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25 años D.O. “Cigales”. 18. Hablando con el vino. Un paseo a través del tiempo con las gentes de la D.O. I

Permalink 06.02.18 @ 07:27:21. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( Añadido al testamento de Doña Nicanora Valentín Valentín, adenda a mano de 1943) (*)

Seguimos con el libro conmemorativo que venimos reseñando, “La comarca vitivinícola de Cigales: viñedos, bodegas y vinos. 25 años de la D.O. Cigales”, que en su apartado III, “Arte, patrimonio y herencia vitivinícola” incluye el artículo “Hablando con el vino. Un paseo a través del tiempo con las gentes de la Denominación de Origen Cigales”, de Mercedes Cano Herrera, Profesora del Dto. de Prehistoria, Arqueología, Antropología Social y Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid.

El artículo hace un recorrido muy completo sobre usos y costumbres de esta tierra, en la que toma por protagonista a Trigueros del Valle; comienza con una Introducción, a la que siguen varios capítulos: “Paisajes y sensaciones”, “Gentes, economía y relaciones sociales”, con un subapartado de “Privacidad, espacio doméstico y familia”, todo lo cual incluimos ahora; “La alimentación, las construcciones que con ella se relacionan y las comidas en festividades y ocasiones señaladas” que dejamos para próximo artículo dada su longitud; y finalmente, que incluiremos en un tercer artículo, “Creencias, ritos, juegos, refranes, brindis, canciones y bromas” y “Otras cosas del vivir de nuestras gentes”.

INTRODUCCIÓN

“ `...que admirábamos toda la belleza de su hosquedad, de sus colores terrosos, de sus ásperos caminos, de sus chopos y sus mimbreras, de sus rincones umbrosos, más gratos por breves, por pequeños, entre las torrenteras y los serrijones; que sentíamos de modo tan inefable a esta nuestra Castilla´ (Herrera, 1942).

Estas palabras escritas por mi abuelo sobre su Soria natal en 1942, nueve años antes de mi nacimiento, pueden perfectamente aplicarse a estas tierras de vino, a sus gentes, a sus paisajes y vivencias.

Hace ya tiempo me invitaron unos amigos de mi hermano pequeño a dar una conferencia en Cigales. No recuerdo el tema, pero sí que era por la noche y el escenario una discoteca, así como que solamente estábamos los organizadores y nosotros y que me obsequiaron con algo que seguramente, dada su juventud, les había supuesto un sacrificio para escotar entre todos y poder adquirirlo; un pequeño tiesto con un cactus, detalle que agradecí tanto que aún lo recuerdo. Este fue mi primer contacto con las tierras de Cigales.

Poco a poco esta relación se ha ido estrechando y hace ya 27 años me trasladé a Trigueros del Valle, donde en la actualidad vivo, lugar que me ha enseñado a amar este terruño que se eleva en sucesivas terrazas desde el Pisuerga hasta besar las estribaciones de los páramos de Torozos. La tierra donde los atardeceres son precedidos por un gran revuelo organizado por los pájaros que se retiran a dormir para ceder la noche a murciélagos, lechuzas, autillos y búhos, seguido por un tenue silencio mientras el sol se esconde, para devolver después la algarabía multiplicada, como si todas las aves se hubieran puesto de acuerdo en admirar la puesta con las bocas abiertas sin poder piar, para tratar de recuperar el tiempo después con gran entusiasmo despidiendo al astro rey hasta el día siguiente.

Julio, un amigo de estas tierras me ha pedido un artículo. De bien nacida es ser agradecida, por lo que quiero que vaya por delante mi reconocimiento tanto por la fe depositada en mí para este menester como por su paciencia para aguardar a que pudiera encontrar el tiempo de escribir con gusto estas líneas. Porque lo que se escribe por obligación y lo que se hace disfrutando nada tienen que ver; y nunca quisiera tener que escribir sin placer, por compromiso.

No será un artículo al uso sino un ensayo, un paseo por estos pagos a través del que pretendo tan solo devolver un poco de lo que sus habitantes y ellos mismos me han deparado, haciendo parada y fonda en Trigueros, el pueblo del que soy vecina. No se entienda esta decisión como un desprecio a los demás lugares, sino como la humildad de reconocer que no debo de hablar sino de lo que mejor conozco.

PAISAJES Y SENSACIONES

Hace unos años describía estas tierras en una obra sobre el mundo mitológico (Cano, 2007: 14): “... las amplias tierras `de pan llevar´ de amplios horizontes, con sus dorados océanos estivales, su mosaico de pardos, rojos y verdes y su cielo azul porcelana. Tierra de grandes contrastes, que hiela el cuerpo en invierno y le reseca en verano. Extensos pinares, solitarios `árboles guía´ o cintas verdes que indican la presencia de agua o de caminos en el paisaje. Suelo duro y reseco, que pide agua y cruje bajo el zapato. En el estío, canciones de chicharras y grillos, balidos de ovejas y noches iluminadas por las luciérnagas. Manadas de tímidas ciervas, que se introducen en los sembrados con sus cervatos, jabalíes que hozan el suelo buscando las sabrosas setas y trufas. Zorros avispados y tímidos conejos y liebres. Filas y filas de laboriosas hormigas. Paso sigiloso de culebras y lagartos. Vuelo majestuoso de las rapaces. Largos inviernos de frecuentes nieblas y profundos hielos. Amplios ríos que se deslizan quedos, mimetizándose con el paisaje gracias al color prestado por las tierras que arrastran”

Estos sonidos y este paisaje físico, al que hemos de añadir los campos de vides que se extienden en pequeñas lomas a menudo sobre un suelo de cantos; o los de cereal que, mecido por el aire, se agita suave o brusco, como si de un mar verde que tiene prisa por convertirse en dorado se tratara. Estos paisajes, digo, vienen acompañados de olores a ozono y tierra mojada tras las tormentas, o a polvo reseco en pleno verano. De la sensación del calor que reseca la nariz y quema el rostro y los brazos en el estío y el frío que los hiela en invierno. Del aire que nos trae en primavera aromas a hinojo, romero, tomillo y, en ocasiones, al estiércol con el que los agricultores abonaron y abonan sus tierras y nos aguijonea con finos alfileres levantando el vello de los brazos y poniéndonos la "piel de gallina" o hace rodar los cardos corredores en invierno.

Es este paisaje el que ha dado lugar a estas gentes y a la forma en que han decidido encajar en él, sobrevivir y formar parte de esta geografía humana, de estos grupos sociales de los que nos ocupamos y que en ningún caso se pueden considerar como "informantes", sino como vecinos, amigos o compañeros de vivencias.

GENTES, ECONOMÍA Y RELACIONES SOCIALES EN TIERRAS DE LA DENOMINACiÓN DE ORIGEN CIGALES

Privacidad, espacio doméstico y familia

Privacidad y espacio doméstico

Como todo buen edificio, este paseo por la vida de nuestros pueblos ha de comenzar a construirse por la base; y en este caso el asiento de las relaciones sociales y de la economía son, sin duda, la familia y el espacio doméstico. No se limita dicho espacio a la casa, sino que es la suma de todos los entornos donde se desarrollan la vida, las relaciones sociales y las actividades de las familias de nuestra tierra.

Hasta el siglo XVI apenas se tenía el concepto de privacidad. No ocurría tan solo entre las gentes más humildes, sino que era así mismo habitual en monasterios, castillos y grandes caseríos, donde apenas se contaba con lugares donde escapar a la mirada del resto de la comunidad. En las zonas rurales va a seguir más tiempo desarrollándose gran parte de la vida en la calle, llegando la costumbre hasta nuestros días.

La casa no es un espacio cerrado, sino abierto a vecinos y amigos y continuado en los asientos que se sacan o están en la calle, en las reuniones en la plaza, las bodegas, las tierras de labor y las vías y caminos del pueblo. Podemos decir que la casa es la unidad estructural de elementos multifuncionales, donde se centran los elementos integrantes del espacio doméstico y cuya misión principal es el desarrollo de la vida social y familiar. En ella la vida se integra sin solución de continuidad. (Cano, 1997). Se trata de una unidad socioeconómica que no se identifica solo con un edificio, sino también con un nombre, una familia, un apodo, una historia, unos bienes muebles e inmuebles, incluidos objetos y animales domésticos. La casa está viva, tiene su propia historia, que todo el grupo social conoce. La vida diaria abarca muchos aspectos, y cada campo tiene sus protagonistas y sus comparsas: mujeres y hombres; niños, jóvenes, maduros o ancianos, se reparten los trabajos (Cano, 2004).

Familia

- Concepto de familia

En este espacio doméstico se desarrolla el núcleo básico de la unidad familiar en nuestra tierra. El concepto de familia tradicional nunca coincide exactamente con el asignado ni por la legislación civil ni por la Antropología del Parentesco, sino tan solo con el derecho consuetudinario, aquel que las gentes van tejiendo con sus propias vidas dando mayor peso a lo legítimo que a lo legal.

En las tierras que nos ocupan, además de la familia legítima que consta en los registros civiles y es importante a la hora de herencias, funerales, entierros y repartos, existe otra, a menudo mucho más trascendental. Podría definirse como un subtipo de "familia extensa" compuesta tanto por los miembros de derecho como por algunos otros, en ocasiones más significativos para el grupo social, y que tienen una fuerte presencia en el vivir cotidiano. Son "hermanos de leche", vecinos, criados, padrinos, "quintos"... ,que forman parte real y tangible de otra clase de linaje, que comparten los derechos y deberes habituales del parentesco pero sin relación genética conocida y que a menudo ni siquiera ocupan el mismo espacio doméstico.

El trato de "tía/o", siempre hizo referencia a las personas casadas, o con un fuerte prestigio personal y avanzada edad. Pero si era precedido por el artículo posesivo se refería al parentesco. Cuando uno de nuestros vecinos "te presenta a alguien como su primo/a, tío/a, en realidad puede estar hablando de un parentesco de cuarto o quinto grado. Quizás, las retatarabuelas fueran primas, o hermanas de leche, o, simplemente, se hubieran criado juntas. Sin embargo, obliga tanto como uno en primer grado; y si alguno de los componentes del grupo tiene que desplazarse fuera de su municipio, se aloja -o, al menos, come- siempre que puede en casa de algún pariente" (Cano, 2004: 102).

- Estructura de la familia tradicional

Nuestra familia tradicional se estructura en grupos de edad, género y estado civi1, entretejiéndose en cada uno de ellos los diferentes parientes para señalar los papeles, espacios y tiempos que les corresponden. Estos grupos, firmemente establecidos, marcan los campos de acción de cada miembro en el trabajo solidario para salir adelante económicamente y mantener un puesto en la escala social de la comunidad. Esta estructura ha ido cambiando lentamente su esencia y los papeles a partir de los años 70 del S. XX, con una importante aceleración desde la década de los 90.

- Grupos de edad

Los grupos de edad son, con los de género, uno de los puntales del funcionamiento de las familias de la Europa Tradicional y, por ende, de nuestra tierra. El respeto de los menores hacia sus mayores y el acatamiento de todas sus decisiones forman parte del acervo de la tradición. Las relaciones intergeneracionales y la distribución de las familias según las edades era una de las columnas básicas de la constitución de las familias tradicionales, que se imbricaba con otros, como el género. Por ello, éste será el apartado tratado con mayor extensión.

Tenemos un primer grupo, el de los niños, que no tenía voto en las decisiones y que se limitaba a realizar las tareas que se les encomendaban y a aportar su ayuda para los recados y pequeñas tareas familiares. Su nacimiento llenaba de regocijo; pero era tan frecuente la muerte temprana que a menudo las madres procuraban no encariñarse con ellos hasta que ya les veían salir adelante. El tifus en 1880 o la viruela en 1883 son algunos de los azotes que sufren los niños, con el sarampión, la difteria y la desnutrición.

La infancia hasta los años 50-60 del siglo XX fue de extrema dureza. Los pequeños tenían que ayudar en el campo y en la casa. Si no había suficiente con el trabajo de los adultos, o faltaban el padre o la madre, ellos dejaban la escuela para ir al campo donde araban, hacían manojos, iban a la remolacha, segaban, trillaban, beldaban, la vendimia... es decir, trabajaban como un adulto más. Y si el hambre apretaba a menudo no había más que unas patatas metidas en el rescoldo y unos tragos de agua.

Cuando salían de la escuela (los que podían hacerla) iban corriendo a su casa, donde besaban la mano primero a sus padres y a continuación a cuantos adultos hubiere en ella. Y la merienda que les esperaba, si la había, era un trozo de pan con media naranja.

Y también jugaban con lo que tenían a mano; titos de aceitunas, alfileres, clavos, tapas de cajas de cerrillas ("santos"), chapas, canicas, tabas, comba, pañuelo... y al corro o a correr y esconderse por el pueblo para que los buscaran (“Los tres navíos”: “tres navíos van por el mar y otros tres 1os van a buscar” -información personal de Venancia Román, vecina de Trigueros del Valle-).

Pero si había una fiesta especial para los niños, era "Matar la Vieja", que se celebraba 14 días después del miércoles de ceniza: ese día no había escuela, los padres se acercaban al pueblo para poder estar cerca de sus hijos y las madres les repeinaban para salir a pedir el aguinaldo por todo el pueblo con esta canción:

“A la vieja remolona la quedaron sin corona;
a la puerta de la escuela, la quitaron media muela;
y a la puerta del corral, la acabaron de matar;
saca huevos de gallina o dinero de ese bolso,
o tocino o longaniza y se acaba este responso;
Denos el aguinaldo para esta tarde merendar
Que la pobrecita vieja está cansada de hilar,
A la puerta de la escuela la acabaron de matar”.

Las chicas hacían una vieja de papel y los chicos un viejo al que le vestían con unos pantalones, una chaqueta y una gorra ya desechados que rellenaban de paja. Cuando se encontraban, los chavales apaleaban a la vieja tratando de "matarla".

Con los productos conseguidos, las madres les hacían una tortilla. Los adolescentes se iban a comerla a la Higueruela, situada entre Trigueros y Cubillas y los pequeños se iban a degustarla a las eras con sus progenitores. Al finalizar el día, todos confluían en la plaza.

Niñas y niños prestaban ayuda habitualmente en el cuidado de los animales y hacían los recados para llevar y traer todo tipo de encargos de la tienda, el huerto o alguna casa de vecinos o familiares. A medida que crecían, las niñas iban ayudando más en casa y con los hermanos pequeños, mientras que los niños lo hacían en las labores agrícolas y el cuidado de los animales.

Apenas terminada la infancia, pasaban a un segundo grupo, el de "mozos" y "mozas" que, en la familia tradicional, no tenían apenas tiempo para esto que nosotros llamamos adolescencia. La primera -y secreta- menstruación para las chicas, y el sorteo de quintos, con la "metida a mozo" para ellos, marcaba el fin de la escuela y el cambio de su papel en la familia, aunque seguían sin tener voto en las decisiones. Ese momento no llegaría hasta la vuelta del servicio militar para los varones o el matrimonio, para las mujeres. Sin embargo, su contribución al trabajo de la unidad familiar era de mayor responsabilidad.

Como hemos dicho, el comienzo de esta etapa venía marcado para las mujeres por la primera menstruación; pero, al contrario que con los varones, no había ninguna celebración que marcara el paso de una etapa del ciclo vital a otra. Era un comienzo de ciclo que ni siquiera se podía mencionar delante de extraños, especialmente si eran hombres. Muchas de ellas ni siquiera sabían lo que les ocurría, lo que les llevaba a ocultarse y preocuparse, lavando en secreto los faldones de la camisa en algún lugar alejado del resto de las lavanderas; hasta que alguna lo descubría y se lo decía a la madre para que hablara con ella. A partir de ahora el cambio de vida era completo. El fin del aprendizaje en la escuela (las que habían podido ir hasta entonces) iba acompañado por el comienzo de otro intensivo, destinado a convertirla en la esposa y madre que su sociedad requería. Estos años en los que la rebeldía y el inconformismo son las características de los adolescentes modernos, no tenían el mismo signo en la familia tradicional que nos ocupa. La joven es considerada a partir de este momento una moza casadera y ha de prepararse para el matrimonio. En esta preparación serán esenciales el perfeccionamiento de sus conocimientos de las tareas domésticas así como la elaboración del ajuar que llevará y que le aportará cuanto necesita para comenzar la vida de casada: bienes materiales y conocimientos considerados esenciales en las labores de aguja.

El caso de los varones en las familias tradicionales ha sido siempre completamente diferente. Como en casi todas las españolas, los hombres han sido los protagonistas del mundo exterior por lo que el ritual de cambio de etapa del ciclo vital no tenían nada que ver con la fecundidad -aunque les daba el "derecho" a tener novia- sino con una salida al "mundo exterior", que les devolvería al seno de su sociedad con los conocimientos necesarios para poder ejercer este protagonismo fuera del hogar. Es un ritual con alejamiento del núcleo social, aprendizaje y vuelta a su sociedad ya como adulto que está preparado para contraer matrimonio y sacar adelante a una familia. Este ritual es la "mili"; el servicio militar.

El comienzo, denominado en las sociedades tradicionales de nuestro país "metida a mozo", solía coincidir con los dieciséis años, momento en que se les llamaba a filas; aunque en ocasiones tenía lugar poco antes. Durante todo ese año, en todas las sociedades tradicionales gozaban de unas prerrogativas que no dudaban en aprovechar y que les permitía -al contrario que a las mozas- dar rienda suelta a sus instintos adolescentes. Constituían un grupo social que iba a tener gran importancia a lo largo de toda su vida. Eran los "quintos del año" y a ellos se les encargaban la realización de algunas tareas comunales, al tiempo que se les reconocían una serie de derechos adquiridos, lo que les permitía ser tratados con gran permisividad al cometer algunos desmanes en sus celebraciones.

“A partir de este momento, niñas y niños, abandonan la niñez, con sus juegos, trajes y peinados, y se convierten en mozos. Tendrán menos ocasiones de estar a solas, pero las buscarán con mayor ahínco” (Cano Herrera, 2002: 33)

Uno de estos momentos era el baile. Como en el resto del país los curas tronaron desde el púlpito contra el "baile agarrao". A veces los mozos acompañaban a las chicas hasta la puerta de casa, pero sin entrar hasta haber formalizado noviazgo ante los padres de la joven.”

En próximo artículo continuaremos este apartado con lo referente al noviazgo.

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4623/39658316362_7864a92575_b.jpg


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