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Huellas de la caza VIII. Tiempo de lobos

Permalink 12.01.18 @ 07:28:20. Archivado en Artículos

Por Hilario Peraleda Navas. Introducción de José María Arévalo

( El lobo, “símbolo del predador por antonomasia en nuestro país, sobre el que, a lo largo de la historia, se han tejido multitud de leyendas y supersticiones”) (*)

El artículo que nos acaba de remitir Hilario Peraleda, y que recogemos hoy, no incluye los habituales dichos y refranes relacionados con la caza que recoge en su libro, cuyo título da nombre a esta serie, y que con gusto venimos publicando en este blog, sino que es una introducción a los que, referidos al lobo, que son muchos, nos comentará en próximo o próximos artículos. Una exhaustiva y muy versada exposición sobre lo que se conoce sobre este mítico animal, sus características y lo que ha significado en las distintas épocas de la cultura y de la historia humana, de donde proceden –nos dice finalmente- la mayor parte de los dichos y refranes que expondrá en nuevos artículos.

“Antes de entrar en la materia que vengo tratando en la serie “Huellas de la caza” y que hoy versa sobre los dichos y refranes relativos al lobo, convendría hacer algunas consideraciones previas acerca de lo que es este animal y lo que ha significado para el hombre en la larga relación interespecífica que han mantenido a través de los tiempos. La historia del lobo no se entendería bien si esa relación se ignorara. Desde el comienzo de ella, el hombre consideró al lobo un peligro para él. Hemos vivido en su compañía compartiendo el terreno y compitiendo en la caza de determinados animales. En situación de escasez de alimentos, el lobo amplía los límites de su territorio de caza y/o de especies de presas y ataca a ovejas, cabras y otros animales domésticos. Al principio, la lucha entre las dos especies tenía que ver más con la hegemonía que con la propia supervivencia.

En el Paleolítico los dos eran sociales, vivían en grupos y cazaban en equipo para sobrevivir, sin encontrar grandes interferencias por disponer de espacio y presas suficientes para todos; pero en el Neolítico las cosas se complicaron al cambiar el hombre de costumbres para mejorar su régimen de vida y poder subsistir mejor: sedentarismo por itinerancia y nomadeo y cultivo de la tierra y cuidado del ganado, por la caza.

Su mentalidad, actitud y comportamiento cambian, surgiendo entonces el injustificado sentimiento de la propiedad, tanto de la naturaleza como de sus bienes y es, a partir de ese momento, cuando entran en conflicto ambas especies, habiéndose extendido hasta nuestros días la larga guerra que levantaron con el resultado por todos conocido: la precaria y delicada situación en que hoy se encuentra el lobo, debido a que las agresiones de este frente a las que él ha sufrido han sido infinitamente menores (hecho que evidentemente los ganaderos no comparten).

El lobo es un carnívoro de gran porte, el segundo de Europa detrás del oso y el cánido de mayor tamaño. Representa mucho más que el gran cazador social que vive en manadas estructuradas jerárquicamente y fuertemente vinculado a su grupo que es la base de esa sociedad. Dentro de ella, los comportamientos se rigen mediante una férrea disciplina. La unidad fundamental es la citada manada (la mayoría de las veces ‘clan familiar’) que busca obtener ventajas frente al medio, de cara a la propia supervivencia; aunque se dan casos de individuos aislados (no integrados o expulsados de su manada) en busca de alimentos y de otros, también solos, con los que formar una nueva o, menos frecuentemente, buscando otra en la que integrarse. Pero, por encima de esto, para nosotros y nuestros antepasados es una figura mítica, símbolo del predador por antonomasia en nuestro país sobre el que, a lo largo de la historia, se han tejido multitud de leyendas y supersticiones, mezcladas con hechos reales que han dado origen a los innumerables dichos y refranes en los que figura como protagonista, contribuyendo de esta manera a formar parte (no pequeña) del conjunto de nuestro idioma.

Su nombre procede del griego “lykos”, “lukos”, lobo y loba, de donde salen, entre otros, licaón, licántropo, licantropía, licopodio, etc. Licaón fue tirano de Arcadia, que acogió a Zeus en su casa cuando pasó por esta región y fue reconocido por unos pastores que informaron al tirano. No sabiendo este si recibía a un hombre o a un dios, decidió probarlo invitándolo a comer y sirviéndole los miembros de un niño que él había degollado. El dios descubrió el crimen y le castigó transformándole en lobo, como indica su nombre. De otra manera se cuenta que el niño era hijo de Zeus y que el castigo fue morir abrasado en su palacio. Licógenes, ‘nacido de una loba’, se añadía frecuentemente al nombre de Apolo; porque Leto o Letona (Latona para los romanos), su madre, para dar a luz tuvo que huir del país de los hiperbóreos, donde vivía, adoptando la apariencia de una loba. De aquí arranca otra leyenda que cuenta que las lobas paren en 12 días del año, porque ese fue el tiempo que se tardó en trasladar a Letona desde los hiperbóreos a Delos, por miedo a Hera (Juno). También el latino “lyceum”, liceo, hermano y sinónimo de “lupus” procede del griego “lijeios”, escuela donde enseñaba Aristóteles y con él se designaba el lugar contiguo al templo de Apolo, sobrenombre de este dios, matador de lobos.

Del griego pasó al latín como “lupus” y “lupa”, loba y también cortesana y mujer alegre, como se conocía a las prostitutas. De hecho, las putas romanas ‘aullaban’ para llamar a sus clientes y así, Acca Laurentia, madre adoptiva de Rómulo y Remo, era mujer de mala reputación a quien parecía encajar tal apelativo. De ahí derivan lupanar, lupanario y lupino y los compuestos “lupi conus”, piña de lobo; “llopicón”, llaman en Asturias a una planta de hojas culinarias, grandes y vellosas, cubiertas de un polvillo gris, cuyo zumo se recomienda para la curación de heridas, crece en terrenos incultos y su tallo produce flores amarillas, que podría ser el gordolobo; lobisón y lobishome, hombre lobo, en Galicia; lubricán, crepúsculo y ‘entre lubricán’, entre dos luces, de entre lob(o) y can, porque a esa hora no se distingue bien si es uno u otro; en Galicia, lubicán es lobezno o cruce de loba y perro, al que consideran muy dañino.

Pocos animales existen que sean más odiados que el lobo. Nuestra tradición de origen judeo cristiano guarda en nuestro inconsciente colectivo abundantes referencias y alusiones a la supuesta perversidad y agresividad del lobo. Antropomorfismos bíblicos han contribuido a que se le haya considerado como ‘criatura de las tinieblas’, incluso vinculada al demonio, hasta el punto que en la mayoría de las comarcas donde existe esta superstición nadie osa pronunciar su nombre; pues el mero hecho de hacerlo, evoca al mismísimo diablo. En ciertas partes de Andalucía se le dice Juan; en Galicia, Xan y Xan Fede (Juan el que huele); en Asturias, Xuan y Xuan les oveyas (Juan el de las ovejas). San Isidoro en sus Etimologías: “Lupus, como si se dijera ‘leopos’ porque, a semejanza del león, su fuerza se centra en las patas, por ello todo cuanto pisa, muere. Los griegos, lykos, a causa de sus costumbres, ya que su rabiosa rapacidad destroza cuanto encuentra”. Otras culturas más compenetradas con el medio natural y menos ignorantes, han visto en este animal un símbolo de sociabilidad, eficacia e inteligencia. “El lobo lleva consigo una gran carga como animal considerado mítico y este es el aspecto que más se conoce y, a la vez, más deformado dentro de la cultura popular”. Juan Carlos Gil Cubillos.

Aquellos mitos y leyendas conferían al lobo gran importancia. Los egipcios lo consideraban protegido del dios Osiris que había tomado su forma y en los jeroglíficos era símbolo de valor. Los griegos lo asociaron con Marte, como depredador y guerrero; pero también con Apolo, que era hijo de las tinieblas y la luz. El bosque, que en Atenas rodeaba el templo dedicado a este dios, le llamaban Lykaion (dominio de lobos) y en él impartía lecciones Aristóteles y de él proviene la palabra liceo, como se dijo anteriormente. Leto, amante de Zeus, se transforma en loba para amamantar a Apolo y Artemisa. La loba capitolina de los mitos Rómulo y Remo o el de Gárgoris y Habidis, presentan situaciones similares, en las que los cachorros humanos son amamantados por lobas. El lobo anima las fiestas lupercales de la antigua Roma en las que se adoraba a Luperco, mitad hombre y mitad cabra, de ‘lupus’, lobo y ‘hircus’, macho cabrío. Eran una juerga pagana de ligue salvaje en las que se sacrificaban cabras de cuyas pieles se sacaban correas con las cuales, en la mano y desnudos, corrían algunos jóvenes tras las mujeres infértiles que acudían a tales fiestas creyendo que si eran azotadas con esas correas se volvían fecundas. Fueron introducidas en Italia por Evandro y se consagraron a la diosa Juno (Hera), procedentes de Grecia en donde se dedicaban al dios Pan al que solo se ofrecían sacrificios que consistían en presentes de leche y miel y los ritos eran de tipo pastoril. El papa Gelasio I las prohibió el año 496 sustituyéndolas por la Purificación de María.

Los indios norteamericanos ven en el lobo un honorable competidor al que respetan y admiran Las grandes familias turcas y mongolas consideraban al lobo como su antepasado. El lobo está presente en la cultura rural, en los nombres de muchos montes, valles, ríos, pueblos, personas y apellidos y hasta en la forma de disponer los tejados en los que se incluían las llamadas ‘tejas de lobo’ que, por su posición y forma, emitían un sonido especial cuando soplaba el helador viento del Norte anunciando la probable llegada de una manada. Entre sus gentilicios destacan Lope y López y numerosos topónimos como Valle de los lobos, Pico del lobo, Cueva del lobo, Loma de los lobos, Xorco de los lobos, etc. Sin olvidar algunos históricos extranjeros como la ‘Wolfang’ (manada de lobos) como gustaban llamarse los antiguos germanos y la famosa “Guarida del lobo”, ‘wolfschance’, pabellón y refugio en los bosques de Gorlitz, cerca de Ras-tenburg, hoy Ketrzyn, en la Prusia Oriental en donde Hitler montó su Cuartel General y al que se dirigió el viernes 20-06-1941, con objeto de dirigir el ataque a la URSS conocido como Operación Barbarroja y cuyo comienzo estaba previsto para dos días después. Allí también tuvo lugar la reunión del führer con sus colaboradores el día en que el coronel Klaus von Stauf-fenberg intentó matarlo colocando una bomba bajo la mesa, de la que salió ileso (Operación Valkiria). Fue tenido como tal Cuartel General entre 1941 y 1944. En él vivió el dictador más de 800 días. Era un edificio complejo, fortificado, en ruinas y se convirtió en uno de los lugares más seguros para Hitler, que llegó a contar con central eléctrica propia para su abastecimiento y estación de ferrocarril. Fue destruido por las mismas tropas alemanas cuando se retiraron a comienzos de 1945 y los restos quedaron camuflados y rodeados por un campo minado que se tardó 10 años en desactivar.

Ningún animal europeo ha impresionado tanto como el lobo por sus costumbres de rondar por los pueblos, matar y comerse el ganado y atacar al hombre (a este menos). Junto con el águila, quizá sea la especie más emblemática de la Península Ibérica habiendo contribuido en gran medida a aumentar nuestro acervo cultural con expresiones incorporadas al idioma como “ver las orejas al lobo”, “oscuro como boca de lobo”, “ser un lobo con piel de cordero”, “meterse en la boca del lobo” y así hasta 400 más que tengo recogidas, aparte de infinidad de novelas, leyendas, cuentos y fábulas que sobre él se han escrito, sirviendo en muchas ocasiones de metáfora para enmascarar nuestras actitudes y comportamiento, generalmente aviesos.

En Italia se cree que la mirada de los lobos es dañina y que roban la voz momentáneamente al hombre que ven ellos primero. Esta creencia dio lugar a la expresión “lupus in fabula”, acerca del individuo que viene a interrumpir una conversación en la que se hablaba de él (como si fuera el lobo de la creencia). Fue llamado ‘el espíritu de las tormentas’ y en la tradición medieval llegó a considerarse animal diabólico, como queda dicho más arriba. “Cocinas de lobos” se llaman sus lugares de reunión donde se generan los olores más fuertes, que es una manera de resultar más interesante a sus compañeros. “Correr los campanillos” es una antigua celebración que tenía lugar el día de San Antón (17 de enero), patrón de los animales, en algunos pueblos de Extremadura, Peraleda de la Mata entre ellos, y que consistía en correr a lomos de una caballería, alrededor de la Cruz del pueblo, haciendo sonar los cencerros de las reses propias y que, según la creencia popular, de esa manera se libraban de los ataques del lobo.

También se usó como símbolo en escudos de armas, medallones, bandejas, platos, canecillos y otros elementos de heráldica. Los portaestandartes romanos se tocaban la cabeza con sus pieles; las “coberturas” de yugos y testudes de vacas y bueyes uncidos, en la provincia de León en el siglo XIV, eran también de piel de lobo y usadas para proteger del agua las coyundas de cuero. Su piel espesa y gruesa gozaba de numerosas virtudes: Llevar una gorra de pelo de lobo impedía el hechizo; una tira de cuero alrededor del cuello aseguraba el éxito en el amor y en Sicilia y en España, un trozo de piel preservaba a los niños de las enfermedades.

Los romanos tenían a los lobos como símbolo de amor y sacrificio maternos. Para los griegos el lobo encarnaba el valor y la fuerza y en la mitología nórdica alcanzó la máxima expresión de la ferocidad. Cautivó a generaciones de guerreros que veían en él la encarnación de la fuerza, de la bravura y de un realismo sin concesiones. Fue durante mucho tiempo el emblema de las legiones romanas. A comienzos de la era cristiana, los soldados germanos se comían el corazón de los lobos para adquirir sus virtudes combativas y su virilidad. En las primeras civilizaciones el lobo representaba, a menudo, el arquetipo del macho y la loba el de la fecundidad, incluso los dioses nacían de los lobos.

Son características propias de esta especie, la astucia, la fuerza, la resistencia, la osadía y en menos ocasiones la ferocidad. A este respecto se decía de él que no existía en el campo alimaña más temible, feroz, astuta, tenaz, despierta y ligera que el lobo. Características que le confirieron el sobrenombre de ‘el sabio mudo’. La voz del lobo, el aullido, con sus variantes (no ladra, otra característica diferencial con el perro y con la que se alude a la cualidad de mudo), constituye todo un sistema de comunicación.

Cuando es emitido por toda la manada, el coro de voces parece representar un alto grado de satisfacción, ejerciendo dentro del grupo tal fuerza de cohesión que logra en un instante que todos sus miembros se sumen al aullido que uno de ellos inicia. Se sientan uno junto a otro y apuntan al cielo con el hocico estirado dejando sonar su aullido que sube y baja a base de tonos bien modulados hasta que, sin causa aparente que lo motive, cesan repentinamente y los componentes del grupo comienzan a corretear de acá para allá, unos hacia otros, lamiéndose el hocico mientras gimen, con actitud claramente alegre y juguetona. También los usan para avisar a otros grupos que ese territorio está ocupado.

Cuando procede de un lobo solitario, no resulta tan lúgubre ni tremendo como, a menudo, se narra; sino que su asombrosa modulación en diferentes tonos sirve de medio de comunicación a distancia, útil en la caza o para reagruparse la manada. Otra forma de aullar la emplean para reunirse las manadas estivales con vistas a formar una mucho mayor de cara al invierno (esto es más propio de lobos de otros lugares). Junto a estos aullidos descritos cuentan con otros, como gruñidos, gañidos, etc., que completan su amplio código de señales acústicas y además de para todas esas cosas, los aullidos les sirven para poner los pelos de punta a casi todos los animales, hombre incluido, que los escuchan.

Una revista científica necesitó 33 páginas para describir el significado de los gestos y ademanes de una manada. Están estrictamente determinadas la posición que deben ocupar la cabeza y las orejas, la forma en que se les eriza el pelo en ciertas partes del cuerpo, la manera de fruncir el entrecejo y mostrar los dientes, la medida en que deben descubrir los colmillos y sobre todo la manera de llevar la cola. Si una loba de bajo rango se atreve a acercarse al macho jefe, con la cola alzada, corre peligro de muerte. Su deber es llevarla pegada al vientre. Si fuera de cate-goría social media, le está permitido llevarla colgando en presencia del jefe; pero pobre de ella si se le ocurre elevarla por encima de la horizontal.

Durante siglos se cazaron en batidas comunales que constituían un acontecimiento colectivo de relevancia popular. Era toda una empresa comunal; por eso se llamaban ‘monterías comunales’ o ‘batidas concejiles’, a las que cada vecino contribuía obligatoriamente con un ba-tidor. Había fechas fijas para estas batidas, que llegaron a tener lugar un día a la semana (el sá-bado, normalmente), como ocurría en Galicia ya en el siglo XI. Llegaban a reunirse varios cientos de personas de diversas aldeas que recorrían el monte batiéndole con perros y que se distribuían en grupos organizados y dirigidos por un funcionario que en casi todos los pueblos había: el montero o alimañero municipal. La asistencia a ellas era obligatoria para todos los vecinos válidos, como si de un servicio social más se tratara, como el de arreglo de caminos o limpieza de ríos. Realmente eran más aparatosas que eficaces y nada rentables; pues se perdía mucho en jornales, comida y otros gastos y eran pocos los lobos que se abatían.

Sentado dejo todo lo anterior como cosas del pasado, con todas esas actitudes y prejuicios propios de mentes ignorantes, creencias y supersticiones de épocas anteriores de donde procede la mayor parte de los dichos y refranes que me proponía exponer y que ya, por falta de espacio, que el lobo se comió, dejo para el próximo artículo. Hasta entonces.”

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4599/38434007854_5ecb9a0d69_o.jpg


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Comentarios:
Impresionante acervo el que se vislumbra tras el interesantísimo artículo con el que nos obsequia don Hilario Peraleda y hermosa la introducción de don José María Arévalo.
Sinceramente se me ha hecho corto, una vez introducido en el apasionante tema del que trata, el lobo; creo que no se ha escrito más sobre animal ninguno, pero siempre se agradece una exposición repasando y recordando alguna pincelada de la inconmensurable cantidad de leyendas, mitos, supersticiones, influencias en diferentes culturas y datos científicos que de nuestro histórico compañero de andadura hemos recopilado, oído contar, leído y en alguna privilegiada ocasión vivido.
Esperando la próxima publicación dejo mi saludo por los electrones de "la red"
Enlace permanente Comentario por José Luis Méndez González 12.01.18 @ 22:13

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