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Hace cinco mil años. 5. Comunidades calcolíticas meseteñas

Permalink 14.02.12 @ 07:27:03. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Rueda de madera hallada en una turbera próxima a Ljubljana, Eslovenia, de finales del IV milenio a.C.)(*)

El reconocimiento de trillas –veíamos en el artículo anterior- permite entrar de lleno, en uno de los temas estrella de la arqueología prehistórica europea, como es el surgimiento de la tracción animal, con el uso también de carros y arados. Continuamos así con la reseña de la conferencia del arqueólogo Germán Delibes de Castro, en su discurso de ingreso como académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, de Valladolid, en la que abordaba algunas otra características de la actividad de las comunidades calcolíticas meseteñas.

“En el marco de esta sofisticada ganadería –continúa el profesor Delibes-, con especies y aprovechamientos diversos, debería hallar respuesta la pregunta, aún pendiente, de quién arrastraba los trillos, mas lo cierto es que sólo por exclusión, intuimos que se trataba del ganado vacuno. En primer lugar porque, ante las dudas fundadas del carácter doméstico del caballo, los bueyes eran los únicos tractores potenciales en el bestiario de la época. También porque la edad media de sacrificio de estos animales, por encima de los seis años con frecuencia, es perfectamente indicativa de que lo que se esperaba de ellos eran «productos secundarios»: fuerza motriz, leche o ambas cosas a la vez. Y en tercer lugar porque, por lo que se sabe actualmente, todos los carros y arados europeos de la Edad del Cobre fueron arrastrados por parejas de bueyes, como la enterrada (hasta ese punto llegaban entonces la socialización y el uso ritual de los animales domésticos) en una tumba de la necrópolis húngara de Alsónemedi o como las representadas repetidamente en las estelas de Valcamónica y en los paneles grabados del Monte Bego, en el norte de Italia.

La hipótesis del buey, un animal por otra parte de indudable prestigio en el Cobre de la Meseta, a juzgar por tantas veces como se recurre a su sacrificio con fines ceremoniales (en ciertos hoyos votivos de El Casetón, de Villalba de los A1cores, la ofrenda consiste en un anca completa de bóvido o en su cabeza), es casi la única plausible. Y aspiramos a que halle pronto confirmación en este mismo yacimiento, merced a un estudio en curso de los radios, carpos y falanges de estos animales, también de sus huesos coxales y vértebras cervicales, pues de acuerdo con las propuestas de Laszlo Bastosiewicz, quien tuvo la paciencia de comprobar las alteraciones esqueléticas que provoca la tracción animal en bestias domésticas actuales, estos son los huesos más afectados por malformaciones y patologías en bueyes viejos, en los que se explota de forma recurrente la fuerza motriz.

Uno de los rasgos más comentados de las sociedades calcolíticas de la Península Ibérica es que se vieron inmersas en un proceso de intensificación económica como jamás antes se había conocido, el cual, en algún caso, llevó aparejado el florecimiento de civilizaciones casi urbanas como la de Los Millares en Almería. Con frecuencia, para explicar esto que supone toda una revolución, se invoca la práctica de una agricultura intensiva asociada al uso de los primeros arados, aunque este último extremo nunca haya podido demostrarse. (Sólo se habla más o menos explícitamente de la utilización de arados tirados por bueyes, pero sin argumentos concluyentes, en algunos trabajos sobre el poblado calcolítico de Ferreira do Alemtejo. También insinuaciones del uso de bóvidos como fuerza de tracción en el estudio faunístico del yacimiento de Zambujal, en la península de Lisboa) Ahora los datos de El Casetón confirman por primera vez en España el recurso durante la Edad del Cobre de la tracción animal para el trabajo agrícola, haciendo ver que no era sospecha infundada.”

Aborda a continuación el profesor Delibes de Castro un nuevo apartado, “El trabajo de los trilleros, según el testimonio del taller de Los Cercados”

“Pero las enseñanzas de los trillos no terminan ahí, por lo que regreso a ellos para analizar a su través nuevos aspectos de la conducta de las comunidades calcolíticas meseteñas relacionados esta vez con la especialización artesanal, con los intercambios y con la estructura social. Antes me esforzaba en explicar que el prehistoriador trabaja sobre hipótesis inspiradas en la antropología y que el papel del registro arqueológico es aportar datos con los que contrastarlas, y una vez más este ha sido el proceder seguido para rastrear la biografía de los dientes de los trillos. Aquí la experiencia me ha llevado simplemente a recordar su masiva producción en el pueblo segoviano de Cantalejo hace sólo medio siglo y su muy exitosa comercialización a distancia pues no en cualquier parte había la piedra adecuada para fabricarlas. Y de la simple consideración de ese modelo brotan espontáneas preguntas de tanta trascendencia para nuestro caso de estudio, cómo ¿dónde se producían las «pernalas» de los trillos calcolíticos de El Casetón?; ¿eran una producción especializada?; o ¿pudieron ser objeto de intercambio más allá del ámbito local?

Para responder a la primera de las cuestiones se dispone de abundante documentación desde que hace treinta años se excavara en Los Cercados, junto a Mucientes, un centro de producción de lo que entonces aún se pensaba eran dientes de hoz. Su localización en esta zona nada tiene de casual puesto que tanto en este municipio como en el veci¬no de Fuensaldaña existen, en conexión con las calizas pontienses de la plataforma cimera de los páramos, numerosos afloramientos de sílex, de ese pedernal tosco y marrón oscuro tan característico de cualquier rin¬cón de los Montes Torozos, cuya explotación se remonta al Paleolítico. Allí, repito, funcionaba hacia la mitad del lIT milenio antes de Cristo según una fecha de C-14 (3970±60 BP = 2830-2290 a. C.), un taller que producía puntas de flecha pedunculadas muy propias de la Edad del Cobre, pero sobre todo los foliáceos típicos de los trillas.

Uno de los grandes atractivos del taller mucenteño -que es sólo uno de los varios activos en Torozos durante el Calcolítíco ( en el propio Casetón de la Era hay millares de vestigios relacionados con la talla de sílex local, entre ellos núcleos, grandes lascas y algunos soportes ad hoc para la confección de piedras de trino. Es muy probable, por tanto, que los dentales analizados traceológicamente fueran productos locales) es que permite reconstruir todos los pasos del proceso de producción, de la cadena operativa, desde el aprovisionamiento de la piedra (grandes bloques o nódulos de sílex sin desbastar) y la preparación de núcleos, hasta la obtención de las lascas y láminas usadas como soportes y la elaboración final, mediante retoque, de los dentales de trillo. Pero, además, en Los Cercados se tiene la suerte de documentar también, perfectamente individualizado en un hoyo, el equipo completo de uno de los talladores, constituido por toscos percutores de cuarcita (cantos rodados de origen fluvial); por dos retocadores trabajados sobre asta de ciervo (se aprovecha como mango una luchadera o candil y como martillo parte de la cuerna principal); y una serie de varillas igualmente de asta. Con los primeros se desbastaban los nódulos; con los segundos se obtenían lascas menores y con estos mismos y las varillas, empleadas como compresores, se retocaban las piezas para conseguir su definitiva configuración.

En un interesantísimo apartado, se refería el profesor Delibes, a continuación, a “Una red regional de intercambios”

“La enorme abundancia en Los Cercados de dientes de trillo rotos (no se olvide que se trata de los productos fallidos, abortados en el transcurso de la fabricación), es indicativa de la gran escala de la producción, e indirectamente de que lo producido lejos de servir sólo para atender las necesidades domésticas de los talladores, se orientaba también al intercambio, teniendo como destino otras tierras que carecían de la piedra adecuada para fabricar tales objetos. Hoy, gracias a la singularidad del pedernal de los Montes Torozos (de color marrón oscuro, opaco y con abundantes impurezas, razón por la que no es apropiado para la talla leptolítica), es posible saber a carta cabal que las chinas de trillo salidas de los talleres de esta zona, además de abastecer a la población local, circularon por amplias zonas del valle medio del Duero, llegando a la mayoría de los yacimientos de la plenitud de la Edad del Cobre del curso inferior y medio del valle del Esgueva (Castronuevo, Esguevillas, Piña, Vertavillo), del interfluvio Pisuerga-Carrión (Venta de Baños), de la Tierra del Vino zamorana (Casaseca de las Chanas, Cazurra), y del oeste de Tierra de Campos (alrededores de la laguna de La Nava), alcanzando los más occidentales la orilla izquierda del Esla en la zona de Villafáfila.

Hace años, evidencias como estas habrían alimentado la idea de una expansión de la «cultura de Los Torozos» por el territorio de sus vecinos; hoy la irradiación de los dientes de trillo por tan amplia zona se interpreta más sencilla y razonablemente como prueba de la existencia de una red regional de intercambios, de la que se sabe igualmente a través de la presencia en El Casetón de la Era de algunos productos alóctonos. Las hachas pulimentadas, muy abundantes en líneas generales en los «recintos de fosos», en justa correspondencia con la voluntad de sus moradores de domeñar el bosque y de despejarlo para su conversión en tierra de cultivo, son uno de ellos. Suelen ser de piedras duras ajenas a la litología de Tierra de Campos y de Torozos -anfibolitas, comeanas, gabros, grawacas, sillimanitas y en su mayoría, sin descartar algún origen más lejano, proceden de talleres localizados en el cíngulo montañoso de la periferia de la cuenca del Duero, como el identificado en el excepcional asentamiento fortificado de El Pedroso, en el Aliste zamorano. La ausencia de «polissoires» en El Casetón pone de relieve, además, que en esta ocasión lo que llegaba del exterior no era materia prima bruta, a elaborar en destino, sino productos acabados.

El mismo carácter foráneo reviste en nuestro yacimiento un sílex blanco, lechoso y levemente translúcido, que a falta de análisis arqueométricos se duda si procede del valle del Ebro o, más probablemente, del Tajo donde consta la existencia de canteras explotadas a gran escala desde el neolítico en Casa Montero, en las inmediaciones de Madrid. Con él se tallaban elegantes láminas con aristas en el dorso y puntas de flecha pedunculadas, trabajo que pudo tener lugar -según demuestra la presencia de “debris” y restos de talla- en el propio asentamiento. Sin embargo, la desproporción entre tales desechos, contados, y los de sílex local, numerosísimos, denota que la extracción se hacía ya a partir de núcleos configurados.

Exóticas son igualmente algunas cuentas de collar de una piedra semipreciosa de color verde, la variscita, que seguramente procedía de tierras alistanas donde se localizan los conocidos afloramientos de Palazuelo de las Cuevas. Tampoco las micas que se utilizan como desgrasante en las cerámicas más finas parecen locales. y otro tanto sucede, por supuesto, con el cobre del que, al no detectarse ni una sola brizna de malaquita o de cuprita en el asentamiento, cabe deducir llegaba a El Casetón en estado metálico donde se refundía en unos crisoles ovalados que, en el momento de su hallazgo, todavía pueden presentar adheridos los correspondientes régulos. A falta de análisis de isótopos del plomo, que en el futuro harán posible conocer de qué criaderos procedía el mineral movilizado, no es en absoluto irrelevante recordar que los más próximos -en las sierras de Ávila, en la penillanura zamorana, en las montañas del norte de León y Palencia o al pie de la Sierra de la Demanda en Burgos- distan alrededor de un centenar de kilómetros del yacimiento.

Los intercambios, por tanto, formaban parte del paisaje cotidiano de los pobladores de las aldeas calcolíticas del valle medio del Duero y sin duda fueron un instrumento clave para establecer vínculos de parentesco y alianzas con los grupos sociales de otras zonas. Sin embargo, sería un error pensar que la supervivencia de los pobladores de El Casetón de la Era dependía del suministro exterior. La inmensa mayoría de las herramientas eran de sílex local o de materias tan asequibles en cualquier parte como e] hueso y el asta; las pastas de las vajillas -el material arqueológico, con mucho, más abundante en el yacimiento- eran también básicamente locales; y hasta los molinos de mano fueron en todos los casos de caliza de los páramos vecinos, y no-pese a sus evidentes ventajas- de granito, como los usados por entonces en los establecimientos de la Tierra del Vino. Por tanto, la impresión que transmite el registro arqueológico es que las gentes de El Casetón fueron básicamente auto suficientes y que el intercambio se orientó sobre todo a obtener objetos de prestigio -adornos de piedras exóticas o el propio cobre, que en los inicios del Calcolítico no tenía una clara dimensión utilitaria- de indudable importancia social pero con frecuencia irrelevantes en el terreno subsistencial.”

Interrumpimos aquí la transcripción de la conferencia, que continuaremos las próxima semana con el apartado “Una probable contrapartida: la sal de Villafáfila”.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7159/6841889887_3b62980b85_b.jpg


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