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La Cruz de la Santa Sede, a Jiménez Lozano

Permalink 19.11.17 @ 07:25:08. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( José Jiménez Lozano)

José Jiménez Lozano recibió el pasado día 4 la Cruz Pro Eclesia et Pontifice que le ha concedido la Santa Sede por una obra fecunda, magistral y sustentada en la tradición humana y cristiana de Europa. Se la impuso el cardenal Ricardo Blázquez, arzobispo de Valladolid, quien propuso al papa Francisco esta concesión, y para el que la vida y la obra del narrador, poeta y ensayista José Jiménez Lozano (nacido en Langa, Ávila, en 1930, y unido a Valladolid desde que termina, en el Instituto Zorrilla, los estudios de bachillerato, para licenciarse en Derecho y regresar, tras breve estancia en Madrid donde se titula como Periodista) «son una lección elocuente de cómo el cultivo de las raíces humanas y cristianas de Europa es fecundo para acertar en la encrucijada del presente». Como un «discípulo de la verdad y la belleza», Jiménez Lozano se ha manifestado a lo largo de una obra que es demostrativa de que «lo auténticamente humano y cristiano no tiene fronteras, es universal». «Es un reconocimiento merecido -dijo también el Presidente de la Conferencia Episcopal en el acto de entrega, en el Palacio Arzobispal de Valladolid -, signo de nuestra gratitud y también de esperanza».

«Produce asombro la amplitud de su obra escrita», galardonada con los principales premios de las letras hispanas, entre ellos el Cervantes que recogió en 2002 y que ha compatibilizado con una labor periodística que tuvo en la cobertura del Concilio Vaticano II, en tres periodos, uno de sus puntos culminantes. El pasado como fuente de inspiración -dijo también Blázquez-, el estudio de personajes como San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y Fray Luis de León, y su protagonismo determinante en la génesis y configuración de las exposiciones de Las Edades del Hombre, configuran un verdadero intelectual que siempre ha actuado como discípulo de la verdad, del bien y la belleza». La Cruz Pro Eclesia et Pontifice fue instituida en 1888 por el papa León XIII para premiar la fidelidad a la Iglesia y servicios a la comunidad eclesial por parte de clérigos y seglares.

Jiménez Lozano dedicó su contestación a recordar la génesis de Las Edades del Hombre, con un recuerdo muy especial al sacerdote José Velicia, con quien urdió y puso en marcha este proyecto cultural y religioso, y a glosar o rechazar el calificativo de escritor o novelista católico, discurso que por su gran interés reproducimos ahora. Yo recuerdo una conversación que tuve con él a principios de los setenta sobre la santificación del trabajo, a raíz de un artículo suyo en El Norte, en la que me comentó su atracción por el calvinismo que con su doctrina sobre la predestinación fomentó el interés por el éxito profesional. Era una época aquella en que ya se había moderado su fama de “enfant terrible” por sus críticas en la época del Vaticano II. Su primer libro, “Un cristiano en rebeldía”, publicado en 1963, es precisamente una selección de sus artículos periodísticos como corresponsal en el Concilio Vaticano II de El Norte de Castilla y también de la revista Destino, en la que aparecieron sus crónicas y artículos en una sección titulada “Cartas de un cristiano impaciente”.

En 1965 se había incorporado, tras muchas colaboraciones, a la Redacción de El Norte de Castilla, donde desempeñó el cargo de subdirector a partir de 1978, y de director desde 1992 hasta su jubilación en 1995. En 1966 apareció su primer libro-ensayo, “Meditación española sobre la libertad religiosa”, que surge de las preguntas que el autor se plantea acerca de «ciertas reticencias, un cierto escándalo y hasta una cierta oposición al espíritu conciliar del Vaticano II» y que le conducen a una reflexión «amplia y libre en torno al sentimiento religioso español en general y, más concretamente, en torno al sentimiento de la libertad religiosa, como una especie de encuesta religiosa en nuestra historia.»

Entre 1961 y 2016 publicó más de sesenta títulos entre novelas, ensayos, poemarios, diarios y cuentos. En 1988 recibió el Premio Castilla y León de las Letras, y a partir de 1995 (año de su jubilación de El Norte de Castilla), el ritmo de las publicaciones del autor se acelera, con la aparición de once novelas. En 1999 es distinguido con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. En el año 2000, recibe el Premio Nacional de Periodismo «Miguel Delibes» por su artículo titulado «Sobre el español y sus asuntos», y en 2001 es designado Patrono del Instituto Cervantes. En diciembre de 2002, se le concede el Premio Cervantes de Literatura en Lengua Castellana

Como un «don y un regalo» que le deja «agradecido y endeudado», recibió Jiménez Lozano la cruz pontificia delante de un centenar de personas entre las que destacaba la esposa del escritor y sus tres hijos. Esta fue su intervención:

“Es un don y un regalo, una gran la liberalidad de Su Santidad el Papa Francisco y de la Santa Sede realmente, la distinción que se me ha concedido, y me deja agradecido y endeudado. Y es así porque, por mi parte, no he llevado a cabo sino mi tarea de escritor y periodista inserto en la antigua historia de las letras europeas y españolas y católicas que han estado abiertas a las preocupaciones religiosas y culturales, y han sido corrientes en España hasta hace no tanto tiempo, y necesariamente no sin que hasta la lengua se haya resentido, como ya nos dijo Mandelstam que había ocurrido con el ruso en los tiempos del enciclopedismo agresivo.

Pienso luego que esta distinción tiene que ver con aquel nuestro antiguo proyecto ya realizado de “Las Edades del Hombre” y quiero recordar de manera especial a don José Velicia a quien debió de ir o hubiera ido sin duda esta distinción que hoy se me hace , a doña Eloísa Garcia de Wattenberg, a quien ya se concedió esta misma distinción papal que ahora se me otorga a mí, al arquitecto don Pablo Puente y los otros amigos que plasmaron la idea que llamamos como digo “Las Edades del Hombre”, en la que colaboré y que se hizo posible gracias a la acogida de los señores obispos de esta Archidiócesis y de la Junta de Castilla y León.

La exposición permitió a muchos habitantes de estas tierras de la meseta y otras tierras españolas conocer el patrimonio de la Iglesia de Castilla y León, y reconocer obras de arte que habían servido al culto y que eran suyas, y ellos se sentían siendo más por ellas y su significado, lo que es el propósito de la cultura, y esto es de primera importancia. Así que se tuvo la idea de abandonar la forma académica de mostrar el arte, encarnando en él el quicio sobre el que giraría un tiempo o una historia dramatizados. La visión de pintura y escultura, combinadas con unas cuantas informaciones la música y los libros, haría que, el visitante tuviera una especie de encuentro singular con todo ello, en un ámbito más o menos llamativo. Hicimos una especie de ensayo y resultó que acertamos.

Realmente todo era una gran novedad, porque el arte en Castilla ha sido víctima de la desamortización, en algunas zonas de la guerra civil, y las más veces de la incuria. Nos hemos llegado a encontrar unas tablas flamencas de escalones de la subida a la torre en una iglesia abandonada hacía años, pero también nos hemos encontrado maravillas en los conventos de clausura y aún en parroquias, sumamente cuidadas.

Como yo era escribidor y periodista, y había alborotado un poco con la corresponsalía en Roma en algunas temporadas del Concilio, y todos los amigos éramos italianizantes, hice algo parecido a un guión y por ahí, los demás amigos dieron las vueltas que les pareció, y sin duda resultó algo hermoso. Pero no tengo ningún título especial al respecto de estas exposiciones, como no le tengo el de llevar el honor o el sambenito de novelista católico.

”No hay novelistas católicos, si lo sabré yo que soy uno de ellos”, decía Monsieur François Mauriac, pero entre nosotros, nadie menos que don José Ortega y Gasset se empeñó en llamar una pintura religiosa al retrato de la Madre Jerónima una monja aristócrata toledana, pintada por Velázquez

Pero Fue el Papa Gregorio I (590-604) el que afirmó enérgicamente que las pinturas no son sacramentos ni epifanías divinas, sino asunto de este mundo, cosa de hombres. De manera que esto fue lo que hizo que en Occidente no haya habido pintura o arte religioso o sagrado, en sentido estricto, como en el Oriente cristiano, y que la literatura esté, en la misma relación con el cristianismo, que el arte y la cultura entera, de manera que el tema literario o los personajes novelísticos no hacen que una obra literaria sea católica y como han mostrado Pierre de Boisdeffre y Mons. François Ducaud-Bourget, nadie daría un ochavo por la simple ortodoxia de cierta literatura con ese nombre por lo cual rechazan la fórmula de “escritores católicos” y utilizan la de “católicos de literatura” o “en la literatura”.., si es que alguien necesita estos nominalismos.

El asunto es completamente distinto, pongamos por caso, si hablamos de una escritora como Flannery O´Connor, que es una mujer de un talante vital y cultural católicos, diríamos que como Rubens, y no hace falta hacer muchas investigaciones históricas para preguntarse cómo podría dejar de ser católica la visión de Shakespeare, y cómo no podría serlo “El Paraíso perdido” de John Milton; y es de talante católico el mundo literario de Gabriel Miró pero el mundo de Azorín, tan español como el de Miró, está mirado, a veces, con ojos bien distintos, casi perfectamente laicos, como los de la Institución Libre de Enseñanza.

Cuando Flannery O´Connor fue preguntada por la crítica sobre su denominación católica, que resultaba ambigua en su mundo, dio las explicaciones de Jacques Maritain que escribía simple y sencillamente, como ya lo había hecho Santo Tomás de Aquino, que un artista cristiano era quien se mantenía en el desempeño de un hábito del intelecto práctico y no del especulativo al que pertenecía la teología, y su deber era contar historias convincentes de seres humanos, fuesen éstos quienes fuesen. Lo que la misma Flannery O´Connor dio en versión literaria a sus lectores: “No hay vez que piense en el novelista católico y en sus problemas sin que me venga a la memoria la leyenda de San Francisco y el lobo de Gubbio. Cuenta esta leyenda que San Francisco convirtió a un lobo. No sé si lo convirtió de verdad ni si el carácter del lobo mejoró mucho tras su encuentro con San Francisco. En cualquier caso, se sosegó una barbaridad. Pero la moraleja de esta historia, al menos para mí, es que el lobo, pese a la mejoría de su carácter, siguió siendo un lobo… No importa cuánto pueda contribuir la Iglesia a la mejora de su carácter; pero, si es novelista, debe seguir siendo fiel a su naturaleza como tal”.

Flannery O´Connor podía decir así las cosas, sencillamente por su ascendencia y ambiente familiar y social de americana irlandesa, una fe y un talante católicos, como es mi caso, pero incluso un no creyente, como Santayana puede también tener un talante cultural católico y escribir de sí mismo:”Era hijo de la cristiandad; mi herencia procedía de Grecia, de la Roma antigua y moderna, de la literatura y filosofía de Europa. La historia y el arte cristianos contenían todas mis mediciones espirituales, mi lenguaje intelectual y moral”. Y desde luego es más que dudoso que alguien en relación con lo que es cultura pueda prescindir no ya de personalidades y obras tan fundantes en ciertos aspectos de la poética y de la formulación estilística como las de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, o del Maestro fray Luis, los maestros salmantinos o Vives, pero tampoco podría dejar de ser heredero de una cierta manera de humanidad. Y el historiador ruso, Grígori Pomerants asegura, por eso, que en la Rusia del siglo XX. “el cristianismo comenzó para millones de rusos con la lectura de “La casa de Matriovna” de Solzhenitsyn, que no aborda un tema cristiano, ni el cristianismo aparece allí invocado en ningún aspecto, pero está en la entraña misma de la lengua y del significado de una estructura narrativa. Y no es tampoco posible olvidar que la narración es un invento bíblico.

No creo haber ido nunca más allá de esto. De manera que el regalo y consideración personales que acabo de recibir con esta distinción papal sólo podría relacionarlo en un sueño o con un cuento que pudiera imaginar protagonizados por un Papa, hablando con Matriovna que tenía una casa medio caída, una cabra y un gato cojo, pero era feliz tranquila, o hablando también con otros personajes de mis cuentos como la señora Claudina o el Licenciado Palacios, tío de la mujer de Cervantes, al que trajeran una medalla del Papa pasando por Constantinopla. Pero ocurre que esta es una distinción Papal verdadera, y le ruego entonces , señor Cardenal, que Su Eminencia reciba y comunique donde se conceden estas distinciones en nombre del Santo Padre, para que se acepte mi desconcertada y profunda gratitud, aunque precisen tanta liberalidad al menos, como supone el hecho de que me haya sido concedido este honor. Muchas gracias.”


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