Puntualizando
05.02.12 @ 07:25:35. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de dia gris. Obra de Joan Puig Bertrán en estudijoanpuig. blogspot.com)(*)
Recién entregadas para publicación las "Ventajillas de ser menesteroso", el ordenador me avisa de haber recibido un comentario a otro de mis artículos: aquél al que osadamente di el título de "Aprendiendo a ser pobres". Por lo que se ve, mi amable lector, a cuyo interés por lo que escribo correspondo con mi más rendido agradecimiento, interpretó mi defensa de la austeridad como la llamada a una vida poco menos que monacal.
Pero quien me haya leído con cierta asiduidad podrá haber constatado que sin llegar a sibarita, sí que sé disfrutar de todo por insignificante que sea; incluso ha bastado un vuelo de pájaros sobre el sembrado para desatar mi vena lírica. También constataría que viví a tope la vida, conocí el mundo, participé en sucesos fascinantes y corrí también algún peligro. Y habrá observado mi gusto por matizar lo que escribo con ciertas dosis de retranca y de sentido del humor. Así que cuando abordo el tema de la austeridad en estos tiempos de crisis no propongo una actitud ascética como solución a nuestro desconcierto.
Aclararé, por tanto, que lo que vengo haciendo es, simplemente, defenderme de la crisis y de los disgustos que ocasiona aplicando algunas medidas preventivas, Así, por ejemplo, reconociendo de entrada los excesos que la ocasionaron, casi todos con causa en el egoísmo y la codicia. Unos excesos que acabarían cargándose a la gallina de los huevos de oro: burbujas que estallaron y dejaron al descubierto todo el indeseable bagaje de relativismo, banalidad y hedonismo que cegó los ojos de la Sociedad del Bienestar y cuyo indispensable antídoto no sería otro que la famosa austeridad. Y ahí es donde yo he entrado repetidamente para recordar que, aunque ésta tienda a ser interpretada como un fastidio indeseable, no deja de ser también una deseable virtud propia de personas inteligentes que saben priorizar sus objetivos e incluso hacer de la necesidad virtud.
Un buen ejemplo sería el de quien fuma, para el cual hacerlo es un placer hasta que, al convertirse en esclavo de la nicotina, se torna en servidumbre. Y algo así es lo que ha venido ocurriendo con unas generaciones educadas en un "lo quiero, luego lo he de tener", de lo cual se deduce que todos son derechos exigibles. La mesa ha de estar servida y así se ha de imponer, como si los bienes adquiridos no fueran fruto del sudor del hombre. Pero lo esencial no es tener, sino sentirse íntimamente libre, que de ahí deriva las verdadera felicidad y para ello es conveniente soltar lastre.
Naturalmente, lejos de mí está considerar que es mejor ser pobre que ser rico; llegar a fin de mes que no llegar. Pero una vez que las circunstancias nos imponen la austeridad, hagamos de la necesidad virtud, algo que nos será más fácil en la medida en que ya de antemano practiquemos voluntaria y naturalmente esta virtud. Disfrutar de la vida no requiere mucho; basta con disfrutar de lo sencillo. Saquémosla, por tanto, el mayor partido. Ésta es, simplemente, la receta que propongo, y que está dentro de ese catálogo de cosas que son esenciales aunque no directamente evidentes.
Al final uno se pregunta: ¿qué es realmente vivir? Y uno cae en la cuenta de que vivir es, fundamentalmente, sentir. En esa línea de pensamiento constataremos, por ejemplo, que no andar boyante de dinero nunca fue obstáculo para vivir intensamente. Como el dolor siempre fue fuente de inspiración para las mentes creativas; díganselo si no a los poetas de antaño. Sepamos por tanto vivir sacando partido de las pequeñas cosas, valorando aquello que nos hace más personas, no dando tanta importancia a aquello de lo que, en todo caso, podamos carecer; relativizando lo efímero y superficial y dando prioridad a los aspectos espirituales sobre los materiales. Eliminando, en suma, lo que nos ha llevado a tan lamentable situación.
Si así lo hacemos, contribuiremos a que, a la larga, la crisis acabe produciendo en nuestra sociedad un efecto depurador de malos hábitos y promueva una seria reflexión sobre lo que nos ha pasado: un verdadero examen de conciencia sobre sus causas profundas y un punto de partida para enderezar el rumbo de una sociedad egoísta a la que, como tantas otras veces, la opulencia - de por sí deseable - hizo derivar hacia la indiferencia moral y otros muchos laberintos.
Lo que yo desearía es que esto sucediera sin desesperarnos, sin turbar excesivamente nuestro espíritu, sin llegar a enturbiar nuestra alegría.
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