Ventajillas de ser menesteroso
29.01.12 @ 07:29:27. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Tres personas. Óleo de Gabino Gaona en cajaespana.es.49 x 64)(*)
A lo mejor alguien me tira algo a la cabeza, pero aun así no me resisto a buscar el lado bueno de la austeridad, o si quieren ustedes, de la incipiente miseria que cada vez más tenazmente nos acosa.
¿Demasiado optimista? Quizá. Pero soy de los que a todo busca su lado bueno, y no voy a dimitir de esta condición mía que posiblemente no sea sino una forma de escapar de la desgracia y adaptarme a una situación de la que difícilmente podremos escapar.
Ojo; no me malentiendan. Sé que perder el trabajo no tiene la menor gracia. Y se lo digo como padre con parte de su familia al otro lado del mundo como consecuencia de la escasez de trabajo y del fenómeno de la globalización. Pero fíjense ustedes en que incluso esta indeseable situación que experimento me ha servido para calibrar hasta qué punto puede salirse adelante a fuerza de habilidad, voluntad y sacrificio, e incluso disfrutar de la vida renunciando al confort y a otras muchas cosas que llegamos a considerar imprescindibles. O sea, asumiendo la realidad y teniendo lo que dicen que hay que tener en una situación adversa.
Pero aun sin llegar a estos extremos rayanos en el heroísmo personal, y circunscribiéndonos estrictamente a una condición tan extendida y natural como la jubilación, siempre podremos hacer de la necesidad virtud y buscar aspectos más o menos beneficiosos de tan depauperado estatus.
Hago aquí un inciso para evocar dos experiencias personales mías que estimo significativas. La primera proviene de que, tras haber pagado durante gran parte de mi vida activa por alcanzar como jubilado un futuro más desahogado del que tengo, uno de nuestros gobiernos decidió con la mayor desfachatez y desconsideración que de entonces en adelante aquello no serviría para nada. Pues bien, pasado el tiempo y habiéndome informado un alma caritativa que aún podía recuperar los restos del naufragio enviando una carta para reclamar la correspondiente liquidación, recuperé unos escuálidos ochenta euros que me pulí cenando por ahí una noche con mi mujer y mi hijo. Más lo peor no sería lo exiguo de la devolución, sino que los muy cucos que se habían estado calladitos en espera de mi olvido justificaran la escasa cantidad relacionándola con los años que me quedaban aún de vida según su cálculo. A esto se le llama mal gusto.
La segunda experiencia la tuve cuando el director de un banco comentó los daños causados por un robo con butrón en su caja fuerte. Comentaba, digo, el susodicho experto, que la mayor parte de los depósitos correspondían a "economías menesterosas", es decir, a familias que guardaban allí un par de millones de pesetas ahorrados para la boda de sus hijos. Así las llamó - "menesterosas" dijo - y esto sí que me impactó porque adjetivaba mi propio caso y el de muchos otros con desprecio.
Quizá venga de aquí la necesidad que siento de buscar la parte buena de mi condición. Para ello empezaré por decir que a mi juicio hay dos tipos esenciales de personas en cuanto al dinero: la de quienes han de seguir los repetitivos ciclos mensuales, y la de quienes se sienten totalmente desligados de ellos; esto excluyendo, claro está, el caso de quienes se hallan sencillamente desesperados por una falta de trabajo que destroza a personas y familias hasta un extremo imposible de soportar. Me quedo, por tanto en la vulgaridad de quienes, aun teniendo un pasar decente como es mi caso, tienden a ser despreciados por otros con más posibilidades de futuro. Y, naturalmente, yo me hallo en el primero de los casos por cuanto me me veo obligado a establecer una estrechísima relación entre el correr del tiempo y la disminución de mis dineros. Y aquí viene lo que pretendo humildemente trasmitirles: que al aderezar nuestra vida con pequeñas o grandes renuncias e introducir el permanente "suspense" de que un extraordinario pueda descabalarnos el presupuesto, el esfuerzo por ajustar los acontecimientos del mes a las posibilidades económicas enmarcadas en un horizonte tan estrecho proporciona a nuestras vidas un cúmulo de emociones, preocupaciones y a veces incluso motivos de satisfacción, que no conocen quienes disfrutan de mayor holgura, por mucho que sigan febril y permanentemente las oscilaciones de la Bolsa. Y que el valor que concedemos, no sólo a lo que conseguimos, sino también al hecho mismo de "llegar a fin de mes", introduce en nuestras vidas un interesante factor de estímulo personal.
Vistos así algunos de los frutos que proporciona una economía calificada por los expertos como "menesterosa", y serenado el ánimo con estos benevolentes planteamientos míos, sólo me queda una pregunta que confío a la opinión de los psicólogos: ¿Alarga o acorta esta situación nuestra percepción del tiempo, y con ello la de la vida tal como la sentimos día a día?
Pues supongo que, como ocurre tantas veces, esto será según se mire; así que opto por verle el lado bueno, solución más sana en todo caso que la contraria.
---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7014/6706961833_e3523859bb.jpg
Comentarios:
Aún no hay Comentarios para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
autor
Contacto


