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Memoria familiar. 6. Los pimientos picantes de Zamora

Permalink 19.05.17 @ 07:25:55. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( Hacia 1949 con Lola y mi hermana Mariasun) (*)

Contaba, en la primera parte de esta memoria de niñez, el exquisito plato que nos preparaba mi madre en verano con las ancas de rana que compraba al portero de nuestra casa de San Torcuato 4, y cómo las añoro. En cambio sí puedo seguir disfrutando ahora de otra “delicatesse”, en este caso exclusiva de Zamora, los pimientos picantes, que me trae mi amigo zamorano y compañero acuarelista Manolo Prieto, a la vuelta de sus vacaciones en nuestra tierra común. Digo exclusiva porque no tienen comparación con los zamoranos los pimientos picantes que en muchas otras regiones se producen, por su calidad y sobre todo por el punto de picante, el justo para poder consumirlos en cantidad. Fue precisamente en el mirador de San Torcuato 4 donde aprendí a gustar de este producto sin igual, a la tierna edad de cuatro o cinco años. Aunque parece mentira, es totalmente cierto. Les cuento.

En aquellos años era normal en las familias de la clase media contar con dos empleadas del hogar, una para la cocina y limpieza y además otra que hacía de niñera, aunque también le echaba una mano. Mi niñera se llamaba Lola, y era de un pueblecito próximo a la capital, El Perdigón, al que nos llevaba en algunas ocasiones. Pues bien, muchos días mi madre se iba a la compra, al mercado, que entonces se hacía a diario, por la dificultad de conservar los alimentos, con mis dos hermanas mayores –aún no había nacido la tercera, por eso puedo calcular la edad en la que sitúo estos hechos-, la pequeña en su cochecito, supongo. Yo me quedaba en casa con Lola, y nos íbamos ambos al mirador, a tirar migas de pan o papelillos a la gente que pasaba por la acera de enfrente, escondiéndonos si miraban para arriba, lo que era para mí muy divertido.

Pues bien, de vez en cuando Lola freía unos pimientos picantes, que no sé de donde sacaba, quizá de su pueblo porque en mi familia no recuerdo se comieran por entonces –sí cuando fuimos mayores-, y nos los tomábamos en el mirador al tiempo que jugábamos a tirar pan a los transeúntes. De forma que me acostumbré, con cuatro o cinco años, ya digo, a ese sabor picantillo que ahora me trae inevitablemente el recuerdo de mi infancia. Lo raro es que no me hicieran daño al estómago, que tengo a prueba de bomba, o quizá por eso mismo.

( 1949 con mi padre, Rosina y Mariasun en Zamora) (*)

La otra chica, María, nos traía del pueblo –creo que era Corrales, también próximo a Zamora-, por Navidad, un par de pollos, que entonces eran un manjar, para fiestas grandes. Los traía vivos, y se metían en un pequeñísimo cuarto de baño de servicio que tenía la casa junto a la cocina. Los chicos entreabríamos la puerta, curiosos, con gran susto para los animalitos, que trataban de brincar y soltarse. Llegado el momento de sacrificarlos, nos reuníamos los críos en torno al barreño de agua caliente donde se desplumaban, una vez cortado el gañote y desangrados, e íbamos descubriendo la anatomía del animal sin pensar en que después tendríamos que comerlo.

Eran muy entretenidas para nosotros estas operaciones de cocina, como la de amasar, en el mismo barreño, el pan, que después de echarle la levadura y dejar reposar, se llevaba a la panadería para que lo cocieran al horno de verdad. Los chicos imitábamos el procedimiento metiendo en el horno de la cocina económica pequeñas masas sin levadura, con las que después jugábamos a las “cocinitas”, con las cazuelitas que traían los Reyes a mis hermanas, en las que también preparábamos alguna sopa de fideos y otros platos, que nos íbamos a comer al mirador.

( 1949, con Mariasun en el mirador de San Torcuato) (*)

En el mirador teníamos grandes aventuras, jugando a cruzar los océanos en el barco del que la proa era siempre mirando la calle de San Torcuato en dirección a la iglesia del mismo nombre. En ocasiones en vez de barco nos subíamos a un avión, la hélice en lo que antes era proa, y volábamos por todo el mundo horas y horas. Otro medio de transporte que utilizábamos en nuestra fértil imaginación eran los coches de carreras, con grupos de dos sillas tendidas en el suelo, sentado cada uno en un respaldo con los pies estirados hacia el respaldo de la silla contraria, donde estaba el freno. Aquellas sillas tenían el respaldo combado, lo que nos permitía balancearnos a derecha e izquierda, haciendo el efecto de dar la curva correspondiente. Para este juego usábamos la sala de estar-comedor, en la que nos atraía también, en invierno, la camilla, en la que usábamos los niños otra forma de jugar a “cocinitas”, sobre el brasero eléctrico que ocultaba entre las faldas. No teníamos los típicos braseros de carbón, porque a mi padre, por ser autoridad, le salía más barata la electricidad. Yo los conocí en casa de Toñín Moneo, que me dejaba avivar las brasas con la badila, advirtiéndome de que tuviera mucho cuidado. Decían que sentarse a la camilla con brasero de carbón producía sabañones. Así que me libré de ellos, por falta de brasero, pero Toñín tampoco los tuvo, supongo que habría que estar mucho tiempo a su cobijo y los chicos no parábamos quietos.

( 1950, mi hermana Rosina sin dientes) (*)

Los juegos de niños no eran siempre tan pacíficos. Nos peleábamos sobre todo mi hermana Rosina, la siguiente a mí, y yo. Una vez que la perseguía me cerró las puertas del mirador, que eran de cristales, y eso me exasperó, le di un puñetazo a una y rompí el cristal. Tuvieron que llevarme a la Casa de Socorro, en la Costanilla, donde me dieron varios puntos. Me quedó un buen costurón en la muñeca, que conservo y enseño ahora a mis nietos recomendándoles la virtud de la mansedumbre en el juego.

Yo creo que mis hermanas ya no vivieron lo de preparar la masa del pan, supongo se lo expliqué yo. Tampoco yo viví la época del racionamiento, pero recuerdo haber visto los cartoncillos donde se sellaban los consumos. Por aquellos años mandaba desde el pueblo, Carbonero el Mayor, mi abuelo Paco, del que ya les he contado en memorias anteriores, harina, legumbres y productos de la matanza. Recuerdo la matanza en Carbonero unas Navidades, años después de morir mi abuelo. Mi familia tenía siempre un cochino en el corral, que cebaba todo el año con sobras, y sacrificaba en la antigua zona de los criados, en la misma casa. Aquella matanza sí que era impresionante, mucho más que la de los pollos de María. Lo cierto es que, aun siendo de piso, aprendí muy bien cómo se hacen los chorizos, los jamones, la morcilla. Lo que más me gustaba era la sopa con tropezones que quedaba de cocer las morcillas; tenía nombre, que no recuerdo, algo parecido a “mondongo”, que es otra cosa parecida.

( Óleo que compró mi padre al pintor zamorano Bedate, y que presidía el comedor de la casa) (*)

Siempre que ponía mi madre cocido explicaba mi padre que éste no era como el de Carbonero, lo que le sentaba fatal a ella. Trataba de suavizarlo mi padre diciendo que probablemente fuera por el agua, pero ya no tenía arreglo. Recuerdo los dos cocidos y un tercero, el que luego haría mi mujer, más al estilo andaluz, que es el que hago yo ahora, y no me parece hubiera tantas diferencias entre los tres. Sí en los ingredientes, no tanto por los garbanzos, que los he probado de todos los tipos y cada uno tiene su aquél diferente, sino por el tocino y sobre todo por el morcillo, del que ahora consigo uno mucho mejor. En Carbonero los mayores se ponían guindilla en la sopa con los fideos y garbanzos, de modo que no sé mi padre como apreciaba aquellas diferencias, porque el cocido de Carbonero levantaba la gorra. Ahora a veces también yo se la pongo, me gusta como los pimientos, picante.

Lo que más éxito tenía en San Torcuato 4 era la paella, que hacía mi abuela - y cuando murió, mi madre- los domingos, a la que he dedicado un artículo completo en este blog, con todo lujo de detalles, que se puede encontrar con el buscador, "Secretos de la paella valenciana", del 27 de julio del 2008, que meses después me comentó con mucha información don Juan B. Viñals Cebriá, en nombre del Club Molt Distingit Cuiner, lo recogí en “La genuina receta de Paella Valenciana” el 06.08.09. Allí está todo. Ahora solo señalar que lo más peculiar de como hacía la abuela, Toneta de la Alfatara, la paella, era que no medía agua ni arroz, lo hacía a ojo, formando con el arroz un montoncito en círculo, como una rueda, dentro de la paella, que le servía de guía. Cuando me casé empecé a hacer yo la paella los domingos, y al cabo de cuarenta años ya tampoco necesito medir el arroz ni el agua, como la abuela Antonia.

El recuerdo más antiguo que tengo de mi abuela ya he contado que es cómo se sentaba a hacer punto en el dintel de acceso a donde yo dormía, para que no tuviera miedo; hay otro relacionado: le colocaba una escoba de pié en el dintel de la puerta, cerrada, del pasillo de acceso a la cocina, para que cuando la abriera se le fuera la escoba encima y se asustara. Ella hacía un gesto de espanto y decía “¡este chiquet¡” , con lo que quedaba yo muy satisfecho.

Años felices de la primera infancia que se complicaron un tanto cuando empecé a crecer y valerme por mí mismo, lo que creo da para otro capítulo de memorias.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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