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Hace cinco mil años. Y 7. Conflictos intergrupales en el Duero Medio

Permalink 02.03.12 @ 07:23:34. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

( Ajuar de la sepultura campaniforme de Fuente-Olmedo, Valladolid. Hacia 1100 a,C. Dibujo de A. Rodríguez González) (*)

Concluimos con este último capítulo la serie, “Hace cinco mil años”, en la que hemos recogido la conferencia que pronunció el pasado 24 de Noviembre, el arqueólogo vallisoletano Germán Delibes de Castro, en su discurso de ingreso como académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, de Valladolid, que tituló “El pan y la sal. La vida campesina en el valle medio del Duero hace cinco mil años”; en ella desvelaba algunos de los frutos obtenidos recientemente por su equipo de investigadores en el yacimiento vallisoletano de El Casetón de la Era, situado en la finca Matallana de Villalba de los Alcores, con el objetivo de mostrar algunas imágenes de la vida cotidiana en nuestras tierras durante el III milenio antes de Cristo, esto es, en la etapa de la prehistoria que, por coincidir con el descubrimiento y uso del primer metal, ha sido bautizada como Calcolítico o Edad del Cobre.

Señalaba finalmente el profesor Delibes, como reproducíamos en el artículo anterior, el pasado viernes, que “rastrear el tipo de sociedad al que corresponden los documentos arqueológicos supone un verdadero reto que el prehistoriador afronta, sobre la base una vez más de la analogía etnográfica, recurriendo al siguiente convencionalismo: las sociedades agrícolas que no evidencian jerarquía en el asentamiento ni grandes contrastes en el tamaño de las viviendas son tribales, lo que, por los datos conocidos, parece aplicable a nuestros colonos de los recintos de fosos.”

“Mientras no se excaven más yacimientos – concluye el profesor Delibes de Castro- y se intensifiquen las prospecciones aéreas, no puede asegurarse concluyentemente la inexistencia de grandes disimetrías en el tamaño y en el volumen de las infraestructuras de nuestros asentamientos, pero los datos actuales se avienen por completo a dicha idea: en el Duero, prácticamente todos los recintos tienen entre 1 y 2 ha. y el mayor de todos ellos sólo 3. Son, por tanto, muy parecidos entre sí, en contraste con lo registrada en otras zonas de la Península como Madrid, donde el sitio de Yeseras, con alrededor de 20 ha., tiene una superficie cinco veces superior a la del resto de los de su entorno, revelando de forma inequívoca una jerarquía de poblamiento. Y tampoco las viviendas de El Casetón de la Era muestran diferencias de tamaño exageradas, ni -por más que este sea aspecto muy mal conocido por el arrasamiento sufrido por todas ellas- dotaciones estructurales o ajuares tan contrastados como para pensar que alguna pudiera haber sido la sede del dignatario y otra la de un paria.

Pero no toda la información cuadra milimétricamente con el modelo de funcionamiento de una sociedad tribal. Se ha señalado más arriba que los miembros de aquellas comunidades, productores primarios, cubrían sus necesidades subsistenciales sin salir del grupo familiar, esto es en unidades domésticas autosuficientes, pero también que los trilleros producían excedentes pensando en el intercambio y que los fundidores de cobre, para llegar a serIo, tuvieron que hacer antes una gran inversión en tecnología y conocimiento. Estos dos últimos, como mínimo, se encuentran ya en el camino de la especialización y es probable que intercambiaran sus mercancías respectivas con alguna plusvalía interfiriendo en las relaciones de igualdad. Dicho con otras palabras, la aparición de especialistas, incluso no siendo sus trabajos a tiempo completo, contribuye a crear diferencias de estatus social resquebrajando los cimientos del tribalismo.

Por otra parte, las muestras de violencia detectadas arqueológicamente, esta vez a través de las lesiones que presentan algunos esqueletos, hablan de conflictividad en general, pero en algún caso de conflictividad social, propia de una sociedad jerarquizada. Los seis individuos varones asaeteados de la fosa nº 1 del Cerro de la Cabeza, en Ávila, que conservaban en el momento de ser descubiertos las flechas de piedra clavadas y que murieron simultáneamente a juzgar por su inhumación conjunta, se diría que son el resultado funesto de una contienda intergrupal, algo casi predecible en un ambiente de presión demográfica y de competencia territorial como el que caracteriza a los fenómenos de colonización.

Otro testimonio de violencia, captado en este caso en el interior del foso de Los Cercados, en Mucientes, adopta la forma de tres cráneos de mujer golpeados salvajemente con armas punzantes, cuya asociación a varias cabezas de perro y de cerdo, a una esculturita zoomorfa de barro, a varias cerámicas simbólicas, distintas de las de uso cotidiano, y a huellas de fuego induce a considerarlos el resultado de un sacrificio, de un hecho ceremonial de posible intención regenerativa (la paradoja de la muerte como propiciación de la vida). Se trataría, entonces, de un tipo de violencia sacralizada, aunque no por ello menos brutal, que también revela una dramática subordinación de la mujer.

Y si los casos descritos son ilustrativos de conflictos intergrupales y de género, respectivamente, el de un varón adulto muerto de un mazazo en la cabeza del Soto de Tovilla, en Tudela de Duero, podría ilustrar conflictividad social dentro del propio grupo. Y es que las características de su enterramiento -inhumación individual cuidadosa y solemnemente colocada en el interior de una fosa, además con una vasija como ajuar-, le distinguen de los seis individuos citados del Cerro de la Cabeza -tumba colectiva, cadáveres desdeñosamente arrojados en el hoyo y ausencia de cualquier ofrenda- e invitan a pensar en una persona de un segmento social por encima de lo corriente. Una posición social destacada, por otra parte, extensible a los enterrados en las tumbas de El Ollar, cerca de Arévalo, y de Colmenares, en Portillo, ambas excepcionales tanto por la circunstancia de mostrar ajuar -privilegio que, según los datos disponibles, sólo merecía una de cada siete personas- como por contener objetos de cobre (un cuchillito en El Ollar, un punzón de doble punta en Colmenares), extraordinariamente escasos aún debido a su elevado coste de producción.

Da la impresión de que la sociedad tribal, más o menos igualitaria, que caracterizaba a las comunidades que colonizaron hacia el año 3000 a C. el sector central de la cuenca del Duero, medio milenio después daba muestras de fisión y del surgimiento de pequeños liderazgos. Es un enigma, sobre todo en estas tierras, cómo los líderes, en palabras de Antonio Gilman Guillén, «adquieren y mantienen el poder a pesar de que casi siempre actúan en contra de los intereses de la mayor parte de la población», pero sin duda es algo que ya habían logrado a finales del III milenio, en la etapa del Vaso Campaniforme. La sepultura de Perro Alto, en Fuente-Olmedo, correspondiente a un joven varón al que sus deudos despidieron de este mundo en una ceremonia en la que se consumió cerveza dentro de tres vasijas campaniformes, es la tumba de un jefe como se deduce de la suntuosidad de un ajuar (un puñal y once jabalinas de cobre, una diadema de oro, una flecha y un brazal de arquero, aparte de los recipientes de la libación) que Richard Harrison no ha dudado en considerar «la más importante concentración de riqueza individual atestiguada en el Calcolítico de la Península Ibérica». Un jefe que efectúa tan fuerte inversión en el sepelio con el objetivo de proclamar su poder. Un jefe que, al igual que los príncipes de la Antigüedad, recurre a las armas y al oro como símbolos mayestáticos. Un jefe que, como indica la corta edad del sujeto de Fuente-Olmedo, 17 o 18 años, obtiene los privilegios de su rango por vía hereditaria. Y un jefe que probablemente ha conseguido situarse en la cúspide de la pirámide social tras hacerse con el control de algún recurso crítico como el metal o, con bastante seguridad en el caso de Molino Sanchón, la sal.

Esta es, señores académicos, mi versión de unas páginas de la historia de nuestra tierra que posiblemente no tengan la sonoridad de las de Atapuerca, con un papel estelar en el apasionante debate sobre el origen del hombre. Ni la de los pueblos prerromanos en su condición de últimos indígenas de una vieja patria en trance de latinizarse y de perder sus más prístinas señas de identidad. Pero son páginas tan relevantes como cualquiera de ellas, y acaso todavía más entrañables, por trasladamos al momento y a la circunstancia, allá por el III milenio antes de Cristo, en los que fraguó una de las constantes de Castilla: su tenaz y sufrido campesinado. «La arqueología -dice Paul Bahn- es una búsqueda perpetua, un eterno viaje sin punto de llegada», algo tan cierto como que las estampas presentadas constituyen sólo un apunte, una torpe caricatura del mundo rural de aquella época. Sin embargo, nada hay tan evidente como que la «espesa niebla» de la prehistoria, como dijo un aventajado anticuario danés hace dos siglos, Rasmus Nyerup, comienza felizmente a disiparse.”

Y así concluía el profesor Delibes de Castro su discurso de ingreso como académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, de Valladolid, la interesantísima conferencia “El pan y la sal. La vida campesina en el valle medio del Duero hace cinco mil años” que hemos reproducido en su totalidad, en las páginas de este blog. Nuestro más sincero agradecimiento al ilustre arqueólogo, que nos ha dejado tan brillante relato de la vida y costumbres de nuestros ancestros. Hace cinco mil años, nada menos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7210/6916738519_d7da832d8a_b.jpg


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