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Félix Cano en el Calderón

Permalink 12.05.17 @ 07:25:34. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( El trato. 1991. Óleo de Félix Cano. 65x54) (*)

La sala municipal de exposiciones del Teatro Calderón ofrece, hasta el próximo día 29, la exposición “Félix Cano, 50 años de pintura”, un reconocimiento a la trayectoria de este pintor vallisoletano que acaba de cumplir 87 años, con 54 de sus obras más significativas de ese medio siglo de trabajo. La comisaria de la muestra, María Aurora Viloria, que sobre él ha escrito muchas veces (como el capítulo “Félix Cano”, en Personajes vallisoletanos, III, Valladolid 2008, pp.157-171, de Delfín Val, José) ha incluido un artículo en el folleto de mano de la exposición –que recogemos más adelante- en el que califica la llamativa variedad de colores de la muestra, de “manchas en movimiento” en las que, añade, “se integran los personajes para contar una historia o detener un instante”.

Creo que es una acertada explicación de su estilo tan expresionista en sus cuadros urbanos, incluidos sus paisajes, aunque quizá la faceta más conocida de Cano es la de retratista, en la que fue mucho más clásico y donde quedan claras sus extraordinarias dotes para el dibujo. En la exposición figuran retratos de ilustres vallisoletanos como don Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña, el pianista Miguel Frechilla, Don Santiago López, Godofredo Garabito –presidente de la Unión Artística Vallisoletana, que concedió la Medalla de Oro al pintor- o los toreros Manolo Sánchez y Roberto Dominguez. Además dos vitrinas recogen bocetos y dibujos de Cano de gran interés.

Incluye esta exposición su óleo “El coloquio de los perros”, cuadro con el que rindió homenaje a Cervantes y que entregó a la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción en el día de su recepción como miembro de la misma. A todo ello se refirió en la inauguración de la muestra, en la que admitió que a sus 87 años ya no pinta “como antes”, pero aún es fiel a la norma de que lo que no se conserva en la memoria no merece ser pintado. Por último, agradeció que Valladolid haya acogido esta exposición, pues es una ciudad que le ha querido tanto que le ha dejado marchar “con facilidad”.

El artículo de María Aurora Viloria al que nos referíamos se titula “El largo viaje de un artista”, y creo que es una estupenda explicación de la muestra y de la obra del pintor vallisoletano:

( Tejados de La Antigua. 1981. Óleo de Félix Cano. 45x56) (*)

“Contemplar reunida la obra de Félix Cano es penetrar en un universo lleno de color, un mundo particular en el que el espectador tiene la sensación de que domina el rojo. Sin embargo también hay amarillos, azules, verdes, castaños, grises y hasta blancos que forman un conjunto de manchas en movimiento en las que se integran los personajes para contar una historia o detener un instante. Porque casi todos sus cuadros están habitados y han nacido de la observación del mundo que le rodea, de una mirada a veces irónica a comportamientos cotidianos.

Entiende la pintura como una forma de comunicación, por eso en ella están sus aficiones, como la música representada por 'Jazz en el río Mississipi' y 'El bolero' de Ravel en contraste con una batucada carioca o los tunos de los años de universidad, y, naturalmente, sus experiencias. También aparecen los toros, simbolizados por la soledad del banderillero jubilado o el picador de 'Eran dos monstruos'. La larga estancia en Brasil, país en el que colgó varias exposiciones y en el que inició la difusión internacional de su obra, influyó sin duda en el cromatismo de los cuadros, casi siempre óleos sobre tela, mientras que la austeridad castellana aparece en la síntesis de los paisajes.

Admirador de las pinturas negras de Goya y Brueghel, se acerca a Zorrilla para poner un título personal a la exposición, 'Mi última brega', el que el poeta eligió en 1888 para describir los rincones de Valladolid en el proyecto que presentó al Ayuntamiento como cronista de la ciudad. Por eso ha reunido en ella cuadros realizados en cincuenta años que resumen la trayectoria y entre los que hay una colección de retratos de músicos, toreros o políticos que representan una de las facetas de su obra.

( Torero jubilado. 1983. Óleo de Félix Cano. 80x116) (*)

Pintor de luces y sombras es un creador de ambientes en los que cobran vida los personajes, algunas veces solitarios, como el bebedor sin futuro o el que contempla cómo se extingue una vela. En otras ocasiones forman parte de una escena de antiguos compañeros de colegio o universidad que improvisan un coro en las bodas de oro, de jugadores de cartas, frailes, monaguillos o mendigos. Incluso les acompaña el flautista de Hamelín en una versión personal del relato. También les muestra en la vida diaria, cerrando un trato de ganado o echando una parrafada al encuentro.

Incluso se acerca el artista al Viernes Santo en Castilla o a la Procesión de la Soledad, ofrece una visión inédita de Turégano y convierte a Dircinha, una joven brasileña, en protagonista de dos óleos de fuerte cromatismo en los que su silueta destaca sobre un paisaje de manchas en movimiento.

Resume así el artista una trayectoria en la que ha ido evolucionando hasta rozar a veces la abstracción de los fondos. Fiel a la norma de que lo que no conserva la memoria no merece la pena ser pintado, su obra es el resultado de lo que ve, siente o le sorprende en cada momento.

( Down by the river side. 2001. Óleo de Félix Cano. 65x54) (*)

Por eso nunca ha considerado un deber terminar el cuadro empezado, sino que lo abandona simplemente para comenzar otro.

Rindió homenaje a Cervantes en 'El coloquio de los perros', el cuadro que entregó a la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción el día de su recepción pública y está ahora colgado en la sala. Es una de las excepciones en el conjunto de la obra, ya que prefiere pintar lo que ha visto y le ha impresionado. Quizá por eso y porque raramente retoca o rectifica un trabajo, todos transmiten una sensación de frescura.

Confiesa que en la soledad del taller la crítica es siempre sincera pero no por ello acertada y que la opinión del artista evoluciona con el tiempo y a veces gana en valor. Sin embargo, resulta imposible retroceder, repetir lo ya hecho, moverse sobre la misma línea. Incluso, puede juzgar positivamente la obra preferida pero otra posterior ya no le gustaría, dijo en su discurso de ingreso en la Academia. En el que reconoció que si en arte se llega a alcanzar el fin de la maduración es muy probable que un paso más allá esté el abismo

La revista 'Artspeak' de Nueva York le describió en marzo de 1994 como un humanista con sentido el humor, una forma de ser que no le impide ver la realidad y trasladarla a sus cuadros para transmitir sensaciones, como la soledad del paisaje infinito de Castilla. Por eso, al contemplar reunida la obra realizada durante medio siglo es posible conocer la indudable y constante evolución sin perder nunca unas características personales que la hacen irrepetible. También es evidente la influencia del entorno, la diferencia de las luces, los colores y hasta la temperatura, porque la pintura de Félix Cano es la consecuencia de un largo viaje.”

( Retrato de Godofredo Garabito. 2010. Óleo de Félix Cano. 56x81) (*)

El folleto de mano de la muestra, además del artículo de María Aurora Viloria, recoge algunos “Datos biográficos y profesionales”, pero creo que la mejor biografía de Felix Cano la publicó hace tres años Javier Baladrón en artevalladolid.blogspot.com.es, en su sección sobre Artistas vallisoletanos actuales, que creo vale la pena incluir ahora, en reconocimiento de la figura de nuestro pintor.

“Nació en la capital del Pisuerga el 22 de enero de 1930. Aunque desde pequeño se sintió atraído por la pintura estudió Químicas e Ingeniería Técnica Mecánica. La atracción por la pintura era tal que entre 1940 y 1946 estudia dibujo y pintura con Pedro Collado, Valentín Orejas y Eugenio Ramos, recibiendo también orientación artística con Constantino Candeira. Este último, director del Museo Nacional de Escultura, le recomendó que dibujara las obras de la colección permanente. Félix aceptó la propuesta y estuvo dibujando estas durante casi dos años, hasta que terminó el bachillerato. Sobre todo le gustaba Diego de Siloé, aunque posteriormente su interés se dirigió hacia Juan de Juni y Alonso Berruguete.

En 1948 ingresa en la Escuela de la Academia de San Fernando de Madrid, donde estudia un solo curso. Por entonces se encontraba en Madrid preparando el ingreso en Ingeniería, el cual suspendió. No le quedó otra que contárselo a su padre, quien le permitió seguir con la pintura siempre que lo compaginara con sus otros estudios: “En casa nunca se opusieron a mi vocación, todo lo contrario, me animaron, pero con la condición de que no abandonara todo lo demás”.

Durante un tiempo compaginó las mañanas en la Academia de San Fernando con las tardes de estudio de las matemáticas. En la Academia tuvo como profesor de dibujo de primer año a Daniel Vázquez Díaz, a quien no le gustaba nada la rapidez con que los hacía el alumno vallisoletano y estaba continuamente insistiendo en que los trabajara más. En cambio, el de color, que era Benjamín Palencia, si los apreciaba. Palencia le aconsejó “estudia y pinta lo mejor que puedas, porque cuando sepas pintar muy bien podrás hacer lo que te parezca”.

( Subiendo a Turegano. 2004. Óleo de Félix Cano. 65x54) (*)

Posteriormente comenzó a frecuentar el taller de restauraciones del Museo del Prado para copiar, y sobre todo, pintar. Estaba a cargo de Seisdedos, quien le dio un gran consejo: “lo que no conserve la memoria no merece la pena pintarlo”. Con Seisdedos aprendió a poner color al dibujo y conocer lo que son empastes, mezclas o veladuras. Además, le descubrió a Cennino Cennini y su “Tratado de la Pintura”, un libro que pronto se convirtió en el de cabecera para Cano, porque, dice, “es fundamental, te lo explica todo en cuanto a técnica”. Allí también se ganó la amistad del director del museo, Sánchez Cantón, y obtiene todo género de facilidades para estudiar la técnica de la pintura en las salas de restauración del museo.

Dedicó mucho tiempo a la pintura y muy poco al examen de ingreso de Ingeniería, con lo cual lo volvió a suspender. Por eso, de acuerdo con su padre, decidió volver a Valladolid y estudiar al tiempo Ciencias Químicas y Peritaje Industrial. Acabó las carreras, se puso a trabajar como jefe de obra en la empresa Agroman.

En 1951 acude a una exposición colectiva en el Colegio Mayor de Santa Cruz, una muestra que ahora describe como un revoltijo con mucho de todo y en la que no vendió un solo cuadro. Vienen a continuación otras exposiciones, como la de 1954, celebrada en el pabellón de oficiales de aviación de la base aérea de Tablada (Sevilla).

En Agroman le delegaron para trabajar en el Instituto Eduardo Torroja, donde aprendió todo sobre el hormigón y además le salió la oportunidad de trabajar en Brasil con la empresa americana Johns-Manville International Corporation. Se marchó para un año, aunque la estancia se prolongó nueve (1959-1968). Allí en Brasil recuperó su afición por la pintura, no abandonándola desde entonces. Acostumbrado a la línea clásica, salen a su encuentro mil inéditos colores, entonaciones y cadencias. Se diría una liberación lujuriosa del color. No solamente se renueva la paleta, sino que brota vigoroso el gusto de pintar. Además, le dio ese color tan personal, tan único, que seguramente es la mezcla de la exuberancia del país sudamericano con la austeridad y sencillez castellana.

Todo comenzó además casi por casualidad, por el deseo de colgar cuadros en las paredes de la casa amueblada que la empresa puso a su disposición y a las que, incluso, vistió con un mural. Allí conoció a Arnaldo Pena e Costa, importante galerista que le convenció para que mostrara su obra y le organizó exposiciones en la Galería Nacional y la de Giovanna Bonnino, de Río de Janeiro. También expuso en la Sala de Arte Giorgio Cazini de Belo Horizonte, Museo Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo de Río de Janeiro y en la Casa de España de esta última ciudad. En Venezuela lo hará en la Casa de Cataluña de Caracas.

Fue una época intensa en la que el pintor, mientras seguía trabajando con el hormigón, reflejaba en sus cuadros lo que le rodeaba, un mundo distinto del que surgían constantemente ideas y motivos que, como siempre hace, transformaba después en sus cuadros. Porque Cano contempla la vida y sus personajes y posteriormente la describe con los pinceles –o con las espátulas, con trapos o con los dedos, dice él–, pero no como un notario, sino como un artista que expresa lo que siente y, por eso, transmite emociones y sensaciones a quien contempla sus obras. En Brasil dejó importantes obras, como Boyadeiros en la Galería Nacional de Río de Janeiro, o el mural A vida, en TV TUPI.

Durante su estancia brasileña conoció además a Cándido Portinari, del que dice que aprendió el valor de la pintura de empaste, y a Siqueiros, ya que el trabajo le obligaba a viajar con frecuencia a México. Cuenta que siempre le iba a ver a la cárcel, donde el creador revolucionario, pasaba la mayor parte de su vida.

En 1967 se halla de regreso en España, instalándose al año siguiente en Barcelona, estancia que dura hasta 1980. Allí el artista trabaja en la empresa Miró Trepat y continuaba pintando, aunque seguía mandando toda la obra a Brasil, a Giovanna Bonnino, su marchante y galerista. Por eso conserva muy pocos cuadros de esa época, aunque sí hay fotografías y catálogos para seguir su trayectoria.

Su actividad pictórica se multiplica. La clientela catalana es exigente, sobre todo cuando descubre que el artista ofrece realidades. En 1973 realizó su primera exposición en la Galería Febo, de San Cugat del Vallés (Barcelona). Asimismo expondrá en la sala de arte del palacio de la Torre Vella, de Salou; Caixa d´Estalvis de Pedralbes (Barcelona); y aquí mismo en Valladolid se presenta en la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca. Acude a Medina de Rioseco, ofreciendo una muestra en 1968, en el Casino; a Palencia, donde expone en la sala de la Delegación del Ministerio de Información y Turismo. En 1984 se presentó una retrospectiva, en el salón del Círculo de Recreo de Valladolid. La crítica recogió con los mayores elogios la obra del pintor, que ya había mostrado con éxitos en salones de América y Barcelona. En 1985 se presentaba ante el público madrileño, en la sala de Mayte Muñoz.

En 1975 le dio el primero de los dos infartos que ha sufrido y, puesto a elegir entre el hormigón y la pintura, se quedó, lógicamente, con la segunda. Cuatro años después, la familia se instaló definitivamente en Valladolid.

En 1985 fue nombrado académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid. Además de en esta institución, tiene obra permanente en la Galería Nacional de Rio de Janeiro, el Museo de la Casa de Cervantes de Valladolid, Colegio de Santa Cruz, Ateneo de Sevilla, Galería de Rectores de la Universidad de Valladolid, Galería de Presidentes de la Junta de Castilla y León, The Florida Museum of Hispanic and Latin American Art, etc…

Desde 1998 es miembro de honor del The Florida Museum of Hispanic and Latin American Art, lo que significa que no sólo tiene allí obra permanente sino que participa en muestras colectivas que se organizan cada cierto tiempo y para las que envía cuadros recientes. Son, además, una ocasión para regresar a América y escuchar ese jazz improvisado que tanto le gusta.

Entre los premios recibidos destaca la Medalla de Oro de la Unión Artística Vallisoletana, una de esas distinciones que acepta de buen grado porque llegan sin tener que competir, ya que sería incapaz de presentarse a un concurso.

Cano Valentín es pintor de paciente estudio, de concepción elaborada. No se pueden omitir recuerdos del pasado. Su admiración por la pintura holandesa, y especialmente por Rembrandt, está patente. Ni oculta su entusiasmo por Goya, tanto por su pastosa técnica, como por el misterio en que envuelve a sus lienzos. Su arte ha nacido con la disciplina del dibujo. De éste saltó al grabado. Pero es el óleo su medio de expresión habitual, aplicado sobre tela. En su pintura se dan cita evocaciones, fantasías, paisajes (de tierra y mar), pero sobre todo retratos. Son obras tomadas del natural, donde ha de liberar al personaje de la atadura de la posesión. Allí son frescos de composición, variados en actitudes, en encuadres, en entonaciones y colores.

Su obra, decididamente expresionista, aborda principalmente la figuración humana en el vivir cotidiano. En sus cuadros se muestra como un entrañable cronista de la realidad actual, sencilla y emotiva, fruto de su convivencia con el campesino y el hombre del pueblo. Cultiva asimismo el retrato y ocasionalmente el paisaje.

Es un pintor de luces y sombras, un creador de ambientes en los que cobran vida sus personajes, algunas veces solitarios, como el bebedor sin futuro o el que contempla cómo se extingue una vela. Pero casi siempre forman parte de una escena, de antiguos compañeros de colegio o universidad que improvisan un coro en las bodas de oro, de frailes que leen el periódico en un claustro, de jugadores de carta, de monaguillos o de mendigos.

Crea en sus cuadros, llenos de fuerza, volúmenes y espacios y destaca en ocasiones algunas zonas, las que ocupan los personajes, para convertir los fondos en trazos de color. Se acerca así a la abstracción, lo mismo que en algunos de sus paisajes, bellísimos, aunque sólo los pinte cuando recuerda un lugar que le impactó especialmente, porque prefiere añadir figuras y convertirlos en el sitio al que regresa, por ejemplo, un pastor con sus ovejas. Es capaz tanto de transmitir la emoción de una procesión de Semana Santa como de criticar con humor y sutil ironía todo lo que no le agrada del mundo que le rodea. Es el mejor crítico de sí mismo y cree que la variedad y la sinceridad son las cualidades que más destacan en su obra. Entiende la pintura con una forma de comunicación: “Es el cable que une al pintor con el espectador. Cada cuadro, por malo que sea, tiene su espectador. ¿Y quién decide si un cuadro es bueno o malo? Yo diría que un cuadro es malo cuando está sobado, sometido, cuando no responde a la personalidad de quien lo ha pintado”.

Otra de sus aficiones son los toros, pero se acerca a ellos de una manera tan personal como a todo lo demás, para representar, por ejemplo, la soledad del banderillero jubilado o la plaza vacía. Ha mostrado también el tinglado de la antigua farsa, ha pintado castillos e iglesias, ha hecho algunos bodegones, tan originales como el resto, y ha expresado el dolor de “La hora nona”. A veces ha rozado lo macabro a través de un verdugo, se ha acercado a la historia en una talla, se ha dejado arrastrar por la fantasía o ha plasmado la alegría del baile o de un encierro festivo.

Sin embargo su género pictórico favorito es el de los retratos. Así ha perpetuado las imágenes de famosos representantes de la música, la cultura, la política, el deporte o la empresa. Desde rectores de Universidad y presidentes de Comunidad hasta mesoneros tan populares como Cándido, pianistas como Miguel Frechilla o Pedro Zuloaga o toreros como Roberto Domínguez. Para hacerlos casi siempre en casa del retratado, en su ambiente, tiene además su propio método, basado en una larga charla con el protagonista mientras él va tomando apuntes y haciendo bocetos. Luego, con ellos y la idea de la composición comienza el cuadro y todavía antes de terminarlo tiene otra entrevista y una nueva conversación.

Ha hecho también ilustraciones, como las del libro Portugal, la bella desconocida, de José Delfín Val, el relato de un viaje publicado en el año 2001, y en el que, a través de sus dibujos, es posible contemplar el barrio de Alfama, recordar a Pessoa o asistir a la Batalla de Toro con un abanderado manco. También ha ilustrado la novela “Aquellos días azules”, del mismo autor, que refleja sus vivencias infantiles de la posguerra en Salamanca.

Según Martín González, Félix Cano es “temperamento abierto, sobrio en el gesto, medido en la expresión, sin límites en la generosidad. Su brillante mirada no da opción a la duda. Ante él, surge espontánea la charla. Hombre culto, le gusta escuchar y sólo dice lo que al interlocutor pueda interesar. Hay en él el instinto de la prudencia”.

No podemos por menos de incluir el comentario que a este artículo hizo nuestro compañero de blog, el foramontano Carlos de Bustamante, el 30 de octubre de 2015, y que completa la magnífica semblanza que hemos transcrito:

“Tengo la inmensa fortuna de que sea contertulio habitual en la nuestra del Círculo de Recreo a las 13,00 horas en Valladolid. Aunque pone su teléfono despertador a las 14,00 horas -hora fijada para el fin de la tertulia- es raro el día en que lo oímos. La amenidad, tan culta, de su charla compartida hace oídos sordos. Familiar, aun político, muy próximo, lo es más por captar de forma tan magistral "el alma" de los personajes (pastores y labradores...) que expresan sus cuadros. Óleos a los que sólo les falta hablar y...¡hablan! Difícil no enamorarse de sus creaciones. Dios nos lo conserve muchos años. Amistad entrañable. Con el mayor afecto. Carlos”.

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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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