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Hace cinco mil años. 1. La vida campesina en el valle medio del Duero

Permalink 20.01.12 @ 07:25:00. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(El Duero en Simancas. Acuarela de Francisco Roldán)(*)

“La arqueología entra en la Academia”, titulaba la prensa la noticia de la recepción, el pasado 24 de Noviembre, como académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, de Valladolid, del arqueólogo y catedrático de Prehistoria de la Universidad de Valladolid, Germán Delibes de Castro, vigésimo sexto miembro de una institución con más de doscientos años de historia. Creada en 1779 para el fomento, la defensa y la difusión de las artes en nuestra provincia, fue cobijada por Carlos III bajo su real protección en 1783. Germán Delibes, hijo del escritor Miguel Delibes, pronunció como discurso de ingreso una conferencia sobre la vida campesina en el valle medio del Duero hace cinco mil años, cuyo texto creo vale la pena reseñar en este blog, porque es una importante fuente de conocimiento de nuestras raíces. Así, dedicaremos sucesivos artículos a esta intervención, como ya hemos hecho en ocasiones anteriores con los discursos de ingreso, en la prestigiosa Academia, del pintor vallisoletano García Benito y del arquitecto Javier López de Uribe.

Con indudable inspiración literaria, “El pan y la sal. La vida campesina en el valle medio del Duero hace cinco mil años”, titulaba Germán Delibes de Castro su discurso de ingreso, del que omitimos las primeras palabras de saludo y agradecimiento, para entrar directamente en el tema de la conferencia. En un breve, pero del mayor interés, prólogo sobre el desarrollo de la Arqueología como disciplina, concluía que, “como subrayó José Aleina, el registro arqueológico sólo cobra significación funcional a través del uso más o menos explícito de la analogía etnográfica. En definitiva, la arqueología, superado el problema no menor del acceso a las fuentes, no era otra cosa distinta que una antropología de los tiempos pasados y su principal objetivo era el estudio de la conducta humana”.

“A ésta que ha dado en llamarse Nueva Arqueología, que se jacta de rigurosa metodológicamente y de interdisciplinar, que actúa convencida de que no hay interpretación posible del registro sin una hipótesis antropológica que marque el camino a seguir y que se reconoce igualmente consciente de que para contrastar dicha hipótesis no hay otra salida que analizar el contexto de los hallazgos, a esa arqueología, insisto, en la que fui adoctrinado por mi querido maestro Ricardo Martín Valls, he recurrido repetidamente a lo largo de los últimos cuarenta años para escudriñar el comportamiento de las sociedades de la Prehistoria Reciente en el sector central de la cuenca sedimentaria del Duero. De algunos de sus frutos, en especial de los obtenidos, recientemente, por un equipo del que formo parte en el yacimiento vallisoletano de El Casetón de la Era, situado en la finca Matallana de Villalba de los Alcores, pretendo servirme en este discurso para mostrarles algunas imágenes de la vida cotidiana en nuestras tierras durante el III milenio antes de Cristo, esto es, en la etapa de la prehistoria que, por coincidir con el descubrimiento y uso del primer metal, ha sido bautizada como Calcolítico o Edad del Cobre”.

“Son escenas campesinas, ya les anticipo, que tienen mucho más en común con cualquier vieja estampa del campo castellano, de la Castilla tradicional, de la Castilla en escombros denunciada por Julio Senador y los regeneracionistas que con la actual. Pero, a ojos de un prehistoriador, es decir, aplicando una perspectiva histórica, aparecen como retazos de un periodo deslumbrante e innovador, me atrevería a decir incluso que revolucionario, en el que el Duero Medio, al igual que la mayor parte de la Meseta, se muestra por vez primera como un paisaje salpicado de aldeas y campos de cultivo en el que la intervención del hombre ya tuvo importantes secuelas medioambientales. Este es el verdadero objetivo de mi discurso, por más que en la primera parte de su título reclame un protagonismo especial para el pan y para la sal. No se trata de ninguna extravagancia. Si negarle a uno el pan y la sal, según reza un conocido dicho castellano, es negarle a uno lo más esencial, no hay razón para pensar que uno u otro pudieran haber faltado en la ardua empresa de calmar los «estómagos ladrantes», como diría Horacio, del hombre de la Prehistoria. Pero, además, existe otro motivo más personal para convocar a ambos aquí hoy, y es que el destino me concedió el privilegio -sobre todo en el caso de la sal, tan elusiva y difícil de captar arqueológicamente- de tropezar con ellos en mi andadura profesional”.

Tras esta introducción, comienza Germán Delibes el desarrollo de su conferencia con un capítulo sobre “La primera colonización agrícola del sector central de la cuenca del Duero. Los recintos de fosos”.

“El sector central de la Submeseta Norte –continúa el ilustre arqueólogo- era durante la Edad del Cobre, desde la primera mitad del III milenio antes de Cristo, un espacio homogéneamente poblado, sin vacíos significativos ni en la Tierra de Campos, ni en los márgenes de Torozos, ni en los valles del Duero, Pisuerga y Esgueva, ni en las tierras de Medina y Pinares. y esto, que a primera vista parece una obviedad, es sin embargo un hecho de indudable transcendencia ya que, en contraste con lo sucedido en otras zonas periféricas de la Península y por razones poco claras, que unos atribuyen a la dificultad de cultivar con medios muy primitivos los pesados suelos campiñeses, y otros a las escasas precipitaciones en este sector comparadas con las de las montañas que bordean la cuenca, todo este territorio más o menos coincidente con la actual provincia de Valladolid había permanecido casi desierto con anterioridad, durante el Neolítico. Las cifras del Inventario Arqueológico provincial son reveladoras: 60 yacimientos de la Edad del Cobre -contados muy a la baja, pues seguramente lo sean también muchos de los 400 que en dicho documento se clasifican como «prehistóricos indeterminados»- frente a una lista de menos de una decena neolíticos, en la que se incluyen, además, yacimientos exclusivamente funerarios, como el dolmen de Los Zumacales, en Simancas, o el túmulo afín de El Miradero, en Villanueva de los Caballeros. Una desproporción palmaria, máxime teniendo en cuenta que los neolíticos se extienden por más de dos milenios, fines del VI, V y IV antes de Cristo, y los del Cobre sólo por uno, el III. Bien puede decirse, por tanto, en lo que concierne a la Meseta que el calcolítico fue el primer poblamiento sistemático de época postglacial y, lo que es más importante, seguramente también el primer poblamiento estable”.

Hace una década –prosigue Germán Delibes- todo cuanto se sabía de esas seis decenas de yacimientos de la Edad del Cobre es que existían. “En la actualidad, gracias a la fotografía aérea, que en determinadas condiciones de luz y de humedad permite detectar estructuras subterráneas invisibles desde el suelo, se ha descubierto que adoptan invariablemente planta circular y que se rodean de anillos fosados concéntricos, de donde les viene la denominación de «recintos de fosos». Un tipo de yacimiento que no tiene nada de excepcional en la prehistoria reciente europea -revisten dicha condición los célebres «enclosures» del Reino Unido, los «enceintes fossoyés» de Francia, los «Erdwerke» de Alemania, los «indelukke» de Dinamarca o los «villaggi trincerati» de Italia- y que se conoce bien actualmente en la Península Ibérica después de las investigaciones efectuadas en los sitios de Marroquíes Bajos, en Jaén, La Pijotilla, en Badajoz, Perdigoes en el Algarve y Las Matillas, El Gozque o Yeseras en el extrarradio de Madrid.

La Cuesta del Pájaro en Villeguillo, El Campillo en Aldea de San Miguel, El Casetón de la Era en Villalba de los Alcores, El Cesto en Nueva Villa de las Torres, El Mesón en Villarmentero, El Moscatel en Torrelobatón, El Parral y Somante al Cuadro en Esguevillas, La Corona de Alba de Cerrato, Los Villares en Medina de Rioseco, Los Melonares-Zofraga en Rueda, San Martín-El Rasillo en Castronuevo de Esgueva, San Miguel en Cubillas de Cerrato, Santa Cruz en Casasola de Arión y Santa Cruz III en Cabezón son algunos de los recintos del Duero Medio fotografiados desde el aire que permiten describir sus características: los fosos perimetrales de rigor pueden ser, según los casos, uno, dos o tres; en todos ellos se advierten interrupciones puntuales que se corresponden con puertas; la superficie que circunvalan es siempre reducida, entre 3,5 (Los Villares) y 1 ha (San Martín-El Rasillo); e, igualmente sin excepción, renuncian a emplazamientos en altura y a grandes dominios visuales, para posicionarse en zonas de vega y cerca de cursos de agua, eso sí con la precaución de asentarse sobre algún leve almorrón que les preserve de las riadas primaverales. Un último detalle muy a tener en cuenta es que, a la hora de elegir emplazamiento, se concede gran importancia a la calidad de los suelos del entorno, como evidencia el hecho de que en un radio de 1 km alrededor de cualquier poblado, el 90% del terreno es de uso preferentemente agrícola.”

Tras agradecer a Marcos García García esta última información de datos del Instituto Técnico Agrario de Castilla y León que ponderan las limitaciones del instrumental arqueológico, continúa señalando que “la superación del desierto poblacional neolítico, la aparición en su lugar de una malla de poblamiento regular y esta importancia del cultivo, que se verá confirmada por nuevos datos, explican por qué el fenómeno de los recintos de fosos de la Edad del Cobre ha merecido en la Meseta el título de «primera colonización agrícola».

“En el transcurso de la investigación de los «recintos de fosos» europeos dos han sido las cuestiones que han centrado el debate. Una es si realmente se trataba de aldeas, al plantear algunos arqueólogos, sobre todo británicos, la posibilidad de que hubieran sido grandes centros de culto o lugares de agregación social complementarios de los hábitats, y la otra si, en caso de ser poblados, se trataba de asentamientos provisionales o permanentes”.

La próxima semana continuaremos el hilo de la conferencia, en la que Germán Delibes aborda la solución a esta cuestión señalando que las excavaciones de El Casetón de la Era han aportado información definitiva sobre el primero de los aspectos, al documentar viviendas tanto en el espacio central como en el anillo intermedio.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7148/6678188967_1d65927138_b.jpg


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