Desde mi observatorio en invierno. (IV) Barruntos
01.02.12 @ 07:28:27. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Los chopos. Óleo de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)
El mismo recorrido. El mismo observatorio. El mismo sifón que en primavera, verano y otoño. Ahora es invierno. Descanso del tráfago y ocupaciones o preocupaciones diarias. Pienso, veo, miro y medito. De inmediato y en contacto íntimo con la naturaleza, estoy en presencia de Dios: “Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes; te adoro con profunda reverencia”… Desde mi observatorio en invierno. Soledad en el campo. Solos Dios y yo. Y el campo. También hermoso con el Creador en él. Los árboles desnudos, cruces desnudas, me recuerdan la Pasión del Señor. Veo, miro y medito… En silencio.
Despacio… y al atardecer, el silencio es clamoroso. Irrumpen en grandes bandadas los pájaros de mal agüero. Cientos, miles, de grajos o grajuelas se posan alborozadas sobre la cruz de las ramas en chopos y álamos que parecen muertos. Viven. Invernan. Se ha roto el silencio exterior. En mi interior, calma. Meditación. De pronto, como asustadas las aves, levantan el vuelo. Breve silencio. Y gemidos en la arboleda. Es el cimbreo de las ramas, quejumbrosas, desnudas al levantar de ellas las aves el vuelo. Otra vez silencio. Miro, veo y medito. Soledad. Silencio frío: cortante como un cuchillo. Corte de improviso de una cuchilla de afeitar en la cara. Levanto la vista al cielo. Desde mi observatorio. Aparece fugaz dibujado un triángulo. Se acerca, y lo veo con claridad. Patos azulones. ¡Cuánta belleza! El Magnícat otra vez y siempre desde mi observatorio.
Los azulones, preciosos y encorbatados de azul los machos, marrón claro las hembras, deshacen la formación. Se precipitan hacia el meandro del padre Duero ante mis ojos atónitos. Los veo sin ver, nadando apacibles en el remanso y bajo el gigante, chopo abatido, que besa las aguas tranquilas. Paz. Desde mi observatorio en invierno.
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