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Antaño y hogaño (V). -5-Período de la adolescencia

Permalink 10.02.18 @ 07:28:36. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

( Academia. 1882. Dibujo de Ignacio Díaz Olano en pintura.aut.org. Colección particular, París. 43 x 27) (*)

Antes de iniciar este número cinco del mismo período de adolescencia, creo que conviene decir a mis amigos lectores que si ya son muchos sobre el mismo período, puede que aún falten varios que sin cambiar del “V”, digan aún más de la importancia que tuvo para nuestro personaje –y supongo que lo mismo para la mayoría-, para formar la personalidad y carácter de quienes, consumado éste, inicien lo que bien podríamos denominar los períodos trascendentales en la vida de todo ser humano. Hablábamos en esta silenciosa conversación con ustedes, mis amigos, del amor. Especifico por lo pasado y lo que venga: del amor (con minúscula) y del Amor (con mayúscula).

Queda, creo, muy claro, que el adolescente amaba el campo y cuanto vivía en él. Campo como otro formidable Edén en la Dehesa de Peñalba. Amaba intensamente la caza y la pesca. Y lo amaba, sin todavía tener demasiado en cuenta el Amor debido al Creador de los muchos motivos de sus amores. Intensos. Pero como eran amores limpios –los otros no son amores- fueron con/formando el alma del adolescente.

Limpio como agua de manantial filtrada con los adentros de la tierra que amaba, un nuevo motivo vino a incrementar un depósito aún muy distante de estar lleno. El motivo que irrumpió con fuerza inusitada, tiene mucho que ver con lo que dice la canción que transcribo de memoria con la posibilidad de errores. Canción que como la brisa marina que corre tras los montes de la ahora denominada Cantabria. Más o menos dice así:

“Al marinero en la mar/ nunca le falta una pena/ que si se apaga el farol/ que si se apaga la vela/
Marinerito arría la vela/ que está la noche tranquila y serena…/
Noche tranquila y serena/ que es buena para rondar/ que a los enamorados/ les gusta la oscuridad//…
Marinerito arría la verla etc…

Viene la letra de la montañesa canción -la de sus ancestros – a cuento de que al anochecer(a los enamorados les gusta la oscuridad…) y tras la vuelta de la familia por la carreterilla de acceso al caserío hasta la “carretera de Soria” desgranando las Avemarías del Santo Rosario, cantaban madre e hijos en la terraza de la casona, vivienda en los períodos vacacionales de los aún adolescentes. Atardeceres que creo haber llamado mágicos, porque lo eran. El coro de voces blancas lo dirigía quien siendo madre, era a la vez “mater et magistra” del canto. La dulzura personificada. La que con sobradas razones para la tristeza humana, supo siempre transmitir alegría a sus hijos. La que estaba presente hasta que marchó al lugar donde no hay dolor, ni desgracias, ni llantos, ni penas, porque en aquel hogar estaba el que todo lo preside: el Señor de las virtudes humanas y sobrenaturales a las que tan íntimamente está unida la alegría. El adolescente amaba la música y las canciones. Intensamente.

Como de lo dicho puede que algo se lo haya referido en “Buscando mis amores”, cambio de tercio, para que, más que amores que edifican, decirles en la intimidad lo que son propiamente “atracciones”. Las que, ordenadas, son buenas y muy queridas por quien hizo al hombre “a su imagen y semejanza”, pero que, desordenadas, como a veces le sucedió a nuestro adolescente, pueden llevar y llevan a lo que del Creador no son en absoluto semejanza ni imagen:

Como a la salida del colegio las niñas de las Carmelitas del Campo Grande, le hacían caminar con andares azorados e inexplicables y parecido con las niñas de las Francesas, igual le sucedía con las hijas de cuantos vivían en el caserío. Atracción y azoramiento. Y era ¡ahora lo sé bien!, como los primeros barruntos del desorden en la atracción por el distinto sexo (no género). Sin motivo de utilidad el entrar en detalles, sí les digo, que el adolescente, sintió o/y pensó desordenadamente. Más que pesaroso, acudió primero al Señor de la creación objeto de sus más y mejores amores, para después “soltar el sapo” en el confesionario. Novedad que no por repetida -animal el adolescente que tropezó más veces en la misma piedra- le impidió comenzar y recomenzar cuantas veces le fue preciso. Sin que la sabiduría popular pueda aplicársele plenamente, recordaba, “no es santo el que nunca cae, sino el que siempre se levanta” o así.

Porque no la sabiduría popular, sino Él mismo lo dijo por boca de algún evangelista, “Dios es amor”, sin ser en absoluto santo nuestro adolescente, siempre se levantó de éstas sus primeras caídas; las que no por comunes a su edad dejaron de serlo.

Desamores en los que mucho tuvo que ver para revertir en Amores el verdadero que siempre tuvo a la Madre del ofendido.

Porque conocía muy bien a sus hijos, la madre que hubo de hacer también de padre, enseñó a los suyos en bellísima canción el “Bendita sea tu pureza”… que ante la imposibilidad de que oigan la preciosidad de música inventada, por conocida, omito también la letra.

Si ya les aburrí bastante con lo referido, hago una pausa, para continuar con otros amores, si Dios es servido, en otro próximo V -6-.

No sin antes dejar constancia que, precoz como he repetido varias veces, nuestro adolescente con trece años cursó a trancas y barrancas con las matemáticas, el tercer curso del bachillerato. Edad crítica acentuada por la dichosa precocidad. Quiero decir que hubo de enfrentarse a novedades nunca imaginadas: lo que decía nuestro hermano Mariano, “malas compañías”. Adolescentes como él, pero por razones que ignoraba, conversaban o hacían mofa de lo que naturalmente sabía hasta entonces sin los recovecos más que pícaros de los que decía nuestro profesor malas compañías. Perspectiva intrigante con posibles secuelas. Lo veremos en otros períodos hasta donde sea posible el comentario.

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4650/38995942405_326100d27b_b.jpg


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