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Palomas torcaces (salvajes) en la ciudad

Permalink 31.10.17 @ 07:29:43. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

( Palomar en el Campo Grande. Acuarela de J. M. Arévalo) (*)

Siempre he dicho, y lo mantengo, que nadie ama más a las especies cinegéticas que los propios cazadores -no carniceros-. Esa especie de lucha entre caza y cazador, se me antoja que tiene alguna similitud con los torneos medievales. Caballeros, supuestamente enemigos, pero caballeros, entablaban combate en noble lid. Lid entre moros y cristianos; entre caballeros cristianos entre sí; y los de un reino contra otro, sin más motivo que demostrar de qué parte estaba la mayor fuerza valor, o heroísmo. Las más de la veces, sin rencor alguno entre los contendientes; e incluso sin otro fin que el de ofrecer cada cual a su dama la destreza de su brazo y la caballerosidad en el combate. A espadazo limpio sí, pero en nobilísima lid con estrictas reglas de “juego”. Difícil, si no imposible de entender a 500 o más años de otra civilización tan diferente a la actual nuestra.

El cazador que conozco, porque fui uno de ellos, entablaba combate –no tan desigual como los animalistas dicen- entre la pieza salvaje y el cazador de ella. Las armas de la primera (las especies cinegéticas) son y fueron la astucia de un instinto de conservación que llevan en los genes desarrollado en grado difícilmente igualable. Las del segundo, el cazador, antes de usar la caña que escupe fuego, o la flecha, o ni eso antes, es la inteligencia. Sólo quien lo ha vivido intensamente puede dar fe, de la nobleza de esta noble lid. De los que prescinden de ella o, carniceros, (matan por matar) con artimañas traicioneras, no se trata.

Quisiera tener la habilidad descriptiva suficiente para introducirlos en escena: El cazador, que planeada la jornada el día anterior o antes de entregarse al sueño, sale de casa hacia el cazadero de noche o con las incipientes claridades del alba. A medida que se acerca al hábitat de las cazas, revisa arma y munición; ajusta el equipo; vuelve a atar y acomodar el calzado bien sujeto a los pies; recoloca el sombrero o visera sobre la cabeza. Y, sigiloso…, da inicio a la aventura que, no por conocida, es nueva cada día; como nuevo es el contrincante en el acostumbrado torneo, combate singular. Ora otea el horizonte, comprueba la dirección del viento, o rebusca ojo avizor las huellas de la caza sobre el terreno.

Lo que al profano nada le dice, al cazador el terreno que pisa cuidadoso es un libro abierto donde todo lo referente al “torneo” está escrito con señales cuasi imperceptibles para el humano de asfalto. Para él indelebles. Palpa la cama de la liebre bajo unas escobas y comprueba al tacto si conserva aún el calor de la rabona. Con el cuidado que el caballero observa armas, cabalgadura y protección del adversario, penetra la vista del cazador las retamas en el perdido, refugio seguro de la pieza tan ansiada.

Si el cazador es minucioso en su oficio alimentado por la inteligencia, no lo es menos el de la pieza en el instinto de conservación. Ha olido la presencia del hombre y la antena en las orejas tiesas le comunica el lugar y situación del peligro. El combate ha comenzado. Momentos de tensión en los que todo es importante. Por parte del cazador, el caminar silencioso; con el cuidado sumo de no pisar ni la ramita más pequeña que al chascar denote su presencia y lugar exacto donde se encuentra. Por parte de la pieza, la quietud absoluta, para que, mimetizada con el terreno con el color ocre de la piel, pase inadvertida a los ojos del halcón humano. Rastrea luego las huellas, se introduce en el perdedero y no obstante sus barruntos y conocimientos, de forma inesperada ¡salta la liebre! Tan veloz es la carrera y tal la sorpresa del cazador que cuando encara el arma, no pocas veces la pieza se pierde entre las retamas o la maleza del terreno, que es, junto a la velocidad y quiebros, la natural defensa de ésta y otras especies. El fracaso inicial no obsta al cazador para que haga en él presa el desánimo. Prosigue el torneo:
Junto a la ribera del padre Duero, ha visto el lugar donde las perdices barqueras han tomado baños de arena. En caminar siempre sigiloso las huellas que vio son ahora realidad. En la tierra ligeramente rojiza cabe el río, las patirrojas se bañan en forma tan curiosa y original como única.

Escarban primero hasta formar una pequeña oquedad que la imaginación del cazador convierte en bañera. Con movimiento simultáneo de patas y alas, una densa nube de arena fina, rocía el plumaje con vivos colores de las pechugonas. Porque tierra pulverizada y pulgones parásitos no tienen cabida juntos, los últimos con los impactos de sílice menudo huyen despavoridos. El baño ha finalizado.

Mientras el de la escopeta en ristre procede a la aproximación, el cántico insistente de otras primas hermanas de las recién bañadas, lanzan el grito (“¡cha-cha-racha!”) con que alertan del peligro. Cual meteoros desprendidos de una galaxia, la vibración sonora, inconfundible, del vuelo en huída hacen que el cazador enderece el cuerpo y, paciente, pero contrariado, prosiga la andadura. En la cortadura de las derroñadas que se desploman en la ribera opuesta se alinean las barqueras como las bolas de un ábaco en la escuela. Así como la barca salva el obstáculo del importante caudal de agua, las piezas de caza más codiciadas han encontrado la salvación en el cruce del río. Perdices, pues, barqueras, porque el nombre les cuadra. Al igual que los caballeros erraron en la primera embestida, contempla el cazador burlado la belleza ante sus ojos avizores.
De pronto el más absoluto silencio, hace sonoro el ambiente por el que se mueve el cazador.

La brisa tenue de la mañana susurra entre las hojas verde y plata de los álamos canciones sublimes que sólo conoce quien, como el cazador, ama el campo y la naturaleza toda. Nadie como él, que también ama las especies objeto de tan singular combate, sabe a qué puede deberse el repentino silencio. Y si los brillos del sol naciente que se despereza tras la dormición tras el páramo, no le permitieron mirar a lo alto y observar cuanto en el cielo acontece, el grito de combate del halcón le explica –maestro de las alturas- el porqué de quietud tan completa. El cha-cha-ra-cha de las perdices enmudece repentinamente; y hasta las torcazas salvajes que se arrullaban amorosas entre la espesura, dejan sus amores en vuelo alborotado, vibrante, ante la pasividad del cazador absorto en el nuevo combate en el que cedió protagonismo a las rapaces carniceras.

Con la mano que prolonga la visera, observa el grandioso y tremendo espectáculo: el último grito del halcón coincide con el choque impresionante que se da en el aire. Una llamarada roja y azul es el resultado de la presa entre las garras poderosas de la rapaz con una de las barqueras que, desorientada por los peligros en ambos lados de la ribera, huye sin saber a dónde. Fue el último vuelo, interrumpido, de la estrategia que les da nombre. El ábaco se ha roto y las bolas ruedan –vuelan – en todas direcciones. Es el momento del cazador: aterrorizada una “bola” del bando, entra en el nuevo peligro del campo de tiro del cazador. El eco horrísono del disparo lo repite el eco una, dos, tres veces la oquedad de las cárcavas y caveñas en las laderas. Mientras retumba en la lejanía, aguas abajo del río, un nuevo disparo escupe la caña del cazador: el roedor conejo que mordisqueaba brotes tiernos de yerba junto a la vena de agua que vierte en el gran caudal, por más que huyó del grito de guerra en las alturas y del estampido del arma, no llego a la boca de su refugio, ni aun con los incesantes quiebros en la desesperada carrera. Marca entonces el cazador una señal en la blancura del tronco de álamo donde cayó la pechugona y corre a cobrar la otra pieza que, por inesperada es inesperado trofeo.

Saca entonces del morral el almuerzo y tras el largo “latigazo” a la bota, ve observa y admira cuanto le rodea. Y lo ama. Como el cazador se hizo viejo, comprende ahora más y mejor sus amores. La de la naturaleza toda y todo cuanto vive en ella y al Creador de la belleza y del amor.

La victoria, su victoria, no es completa. El aliado inesperado le hizo combatir con ventaja en un bellísimo torneo. Prosigue su andadura. Mas ahora la naturaleza ha enmudecido. El eco del humano depredador y el grito del amo y señor de las alturas ha despejado de fauna kilómetros de ribera y espesura. Tan absorto y descuidado camina con la compañía en la memoria del lance pasado, que no ve cómo nuevos conejos-roedores, corren raudos y se ocultan en la maleza de zarzas y espinos cuajados de zarzamoras y “mamajuelas”. No ve o no quiere ver a cuanto ama y a la vez persigue. El cazador, hoy ha desentrañado el misterio que parecía incompatible, sin serlo. Y como en vida propia, ve la extraña paradoja de amar al que a la vez ofende. Mientras afuera, en el llano, se aleja de la ribera, mira el cazadero que deja atrás y vive en su interior sin aparente entusiasmo tanta belleza. ¿Y las torcaces en la ciudad?... mañana si Dios es servido.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4488/36998736314_598100a27a_b.jpg


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