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La batalla de Gandesa, nuevo libro de José Mª de Campos Setién

Permalink 12.10.17 @ 07:25:24. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( Foto de la intervención, publicada en el Norte de Castilla) (*)

Don Josemaría de Campos Setién, general de División y catedrático, presentó su nuevo libro “La División 50 en la batalla de Gandesa. El caso del coronel Luis Campos-Guereta”, en la conferencia que pronunció el pasado día 5 a las siete y media de la tarde, en los salones de Capitanía. Del General de Campos Setién hemos publicado en estas páginas varios artículos, por el enorme interés y actualidad de sus intervenciones, la mayoría tomados de la revista Ateneo, institución vallisoletana de la que fue Presidente, y recensiones de otras publicaciones suyas, como el libro “Germán Gamazo. La política por el derecho (y por el revés)”, biografía del abogado, diputado y ministro vallisoletano, y radiografía de los años que le tocó vivir.

La Batalla del Ebro - de la que la de Gandesa es uno de los primeros episodios-, clave en el resultado de nuestra guerra civil, sigue estando de actualidad a juzgar por los muchos artículos que sobre ella se encuentran en la red. De Campos Setién, como explica en el prólogo, no estaba conforme con lo publicado sobre el tema, denigratorio de la 50 División, y concretamente de su jefe el coronel Luis Campos-Guereta, y ha “sentido la necesidad de esclarecerlo, y, con insaciable búsqueda, investigar e investigar, por todos los archivos de España”. La actuación de la 50 División en la batalla de Gandesa aparece ahora completamente distinta de la divulgada, tras esclarecer el ambiente en que se producen los hechos, quién era el coronel de Caballería Campos-Guereta, jefe del 50 División, documentando su trayectoria vital y profesional, la creación de la División, documentando su organización y dotación, su despliegue y situación en la batalla de Gandesa y la actuación de sus miembros en esta batalla, con toda la documentación judicial que se produjo sobre la misma. Y, al hilo del caso Campos-Guereta, se documenta el ambiente de las retaguardias, con el avance del estado de bienestar en la nacional, la instrucción del episcopado y determinación del PNV vitoriano, la dotación real de la 50 División, la Instrucción del Generalísimo sobre la Campaña de Cataluña, y los encuentros y desencuentros de Yagüe con Franco.

Para de Campos Setién, la Batalla del Ebro tiene dos tiempos y una coda. El primer tiempo, dura del 25 al julio al 31 del mismo mes de 1938. Ofensiva republicana, bien concebida por Vicente Rojo, de cuatro Cuerpos de Ejército, con tres Divisiones cada uno, la contención nacional y fijación del frente. Es la batalla de Gandesa. El segundo tiempo, es de contraataque nacional, en una batalla de desgaste, de dos empecinadas y obstinadas fuerzas, para "aniquilar" al ejército enemigo, la una, y "resistir es vencer", la otra, desde 1 de agosto hasta el 16 de noviembre. Y la coda, la explotación del éxito, en la campaña de Cataluña, hasta enero de 1939. El libro se refiere solamente a la batalla de Gandesa, centrándose en la misión imposible asignada al coronel jefe de la 50 División, Campos-Guereta, en condiciones imposibles, de contener la ofensiva republicana, con la envergadura de dos Cuerpos de Ejército, con una División en distendido despliegue, sin fortificar, con carencia de amas automáticas, y formada con retales de varios Regimientos, con personal de reemplazo. Por primera vez queda documentado todo ello en el nuevo libro del general de Campos Setién.

En su versada opinión, nadie podría esperar otro resultado del ataque sufrido por la División 50 que no fuera el que se dio efectivamente, habida cuenta de que no disponía de armas tan necesarias para la defensa como los morteros y los fusiles ametralladores. Y que, para colmo, tenía que cubrir un frente tan extenso que para asegurar una mínima continuidad con las fuerzas disponibles carecía de efectivos desplegados en su retaguardia. Y aún habrá que recordar, para mayor abundamiento, la bisoñez de unas tropas recién incorporadas. Despliegue defensivo que sólo ofrecería cierta posibilidad de resistencia de haber contado con un alto grado de fortificación que protegiera a unos hombres faltos de experiencia y unas armas de por sí limitadas. No obstante, bien mandados, en muchos casos, muchos, entregaron la vida defendiendo sus puestos heroicamente, conteniendo al enemigo hasta la llegada de refuerzos.

Es la aportación, documentada con las actas del proceso abierto a la División, desconocidas hasta ahora, que vuelca todo lo escrito sobre el tema, desde lo ponderado del general Kindelán hasta lo redicho por el último gurú sobre la materia, Antony Beevor, pasando por la grotesca novela histórica de Jorge M. Reverte “La batalla del Ebro”.

En el “A modo de prólogo” con el que se abre el libro, que firma el coronel de Infantería Enrique Domínguez Martínez Campos, Presidente de la Asociación Española de Militares Escritores, se sintetiza así el caso analizado:

“Situémonos. En plena Guerra Civil española, en junio de 1938, es reorganizado el Cuerpo de Ejército Marroquí del general Yagüe. Esta Gran Unidad estaba formada por las Divisiones 40, 105 y 13 y se le añadió la 50 División, formada a base de Batallones procedentes de diferentes Regimientos, cuya tropa era bisoña, provenientes del reemplazo de la última Quinta. El sector a cubrir por la 50 División recorre el recodo del Ebro, desde Mequinenza hasta Chesta (excluida), en una extensión de unos 100 kilómetros, esto es unos 4.500 metros de frente por Compañía. La 13 División del general Barrón, la más fogueada del Cuerpo de Ejército, se situó en reserva de las otras tres Divisiones.

En telegrama postal de 4 de junio el Cuartel General del Generalísimo nombra al coronel Luis Campos-Guereta jefe de la 50 División. Frente a las tres Divisiones nacionales en línea -40, 50 y 105- se encuentra el frentepopulista Ejército del Ebro con la unidades mejor preparadas, adiestradas y dotadas de todo el Ejército Popular de la República, bajo el mando del Teniente Coronel Juan Guilloto León, “Modesto”, asesorado por el comisario político Luis Delage. Este Ejército frentepopulista disponía de cuatro Cuerpos de Ejército con tres Divisiones al completo cada uno de ellos.

De modo que la superioridad roja en la zona del Ebro era total, en cuanto a efectivos y material, respecto de la línea defensiva nacional. Y, en especial, en el inusual frente que cubre la 50 División (100 kilómetros). Todo este amplísimo despliegue militar es descrito pormenorizadamente por el general Campos Setién en este libro. Pero, además, añade dos hechos que son bastante desconocidos: que el mando nacional sabía que era posible y, poco después, inminente, el paso del Ebro por el Ejército Rojo; y, más tarde, los procesos judiciales que se iniciaron para depurar responsabilidades cuando las unidades nacionales desplegadas fueron desbordadas o aniquiladas por las tropas del Ejército del Ebro. Depuración de responsabilidades que se achacaron, a los miembros de la 50 División, en especial a sus mandos y muy en concreto a su jefe, el coronel Luis Campos-Guereta Martínez.

Tras el aplastante ataque rojo en la noche del 24 al 25 de julio de 1938 comenzó la más larga, sangrienta y brutal batalla de la Guerra Civil española: los 100 días de la batalla del Ebro. Todos conocemos cuál fue su final: la destrucción del frentepopulista Ejército del Ebro en aquella batalla de desgaste asumida por Franco.

Pero, ¿por qué aquel afán del mando nacional en buscar responsables en los mandos de la Gran Unidad desplegada en la margen derecha del Ebro? ¿Por qué tenía que ser culpable el coronel Luis Campos-Guereta Martínez, jefe de la 50 División, de que ésta fuera desbordada y en parte aniquilada por la avalancha que se le vino encima aquella madrugada del Día de Santiago? ¿Por qué fueron igualmente expedientados miembros de la División, mandos secundarios de la División y los jefes de las Brigadas, Comandante, habilitado de Teniente Coronel, José Peñarredonda Fernández y Eduardo Capablanca Moreno?

Los expedientes judiciales que se abrieron contra ellos reconocían literalmente que “el hallarse la 50 División en período de reorganización; la falta de elementos tan importantes… como son los morteros y los fusiles ametralladores; el inadecuado emplazamiento de la central telefónica de la Primera Brigada… a extrema vanguardia; y sobre todo, la falta de adecuados reductos defensivos y lo desmesurado de la línea cubierta por la 50 División, varias veces superior a la señalada en el Reglamento…”, fueron razones suficientes y lógicas para sobreseer, sin responsabilidad, las causas contra aquellos mandos, que fueron ascendidos, el coronel Campos Guereta, baja en el Ejército, con inacabable expediente, y el Jefe del Estado Mayor de la División, Comandante Luis de Lamo Peris, llegaría años después a ser Capitán General de Cataluña.

Pero, ¿qué ocurrió con el coronel Luis Campos-Guereta Martínez, jefe de la 50 División? No seré yo quien desentrañe tal incógnita. Es el autor del libro, general Campos Setién quien lo hará estudiando, analizando e investigando archivos, bibliotecas, prensa de la época, documentos oficiales, etc. A él le cabe, por tanto, el derecho y la satisfacción de decir la última palabra. Y, como dice en el “Propósito” que le ha conducido a escribir el libro, además de que la actuación de la 50 División aparece completamente distinta a la divulgada, sus interrogantes, el cómo y el por qué, son los que, al final, suscitan toda clase de respuestas. E invita al lector a que aventure la suya”.

Muchos interrogantes, pues plantea de Campos Setién: ¿Por qué se despliega a la debilitada y bisoña División 50, diseminada en espaciado frente, sin adecuada fortificación, con carencia de armas automáticas, en el lugar de la prevista ofensiva? ¿A qué podía obedecer tal desatino táctico? Parece que, aunque quedan zanjados en este libro los hechos, quedan abiertos muchos interrogantes sobre motivos y consecuencias de las decisiones que se tomaron.

Así que me aventuro, para escribir este artículo, tras una lectura apresurada del libro, a formar una opinión. Me parece que la clave la ofrece de Campos Setién en la descripción de los momentos precedentes al ataque republicano:

Como antecedente, a Franco le había disgustado mucho el vibrante discurso que el 19 de abril de 1937, en el Teatro Principal de Burgos, había pronunciado el general Yagüe, en el primer aniversario del decreto de la llamada Unificación, de Falange Española de las JONS y la Comunión Tradicionalista, y amonestó a Yagüe, porque un general no debe hacer tales pronunciamientos políticos y en mangas de camisa azul, aunque Yagüe hablara como consejero nacional del Movimiento. Como consecuencia se puso sordina a su discurso y se le fragmentó su coherente Cuerpo de Ejército Marroquí amainando su fogosidad combativa.

Y cuenta que un año después, “Yagüe, en brillantísima ejecución táctica de audaz maniobra, cruza impetuosamente el Ebro, de Sur a Norte en la noche del 22 al 23 de marzo de 1938, llegando hasta la catalana capital de Lérida (03-04-38), bañada por el Segre, parado destempladamente por el Generalísimo, y frenando en seco, con una orden circular al Ejército del Norte, la retórica imperialista del aparato de propaganda del Movimiento, dirigido por los neofalangistas Antonio Tovar, Pedro Laín y Dionisio Ridruejo. La propaganda republicana clamaba por la defensa a ultranza, "resistir es vencer", "cada día de resistencia es una victoria", "hay que luchar casa por casa", y Franco no quería que se repitieran, en Cataluña, cruentas batallas urbanas como las de Belchite y Teruel, ni que se reprodujera en Barcelona la dura defensa de Madrid”

Poco antes de comenzar la batalla de Gandesa, “contra el criterio de significados generales, Franco, con fidedigna información de una posible irrupción francesa, se niega a maniobrar por Cataluña al Norte del Ebro, y con enorme disgusto de Yagüe, le ordena contener su ambición de avanzar hasta Barcelona”.

“Todas las informaciones coincidían en que la ofensiva del Ejército republicano era inminente. El mando supremo nacional estaba debidamente informado. Sabía, pero no creía que el Ejército republicano del Norte del Ebro tuviera efectivos de potente envergadura, pensando que los alarmantes informes eran exagerados, en relación con la entidad que se le calculaba al enemigo, suponiéndolo exhausto después de las derrotas en Aragón y Levante. El Cuartel General del Generalísimo entendía que se trataba de una acción de distracción del ataque a Valencia, que sería reprimida con los medios locales el tiempo necesario para que el mando superior tomara las medidas que exigiera la situación. Para ello Yagüe, y en concreto la División 50, que iba a recibir de manera directa el impacto de la ofensiva, hubiera necesitado más tropas, mejor dotación y una apropiada organización del terreno”.

“La apreciación era totalmente equivocada. Las fuerzas republicanas, integradas en el llamado Ejército del Ebro, eran las Unidades mejor preparadas y férreamente disciplinadas en lo que iba de guerra, y dotadas de material facilitado por el Ejército francés y nuevas remesas soviéticas y de Checoslovaquia con armamento de última generación, con un contingente de unos cien mil hombres, bajo el supremo mando del teniente coronel Juan Gilloto León "Modesto", con el comisario Luis Delage, y tres Cuerpos de Ejército”. […] Una imponente máquina de guerra para arrollar a las fuerzas que guarnecen la margen derecha del Ebro entre Mequinenza y Amposta, con esfuerzo principal en el recodo del Ebro, para conseguir una cabeza de puente en Gandesa, capital de la zona e importante nudo de comunicaciones de gran valor estratégico, con el plan de avanzar hasta la carretera de Morella a Vinaroz amenazando todo el dispositivo nacional levantino. […] Cuando a la primera hora de la madrugada a Yagüe le llega el aviso del comienzo de la esperada ofensiva, "se limita a exclamar: ¡Vaya, gracias a Dios! ¡Todo el mundo a sus puestos!" […] La ofensiva no constituye una sorpresa estratégica , porque estaba advertida, pero sí una sorpresa táctica, por su enorme envergadura y violencia, bien concebida y ejecutada, con indudable éxito inicial”.

Cierto que Yagüe se había desesperado pidiendo recursos de personal y que, al menos, le procurasen las armas automáticas que requería la 50 División. Pero no menos cierto que, por una u otra causa, no llegaron. Lo cierto es que, como desvela de Campos Setién, el coronel Luis Campos-Guereta no mereció ser el chivo expiatorio tras el desastre de Gandesa, no tuvo culpa alguna y, al contrario, la 50 División se portó heroicamente y muy por encima de sus posibilidades defensivas. Lo que queda acreditado en el libro del General de Campos Setién, para la Historia.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4472/23684553008_b3fa56d2c6_b.jpg


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Comentarios:
Interesante y bien documentado artículo que suscribo plenamente. Es de justicia reconocer algo tan evidente como el heroísmo de la División 50 y de su mando, sacrificado en un combate desigual.
Enlace permanente Comentario por Javier 13.10.17 @ 08:44

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