeros, son de considerar las creencias en torno al derramamiento de la sal o del vino. Mientras que la primera se consideraba augurio de mala suerte, sólo conjurable mediante el lanzamiento de un poco más de sal por encima del hombro, la segunda se consideraba signo de alegría y buena suerte. Con respecto al pan, ya hemos hablado de su importancia en ritos y rituales y el cuidado que con él se tenía tanto si se caía como al dejarlo sobre algún lugar.

Oraciones para bendecir la mesa y ritos en la colocación en torno a ésta son algunos aspectos más, a los que hay que añadir otros que no se refieren exactamente a la comida, pero que se relacionan con ella: juegos, bromas, canciones o refranes siempre formaron parte del acervo cultural de nuestras gentes.

Desde los tiempos más remotos, se sabe que los niños han jugado a imitar a los mayores. Una de esas formas de imitación era que un grupo (generalmente los chicos) salieran a buscar comida, mientras otro (casi siempre las chicas) la preparaban. Así, ha habido juegos vigentes durante el último siglo, como los colmados o las comiditas. Sin embargo no son éstos los únicos juegos relacionados con la comida. Están también los que se hacen en momentos muy determinados, durante un proceso de elaboración gastronómica para entretener a los niños que esperaban para ir a los recados que se les encomendaran. Y también se juega con comida, bien empleándola como pieza fundamental del juego (lanzar huesos de aceitunas; las tabas; jugar el papel de moneda en un juego de azar), bien cómo algo que apostar.

En cuanto a las bromas, tomadas habitualmente como un juego, no son menos numerosas. Algunas de ellas eran pesadas, como los "lagarejos" realizados en la vendimia; o en la matanza, cuando se enviaba a alguien desconocedor del asunto a casa de algún vecino a buscar un saco de algún producto "que era muy necesario"; al llegar el emisario de nuevo al lugar de salida veía que el saco estaba lleno de piedras.

Por supuesto, también canción y comida están muy relacionadas. Canciones de siembra, arada o recolección, son habituales en nuestros pueblos, con especial importancia de las de vendimia. La mayor parte de la gente mayor aún recuerda cómo iba cantando al trabajo, y como por la noche solían volver cansados y callados. Gracias a esta necesidad de cantar al trabajar se han conservado muchos romances, que cumplían así su función dentro de nuestra cultura. Y también había canciones que tenían como temática principal la comida, o que hacían referencia a ella.

Una canción de Trigueros reza:

“Cada Pan que vendes,
Falta un cuarterón
Panadero, cara de bribón
Cada pan que vendes falta un cuarterón
Échate mula y carro ¿y luego quien lo paga? Los parroquianos.
Virgen del Castillo,
Todo lo consientes
...sin reloj, sin campana y rota la fuente”.
(Referencia, Hermanas Román. Trigueros del Valle)

En cuanto a los refranes, no hemos sino de recordar la rica temática existente no solo en nuestra tierra, sino en todo el país, bien directamente relacionados con la comida, bien empleando ésta en sentido figurado. Como muestra, citaremos: “con pan y vino se anda el camino; a buen hambre no hay pan duro; hay más días que longaniza; uvas y queso saben a beso; comer y rascar, todo es empezar; vino añejo, amigo viejo; el hambre aguza el ingenio; dársela con queso; sin bota de. buen vino, no andes el camino; come, calla y ponte al sol; para tu comer y tu beber, una viñita debes tener; a quien come ajo y vino bebe, ni la víbora le puede.

Y que decir en nuestra tierra de los brindis. Son la expresión del alma que acompaña al vino encerrado en la copa, que se libra al chocar con el paladar (Sanz, 1997). Los hay breves y prolijos, atrevidos o recatados. Pero todos son ingeniosos.

Vayan un par de ellos por delante:

“Soy el hijo de las uvas, soy el nieto de las cepas.
El que más valor alcanzo, lo mismo en mares que en tierra;
por eso digo y repito con la audacia de mi lengua
que a los que las uvas pisan y saquen mosto de ellas,
les libraré en todas partes de los rayos y centellas,
de morir sin confesión.

Venga aquí, vino vinito. Hijo de la cepa tuerta,
tu que te quieres meter y yo que abro la puerta”.

Y puesto que vino y canción van muy unidos, bueno será dar cuenta aquí de algunas, desde las que se cantaban en el carro al volver de la vendimia hasta las que celebran la libación con amigos.

Entre las primeras, no podemos olvidar una de Trigueros que rezaba:

“A la puerta del amo, hay un letrero:
Se acabó la vendimia, venga el dinero”.

De las segundas hay muchas; desde las conocidas en todo el territorio, como "Asturias patria querida" o "Los estudiantes Navarros", hasta las más cercanas, más íntimas, con un marcado sabor local:

“Bebe compañero bebe, bebe vino del porrón,
y después de haber bebido se lo das a ese señor.
Bebe compañero bebe, nunca dejes de beber,
que los amigos y el vino poco tienen que perder”.

Y las canciones sobre el vino se utilizan incluso en comparaciones durante las bodas:

“De la buena parra sale el buen racimo. De buena familia llevas el marido.
De la buena uva sale el mosca tel. De buena familia llevas la mujer”.

Para finalizar este capítulo quiero destacar los diferentes destinos que en nuestra tierra se han dado a las pocas sobras que quedaban tras terminar de comer, muchos de ellos precisamente relacionados con el juego. Casi todos hemos hecho barquichuelas o instrumentos musicales con las cáscaras de nuez, pitos con los huesos de paraguayo, muñecos con las mondas de la naranja, etc. Pero salvo estas excepciones, pocos desperdicios ha habido nunca, ya que lo poco que sobraba se lo daban a los animales.

OTRAS COSAS DEL VIVIR DE NUESTRAS GENTES.

Dejamos en el tintero muchas de las manifestaciones de la vida de nuestros pueblos, pero ya no queda espacio. Apenas si hemos hablado muy por encima de algunos de los trabajos del campo. Las vides, el cereal, las ovejas... y las construcciones que llevaban aparejadas. La perfección del cierre de falsa bóveda de las casetas de era. Los apriscos para meter a los rebaños en las horas de más calor y durante las noches. Los gallineros que, existentes en la mayor parte de las casas, convertían en huevos y abono los restos de alimentos que se les daban.

Las norias con sus cangilones, dando de beber a las sedientas y resecas tierras de nuestro entorno.

Y qué decir de fuentes y pozos, lugares de reunión donde charlar mientras se llenaban los cántaros o bebían los animales y se cogían fuerzas para retomar el camino. Algunos de ellos estaban a medio camino de la estación y el pueblo, y eran lugar de parada segura retomando aliento antes de continuar el camino al venir de Valladolid. O los lavaderos, donde el arduo trabajo se mitigaba con la charla cotidiana.

En una tierra de vino, la importancia de las iglesias, demostrando el poder de las gentes que eran capaces de pagarlas. O las ermitas, erguidas vigilando al pueblo que acudía a ellas puntualmente.

Y, por fin, las casas, humildes o señoriales, como cuevas y chabolas o blasonadas, que muestran en su arquitectura las diferentes épocas por las que nuestra tierra ha pasado.

Las fiestas, por su lado, hubieran requerido un amplio capítulo cada una de ellas. Son un importante sistema social de nuestras gentes que permiten reunir de nuevo a quienes hace tiempo que no se ven, conocer a otras nuevas, relajar algunas normas y dar protagonismo a grupos sociales que no suelen tenerlo, como la mencionada fiesta de "matar a la vieja" a los niños, o las de quintos a los adolescentes.

Los ritos y rituales de vida y muerte, desde que se producía el embarazo hasta el fallecimiento de los miembros del grupo, tampoco han podido ser contemplados. Desde los intentos de obtener un embarazo o de abortar (con el conocido cornezuelo del centeno o el perejil, entre otros remedios) o por encontrar novio, hasta el acompañamiento a la tumba del último vecino, que han sido tratados casi en exclusiva desde el punto de vista de la alimentación. Los lutos y prohibiciones, la elección de los nombres... se quedan esperando otra publicación.

Y para terminar con un tema muy presente en nuestros pueblos, las relaciones de vecindad, con sus luces y sus sombras, en las que el grupo vecinal es el mejor apoyo, pero en ocasiones también la peor pesadilla. Los vecinos, en especial los más próximos que desempeñan en ocasiones un papel muy importante como en el caso de la ayuda a los viudos o el cuidado y vigilancia de los niños. Ellos se ayudan en el trabajo del campo y en los momentos de actividad fuerte.

Es una vecina quien acude, con la comadrona y con alguna familiar, al parto. Son ellos quienes tienen obligación de acudir al velatorio cuando muere alguien. Pero sobre todo, por ser los más cercanos, es a quienes se acude en primer lugar en caso de necesidad acuciante, y con quienes se comenta el día a día en las charlas que se llevan a cabo en la calle, a las puertas de las casas. Suelen estar presentes en los momentos más importantes y, generalmente, dejan oír su opinión o corren a prestar su ayuda.

No obstante, son también los vecinos quienes en ocasiones se dan la espalda y tienen pleitos unos con otros. Unas veces era por las luces que alguien abría en la pared de su casa al patio del otro; en otras por las lindes. En ocasiones por la escasa urbanidad de algunos de ellos, que les llevaba a echar su basura en las zonas más cercanas al vecino con quienes estaban enfadados. A menudo por un pequeño gesto, una palabra mal interpretada, un acto que a algunos de ellos le parecía ofensivo. Un "parece que tiene usted mejor cara hoy" tras una enfermedad hizo que una vecina dejara de hablar a otro porque "me estaba diciendo que tenía mala cara, y eso no se lo consiento yo a nadie"

Y para finalizar este caminar, puesto que en tierra de vino nos hallamos, brindemos para seguir conociéndonos:

“Cuando no nos conocíamos, bebíamos.
Ahora que nos conocemos, bebemos.
Pues bebamos hasta que no nos conozcamos”.

(Los brindis y alguna de las canciones aquí escritos han sido extraídos del libro “El vino en la cultura popular. Brindis del vino”, publicado por Ignacio Sanz en Castilla Ediciones, 1997)”

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4698/39658315892_7ae322c5e6_o.jpg


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