Observatorio de invierno. Raposo y Escarcha
04.02.12 @ 07:24:10. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Campo castellano. Acuarela de Luis Labrador, en expo-torreon09. blogspot.com)(*)
Les dejé en mi artículo anterior, y nunca mejor dicho (¿), con la paella en la boca. Cazaron, les dije, Raposo y Escarcha juntos en las laderas de Peñalba. Junto a la cabaña de Ignacio. Mi observatorio de invierno en días de fiesta. Un conejo hermoso, que dejaron, al alimón (pareados, dije), a los pies de Carolus. Ingrediente exquisito-no único- para la mejor de las paellas. Dejé cocinar a Ignacio. El gran ojo de la ventana, me trajo a la retina imágenes increíbles. Raposo y Escarcha hablaban. Les escuché en silencio. Y lo entendí todo.
-¿No hueles a conejo, Escarcha?, dijo Raposo a su ahora amiga.
-Sí, Raposo a conejo con arroz, respondió la perra loba. El guiso que preparan los dos hermanos-añadió Escarcha- se llama paella y es un manjar exquisito.
Raposo no dijo nada. Sacó sólo la lengua roja y muy larga y se relamió el hociquillo puntiagudo. Y luego:
-¿Crees Escarcha que nos darán algo de paella?, preguntó entre lametones continuos.
-Aunque ha venido toda la familia-contestó la loba-, supongo que sí-. Por lo menos-añadió- las sobras y huesos, que también están buenísimos.
No es que a Raposo le gustase mucho eso de las sobras y huesos, pero si no había más remedio… Ya cazarían otro para ellos solitos, estoy seguro que pensó. Porque los ojos, muy vivos, inteligentes, de Raposo, hablaban por sí solos; y Carolus, tan compenetrado estaba con cuanto le rodeaba, que leía en el pensamiento de sus amigos, los animales todos de la tierra y hasta de los pájaros del cielo; posados, claro, en los árboles de su ribera o en los cotarros de Peñalba. Aunque también, y perdonen la presunción, sabía casi todo del grito de guerra de los halcones cuando giraban y giraban en lo más alto del cielo castellano, no siempre limpio de nubes, sobre todo, y como ahora, en invierno.
Como hablamos de cielo y nubes, perdonen el inciso-mientras se hace la paella…-, para comentarles lo que también Raposo y Escarcha miran atentamente, mientras esperan…
Las panzas de burro en el cielo cubierto, descargaron cuanta nieve llevaban dentro en parto bellísimo de blancura inmaculada. El sol, nacido hace algunas horas, luchó para abrirse paso entre ellas. Del todo no lo consiguió, pero quisiera saber trasmitirles lo que sí logró plenamente: una gama de colores, que no hay pintor, ni lo hubo, capaz de traspasarlo a un papel o lienzo. ¿Recuerdan el caleidoscopio que cada año nos “echaban” los Reyes? Pues ese juego de luces, colores y formas, no es nada en comparación con lo que “los tres” estábamos contemplando.
Al chocar los rayos de por sí luminosos, bellísimos, con las nubes vacías, sacaban la radiografía interior; como la tabla del pintor donde mezcla los colores antes de darles forma con el pincel en el cuadro. Irisaciones múltiples vivas a la vez que traslúcidas; formas caprichosos fluorescentes; transparencias con ribetes de luz; algodones empapados de belleza sobrenatural; caballos pura sangre que galopan impulsados por el viento haciendo cabriolas espectaculares; formas caprichosas, de capricho, que tan pronto son dragones infernales con fuego dentro, como la belleza de un alma en gracia, que imaginamos bellísima; como las de los que miran a Dios en la gloria cara a cara. Humo en volutas de color de cielo, arco iris, caballos, dragones, alma en gracia, todo junto en desfile impresionante. Cielo castellano de invierno. Por encima de la cabaña. Espectáculo desde la ventana. Comí el último, una ración pequeña. Riquísima. No quería defraudar a mis amigos. Sabores a bravío natural. Placer de dioses. La paellera con comida abundante en una mano. Bolsa con sobras y huesos en la otra. Abrí la puerta (con el pie, claro).
Caracoleaban ante mí Raposo y Escarcha. Amigos. Los dos no cesaban de lametones. Deposité la paellera en el suelo. Se miraron. Quietos.
-Vamos, comed, les dije. Es todo para vosotros. Una muy breve mirada de agradecimiento, sin palabras, que no hacían falta; y, “pareados”, al alimón, devoraron cuanto contenía el enorme recipiente. Y luego:
-¿No nos traes huesos?, preguntó Escarcha.
-¡Qué cosas dices, “mujer”, dijo Raposo-. ¿Huesos…? ¡¡Puaf, qué mal gusto!! No lo hay –añadió- como el arroz y las tajadas de conejo. ¿Verdad Carolus? , finalizó sin dejar de relamerse.
-Porque tú, Raposo, tienes los dientes muy flojos, dijo Escarcha, y añadió: Mira los míos. Son fuertes y necesito triturar huesos, para fortalecerlos más. Miró Raposo y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Recordó por unos momentos, angustiosos, el pavor que, antes, tenía a todos los perros, Escarcha incluida.
Enseguida el ronchar de Escarcha, se confundió con el murmullo de las aguas crecidas del río; extremadamente impetuosas. Miraba extasiado Raposo; tanto, que, de postre, Carolus le dio, en la mano, un buen zaragallo de pan tierno, jugoso, recién traído del horno-de leña- del pueblo.
-¿No invitas?, le dijo Escarcha, sin dejar de ronchar el último hueso. Buenísimo. De conejo.
Partió Raposo el pan con los dientes como cuchillos, de raposo, y le dejó a su amiga, la mitad, más o menos, del zaragallo. Terminado el festín, pareados otra vez los dos amigos, expulsaron ruidosos el aire ingerido.
Del ¡“jandulilaaáh”! que exclamó Carolus, no entendieron absolutamente nada.
-¿Queeé…?, preguntaron al alimón.
-No, no, nada, fue la respuesta. La que era imposible que figurase en su vocabulario.
Los saltos, brincos y carantoñas, fueron expresión de las gracias, al amigo humano. Estaba anocheciendo. Sendos lametones y despedida. Volveremos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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