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Antaño y hogaño. (V). -3- período de la adolescencia

Permalink 31.01.18 @ 07:29:05. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

( Confesión en el interior de la iglesia de la Pace de Roma , de 1867, óleo de Raimundo de Madrazo) (*)

Debido a la ininterrumpida correspondencia en artículos durante años con mis amigos y únicos probables lectores, fue relativamente fácil comunicarles incluso confidencias como las que llevo dichas en los escritos que preceden a éste, y probablemente en los sucesivos. Sean o no intimidades, no creo descubrir un nuevo Mediterráneo cuando las saco a colación.

Como nada más cierto que, adolescentes, jóvenes o viejos, todo hemos sido y somos pecadores (recuerden: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”), el adolescente también fue pecador; si no todo, todo, referido al sexo, que también, sobre todo, digo, en lo referente al amor a Dios sobre todas las cosas. En lo de `al prójimo como a ti mismo´, como el adolescente fue soberbiamente peleón, las caídas por esto –porque en “caer” (se entiende materialmente) fueron normalmente otros- eran frecuentes. Les cuento:

En uno de los pocos viajes a Valladolid capital, para cortarse el pelo, estando en la Dehesa, tuvo el adolescente “necesidad” de confesión. Como antaño las confesiones del personal eran frecuentes (y no creo que por ser más pecadores que hogaño) acudió a la Parroquia para, previamente arrepentido o más, compungido, “soltar el sapo” al sacerdote –y no a Dios solamente como dicen ahora, porque bien sabemos que el sacerdote absuelve `en persona de Cristo´ al que representa y sustituye- acudió, digo, pero ya anocheciendo. La iglesia estaba cerrada. Acudió a otra, a otra, y a otra… ¡todas cerradas! por hora tan avanzada. Extrañeza porque antaño solían estar todo el día abiertas, y no como no sé por qué o sí, hogaño. Se hacía la hora de salida del tren de Ariza, que le devolvería los “peñalberos” lugares. Caminaba cariacontecido por la calle hacia la estación Campo Grande cuando se cruzó con un sacerdote, que pese a la penumbra reconoció serlo por la sotana.

El sapo marchó de inmediato en plena calle. Y el adolescente, ligero como una pluma y la alegría recuperada, como unas castañuelas corriendo a la estación. Y es mis amigos, y no sin pena lo digo, los sacerdotes iban vestidos como lo que son; no por presunción, por supuesto, ni provocación alguna. Sencillamente para mostrarse, como lo que son; disponibles para quien los necesitase, como el de nuestro adolescente en el caso relatado; también en el caso de algún accidente o cualquier otra situación de emergencia. Como los militares vestían como lo que eran y son, los jefes, oficiales, suboficiales y tropa no se quitaban el uniforme para salir a la calle; ni los grises, ni los guardias de tráfico, ni la policía municipal, ni…

Así que en cualquier necesidad urgente, nada tan fácil como pedir ayuda a quien, por profesión la ´debía ´ prestar. Hogaño se pregunta el que relata las aventuras y desventuras del que viviera los diferentes períodos hasta llegar a éste de la adolescencia antaño: ¿por qué no distinguir ahora a quienes podamos necesitar en caso de urgencia? ¿No acuden los médicos o sanitarios, uniformados cuando se avisa al `ciento doce´ por emergencias de robos, fuegos, accidentes de tráfico etc.? Si se tratara de los rezongones que acostumbra este mismo autor, bien les podría decir: “Y que conste que no pretendo aconsejar; yo… ¡digo nada más!

Casos se han dado, y se dan, que vestir el uniforme es motivo de orgullo en actos solemnes. Les citaré algunos realmente llamativos: Preparó quien se lo dice a un sobrino para las oposiciones a guardia forestal. Aprobó con nota. Al poco tiempo, contrajo matrimonio canónico. Para servidor de ustedes aunque con libertad plena para cada cual: como Dios manda. Como expresión máxima de su vocación a esta honrosa profesión, vistió en tan importante ceremonia sacramental, el uniforme que les es propio.

Otro sí, cuando quien se lo dice contrajo nupcias, por supuesto `por la Iglesia´, vistió uniforme militar-porque lo era, porque lo es- de gala. E igual invitados militares, testigos y padrino de su misma profesión. A la salida, hubieron de pasar los recién casados por un túnel de sables de los que, compañeros o amigos, lucían con orgullo el uniforme que les era propio. Pisando terrenos que a lo mejor no me corresponden, ¿acaso van los sacerdotes de paisano a visitar a S.S. el Papa por ejemplo?

Como creo que aun siendo lo dicho un hecho diferencial de antaño y hogaño, mejor no entrar en terrenos, que ni me corresponden, ni me llamó nadie. Quede sólo constancia de que sin saber cómo ni por qué, habiendo evidente escasez de clero, así parece que todavía son más escasos para acudir cuando se los necesite.

En cualquier caso y una vez dicho, y que mejor no `meneallo´´, pasemos a otro progreso, parejo o demasiado precoz para la edad del todavía adolescente. Tenía tan solo doce años. Cuando se rompía la formación vigilada desde el `cole´ hasta la Academia de Caballería (sin sacos terreros ya en las ventanas) era forzoso pasar primero por delante del colegio de las Carmelitas del Campo Grande. ¡Demontre con las niñas! Finalizaran las clases antes o después, allí estaban casi todas para ver pasar, azarosos, a los chavales de Lourdes. El adolescente ignoraba el porqué de caminar como a trompicones. Y es, que había dos que le llamaban poderosamente -¿por qué…?- la atención. Mas no paraban ahí los azarosos andares…, porque `rotas las filas´, se repetía la escena al pasar sin queriendo por delante de las escaleras de acceso al colegio, de niñas, llamado de las `Francesas´. Vuelta a los andares a trompicones y cierto e inevitable -¿por qué?- sonrojo. Le sucedía al adolescente que sin saber por qué de nuevo, le `gustaba´ una más que las otras. Una niña rubia ella, con ojazos azules ella, que creyó le miraban con descarada insistencia. Y le sonreía ella. Una sensación nunca experimentada antes, que le afirmó aún más por si le quedaba alguna duda, que chicos y chicas, además de sexo diferente, era por un no sé qué diferentes. Cuando creía el adolescente que era el capitán de los más valientes, comprobó no sin perplejidad y sorpresa, que ante unos ojos distintos a los de sus valientes en los zancos o pelotas y escudos, era un tímido aprendiz en combates nunca soñados. Del todo inexperto. ¿Sería, se preguntaba, que entraba en un nuevo período que a alguien oyó decir `edad del pavo´? Como no fue sólo ésta la novedad, sabrán, si Dios es servido, en el o los siguientes cómo la ciudad, el campo y otros muchos factores descorrieron velos de horizontes insospechados.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4742/38912526595_ecdfc70269_b.jpg


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