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Huellas de la caza en el campo del lenguaje. VII. Pinceladas cetreras

Permalink 30.11.17 @ 07:26:35. Archivado en Artículos

( Garza azul. Acuarela de James Williamson en pinterest.cl) (*)

Por Hilario Peraleda Navas. Introducción de José María Arévalo

Hilario Peraleda nos cuenta, en nuevo artículo que titula "Pinceladas cetreras", tras una introducción sobre una curiosa leyenda sobre cómo fue que donó el rey de León y Castilla, Sancho I, el Condado de Castilla a Fernán González, varios de los dichos y refranes de su libro, cuyo título da nombre a esta serie, con los que nos viene ofreciendo una serie de expresiones que, tomando como base de partida algún elemento relacionado con la caza, nos envía mensajes sobre nuestro comportamiento: hoy empieza por Aunque el águila vuele muy alta, el halcón la mata, para pasar a Riza de tagarote, con una ampliación sobre la palabra riza, y finalmente glosar la expresión Hacer la cortesía. Veámoslo.

Cuenta la leyenda que el rey de León y Castilla Sancho I “el Gordo” o “el Craso” convocó cortes y mandó acudir a ellas a todos sus condes, incluido Fernán González que fue molesto por tener que ‘besar’ la mano ‘a otro’. En el encuentro, el Rey se encaprichó del azor ‘de ojo de fuego’ y del caballo del Conde, quien tras mucho insistir no pudo negarse a vendérselos, ajustándose el precio ante muchos testigos, en mil marcos de plata pagaderos en una fecha acordada y con una cláusula que gravaba el precio el doble cada día que se sobrepasara de aquella fecha. Pasados tres años sin haber hecho efectivo el pago, se le requiere al monarca el mismo y a la hora de hacer cuentas era tal la cantidad que le adeudaba al conde que, en pago, le donó el Condado de Castilla en forma de estado autónomo.

De ser cierto, los hechos ocurrieron en el año 958 y no se alcanzaría la independencia plena como Reino de Castilla hasta 1035, en la persona de Fernando I, segundo hijo de Sancho III el Mayor, 65 años después de la muerte del Conde. Esta conocida leyenda de El Buen Conde (hay otras variantes) que parece ser la más aceptada y que supuso el primer paso hacia la independencia del Condado os la pongo como entrada a la sesión correspondiente al día de hoy, dedicada a tres expresiones propias de esta modalidad de caza y que paso ya a desarrollarlas.

Aunque el águila vuele muy alta, el halcón la mata. Debería sustituirse águila por garza, ya que las águilas, si son atacadas por los halcones, suelen matarlos; porque no es su natural, aunque se han dado casos de ser cierto lo que se dice en el enunciado. Así se narra en Floresta española, de Melchor de Santa Cruz de Dueñas, que el rey D. Felipe I el Hermoso ordenó cortar la cabeza a un halcón que fue tras un águila y la mató, añadiendo: “Nunca nadie contra su señor”. En otro lugar del mismo texto se dice que fueron las alas las cortadas.

El dicho advierte a los engreídos, de los peligros del orgullo, recordándoles que siempre habrá alguien que “vuele” más alto que ellos o que no hay enemigo pequeño. También alude imagi-nativamente, al juego amoroso de la dama y el caballero. Como se apuntaba al comienzo, este otro: “Aunque la garza vuela más alta, el halcón la mata” tiene más sentido, por ser lo más fre-cuente y normal que suceda, particularmente si el halcón está hecho a ello (garcero); aunque no es tan fácil conseguirlo por no ser la garza tampoco su ‘ralea’ natural. El refrán indica, como el anterior, el futuro que aguarda a las personas orgullosas.

Riza de tagarote. Es el remate de una cita más amplia donde se recogen las características más destacadas y deseables de cada una de las diferentes subespecies y/o variedades de halcones más empleados en la caza con aves, según el parecer de los mejores cetreros de la época de oro (Edad Media y Moderna) de este modo de caza, en un afán de lograr o conformar en una sola el halcón ideal y porque no es posible, se saca que a todas las criaturas les falta algo o que deseamos algo más en ellas. La cita completa es: “Alas de neblí, corazón de baharí, cabeza de borní, manos (presa y garra) de sacre, cuerpo de gerifalte, ojos de alfaneque y pico (riza) de tagarote”. Las palabras entre paréntesis se deben a Juan Vallés (1556) que modifica así las que recogió, años antes, Hernán (Fernando) Núñez de Toledo y Guzmán, “El Pinciano”, por su lugar de nacimiento y “El Comendador” o ‘El Comendador griego’, por serlo de la Orden de Santiago y catedrático de esa lengua en Salamanca, en su obra: Refranes o Proverbios en Romance.

Digamos algo sobre la palabra tagarote que nos trae hoy aquí. En un párrafo de la “Historia de la vida del Buscón”, de Quevedo: “¿Quién será ese tagarote escuderón?” y la explicación del término: “Suelen llamar tagarotes unos hidalgos pobres que se pegan a donde pueden comer y esto, si hallan, que harán buena riza”. De aquí se deduce que toman tagarote por comilón o tragón necesitado, como de forma parecida recoge el DRAE. Pasando ya al propio halcón diré que está considerado como una subespecie, “Falco peregrinus pelegrinoides”, del halcón peregrino, que se cría en el norte de África. En un sentido amplio se pueden incluir también como subespecies del mismo el h. neblí y el baharí, F.p. babilonicus y F.p. pelegrinator, respectivamente; pero también puede separarse el tagarote como F. pelegrinoides, elevándolo a especie. Este halcón es el baharí de África, el más pequeño de todos los halcones de plumaje rojizo, que disfrutó de merecida fama por la velocidad y agilidad de su vuelo. Los ingleses le llaman “Barbary Falcon” y entre nosotros se le conoció por “halcón de Berbería”. Los árabes le designan con el nombre de “shahin”, palabra persa que significa “el que vuela en las alturas”. En general se llama así a los halcones tagarotes y al h. baharí de la India, Black Shahin. Se insiste en afirmar que son los halcones más ágiles y veloces del mundo.

El citado Vallés alaba su forma de trabajo destacando su característica más sobresaliente: “riza de tagarote”, objeto del presente análisis, añadiéndole las de su gran agilidad y capacidad para matar (hacer riza), es decir, causar gran destrozo y mortandad en los ataques a sus presas y explicando que, dentro de los verdaderos halcones, es el de menor tamaño y que, a veces, nos llega de África a Andalucía. “Todos los baharíes… y tagarotes son muy buenos perdigueros, porque su ligereza se muestra más a poca altura, aproximando el pecho al suelo con estilo muy hermoso y vuelan, por tanto, bien el alcaraván”. Además de su pequeño tamaño, el color de su plumaje es único, tirando a amarillento. A todos los baharíes llaman en Francia “halcones gen-tiles” y en Aragón “monterís” y desgranando más sus características: “factura como la del neblí, que tenga derribadas las espaldas, mucha carne, gran cuja, buen zanco y gran mano y los dedos, largos y delgados y grandes ventanas nasales”. Por ello los evoca Baltasar Gracián en su libro, El héroe: “Pero hoy, también perdidos de ingenio como de bienes, pródigos de agudeza para presas sublimes, tagarotes para las viles águilas” y al respecto, nos dice el Canciller Pero López de Ayala en el prólogo a su “Libro de la caza de aves”: …”un halcón tagarote toma una grulla que es muy grande y fea; también derriba el cisne y la avutarda y la cigüeña y el ánsar brava y las embaraza en tal manera que un galgo traba de ellas y las contiene hasta que el cazador llega y las recoge”.

En relación con la etimología de tagarote es el mismo Canciller, Pero López de Ayala quien dice proceder del árabe o bereber, ya usado por los cetreros medievales y en desuso actualmente y el que lo describe como propio de Berbería y Asia Anterior (Menor), algo menor que el halcón noble ibérico (baharí) y aún más pigmentado que este; pero comparable en complexión y arrojo. Afirma J. Vallés que toma el nombre de “unas montañas que están sobre una ribera que se llama Tagaros Matagaros … y a esta causa, como he dicho, llaman a estos halcones, tagarotes”. Covarrubias: “Díjose de una ribera que está en África, dicha Tagarros, junto a la cual están unas peñas donde se crían estas aves”. Quizás ambas explicaciones estén extraídas del Libro de Cetrería de Juan de Sahagún (1450), en el que hablando del falcón baharí tagarote se lee: “estos crían en África en la ribera de un río que llaman Tagaros y esta va cubierta de arena y corre el agua debaxo y los hombres que viven cerca desta ribera cavan en el arena con la mano y fallan el agua y cógenla y dicen que es muy sabrosa el agua y en la ribera desta agua están unas peñas muy altas y en estas peñas crían estos baharís y llaman a estas peñas, las peñas de tagaros, por esto llaman a los halcones baharís, tagarotes…”. Otros opinan que viene del árabe “tagraret”, nombre de varias ciudades y fortalezas africanas. Roque Barcia en su Diccionario etimológico: “Juzgo que tagarote es una alteración de ‘tahurtí’, adjetivo de Taher o Tahert, nombre de una ciudad muy conocida, cerca de la cual hay dos ríos, como se ve en Becri. DOZY”. Un tal Evangelista, en la pg. 229 de no sé qué texto (según nota que tengo recogida) escribe, con cierto humor, lo que sigue: “¿Quieres saber por qué se llaman tagarotes? Preguntágelo, que a mí nunca me lo han querido desir… La causa, porque todos tienen las cabeças prietas (negras) es porquel primero que caçó con ellos fue un escrivano y como sean falcones desaprovechados, tanto se dio a ellos que vino en necesidad de no tener para les comprar capirotes, de manera que les traya puesto su tintero en la cabeça y si alguno le demandaua algund testimonio de algo que antel pasaua, no gelo osaua quitar por quel falcon no se debatiese y asy empobreció que no tenía que comer; de manera que con la tynta del tyntero quedó con la cabeça prieta y desde entonces todos salen cabezprietos”.

Devolviendo el turno a Riza , palabra que abre el artículo, Francisco Bernis en su “Diccionario de nombres vernáculos de aves” le da significado de “desenvoltura”, quizá tomado del propio Vallés y que el DRAE no contempla. Convendría tomarlo por “destrozo o estrago”, como se expresa en “hacer riza” que sí se encuentra en nuestro diccionario y en otros muchos textos de los que se extraen algunos ejemplos: Además del citado párrafo de El Buscón, Covarrubias la tiene como “destrozo”. El DA (Diccionario de Autoridades): Vale también el destrozo y estrago que se hace en alguna cosa. “De este destrozo y riza, redundó la mohína” (enojo, disgusto, tristeza) en El soldado Píndaro, de Gonzalo de Céspedes. “Envió por este tiempo los vándalos y los alanos, que entraron en ella haciendo gran riza y estrago”. Padre Pedro de Ribadeneira en Flos Sanctorum. Vida de San Jerónimo. En una anotación aclaratoria explica F. Rodríguez Marín en Refranes castellanos: ‘No risa, que dice Sbarbi, sino riza o destrozo, lo que malamente suelen designar los periódicos “razzia”, sin percatarse de que tenemos en casa término propio, aunque olvidado, con qué decirlo’. En el mismo sentido se comenta en otra nota de El diablo cojuelo, de Luis Vélez de Guevara, lo que significa riza; en el texto se lee: ‘y apelando a espada y capa (don Cleofás) y el Cojuelo a sus muletas, hicieron tanta riza en el montón…’ y el comentarista escribe: ‘Si nuestros periodistas no hubieran olvidado que en castellano tenemos la palabra riza que significa destrozo o estrago que se hace en una cosa y la frase “hacer riza”, causar destrozo y mortandad en una acción de guerra, es seguro que no acudirían a cercado ajeno por la palabra razzia ni por la frase hacer razzia, con lo cual lograrían tres cosas buenas: hablar en castellano, ahorrarse comillas o letra y evitar que algún malpensado sospeche que el decir razzia es indicio de no conocer la palabra riza. En otro lugar del Etimológico de Corominas encuentro la palabra ‘derriza’ que en lugares de Salamanca aplican a destrozo o matanza (de los lobos en las ovejas, etcétera) que atribuye a Lamano y del mismo diccionario son las siguientes citas: ‘Comienzo a esgrimir mi espada…y…en un pequeño rato hice tal riza dellos, dando a diestro y siniestro, que tomaron por partido apartarse de mí algún tanto’ (continuador anónimo del Lazarillo, 1555). “¡Bravo toro es este! / Veisle, en el arena escarba; /él hará más de una riza, / no se dormirá en las pajas”. Lope. Los Vargas de Castilla. “Grande es el daño, grande la perdición, grande la riza que el demonio hace en la juventud”. Alfarache, de Martí. Pero sin duda, lo que mejor justifica su significado de hacer daño o causar destrozos, son unos fragmentos del texto de la Ilíada en los que Homero pone en boca de Zeus y de Aquiles unas palabras que dirige el primero a Hera, su hermana y esposa: “En la próxima semana verás, si quieres, ¡oh! Hera veneranda, la de ojos de novilla, cómo el potente Cronión hace gran riza en el ejército de los belicosos argivos” y en otro donde el segundo, tras matar a Licaón, el hijo de Príamo, maldice a los troyanos: “Ojalá perezcáis los demás teucros mientras llegamos a la sacra ciudad de Ilión, vosotros huyendo y yo detrás haciendo gran riza”. Como broche de cierre a esta larga exposición tenemos el dicho popular ‘armar una derriza’, que significa: Destrozar. Romper y desordenar una cosa. Cortar y romper sin orden.

Todo ello para decir que el tagarote es el halcón, entre todos los demás, que con su pico, más y mejor mata y destroza (despieza) a sus presas.

Hacer la cortesía. En Cetrería es permitir a las aves de caza (presa), particularmente a los halcones, tomar una pequeña porción o bocado exquisito de cada pieza cobrada y sobre esta misma. Equivale a lo que en la Montería clásica o tradicional se conocía como “Derecho de los perros”, que era el bandullo o vísceras de una res que se les daba a comer cuando participaban en el lance final de su caza.

Se trata de un sencillo protocolo con el que se da cumplida respuesta y plena satisfacción al ave, como premio a su laboriosa actuación que culmina con el abatimiento y captura de la víctima. Ello supone un estímulo, como una lección más, para fijar o afianzar el aprendizaje del ave en cuestión, por tratarse de algo muy apetitoso para ella, que la relaja, tranquiliza y, al tiempo, satisface, que no sacia (por eso es pedacito); pues quizá haya de continuar cazando y no lo hará sin hambre. Dicho premio o bocado suele consistir en una pequeña cantidad de los sesos y parte del tuétano o el corazón y menudillos del ave recién capturada, muy del gusto de la cetrera triunfadora a la que, por ello, se le ‘hace cortesía’. A esta exquisitez se llamó sainete, diminutivo de saín, grosura de un animal, gordura, procedente del latín vulgar ‘saginum’ y este del latín ‘sagina’, de igual significado. La 1ª doc. que se tiene de esta palabra data del siglo XIII, encontrada en un arancel de artículos importados y en vista del sentido de ‘sainete’, podría sospecharse que entrara como término de los halconeros franceses. En el XIV López de Ayala, lo menciona en el ‘Libro de la caza de aves’. El portugués Fernández Ferreira (principios del XVII) escribe en ‘Altanería II’: ‘Los cazadores famosos para tener las aves amigas, hacen sus dulces, a los cuales los castellanos llaman sainetes’. Covarrubias y después el DA lo definen como ’el pedacito de gordura de tuétano o sesos que los halconeros o cazadores de volatería dan al halcón o páxaro cuando lo cobran’. Díjose luego, por extensión, de ‘cualquier bocadito delicado y gustoso al paladar’, del ‘suave y delicado sabor de un manjar’ y de ‘cualquier cosa que mueve a la complacencia’ y por último y figuradamente, a modo de postre o guinda de la tarta: pieza dramática jocosa en un acto que antes se daba después del segundo acto de una comedia y posteriormente, al final de la misma en las representaciones teatrales a partir del XVIII, sustituyendo al entremés, aunque en realidad no son lo mismo; pues comparada una representación clásica de nuestro teatro con una comida abundante, la correspondencia sería: la loa, al aperitivo; los tres actos de la comedia, a los tres platos fuertes (entre acto y acto, como entre plato y plato, los entremeses) y de postre, el sainete. Por tratarse de un bocado exquisito y pequeño que se daba al ave al final de un trabajo más o menos fatigoso, pasó así a ser el origen de nuestro sainete teatral, regalo dulce, agradable y corto (breve) que relaja al espectador después de la obra representada. Dejo servido el ídem, disfrútenlo.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4524/24492801108_fd885727b7_o.jpg


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Comentarios:
No cabe duda que en este nuevo artículo de Huellas de la Caza, tema que vengo siguiendo y leyendo con sumo gusto, su autor hace un verdadero alarde de conocimientos, no ya bien engarzados y documentados sino también de muy agradable lectura incluso para el lector no cazador; así y sin perder el hilo conductor de tales “huellas” nos viene introduciendo, a través de sus escritos, en épocas pasadas donde la caza era una actividad propia de la nobleza, a la vez que la va ligando con un rico refranero más propio del pueblo llano, en el que se trasmite el saber popular valido, en su tiempo, para las clases bajas y altas. Todo lo cual nos trasporta a un mundo preñado de historia y cultura que aviva el espíritu.
Enlace permanente Comentario por Rafael López 02.12.17 @ 21:12

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